Alemania 34 05
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La vuelta a la tierra en Alemania La SI 05/05/34 p. 3-4

            Es cada día más intenso el movimiento hacia una lógica repartición del suelo, que huya igualmente del hiperlatifundismo y de un igualitarismo gris, solo adentro a la manera de ser del hombre.  En esta semana el telégrafo ha vibrado alrededor de esta materia. Tengo alineadas sobre mi mesa de trabajo, noticias sobre once pueblos distintos, y entre ellos los que marchan al frente de la actual vibración mundial: Alemania, Estados Unidos, Austria, España, Italia.
            Si alguien afirmase que la carreta mundial necesita cuatro nuevas ruedas, para marchar adecuadamente, ese problema de la tierra, y con él el de vuelta al campo y a la vida sencilla, constituiría una de ellas.
            En una crónica anterior hablaba de ese movimiento mundial –que ojalá fuese imitado- sobre la repartición del suelo rural a todos aquellos que están en situación, próxima o remota, de poder sacar de la tierra cuando menos sus sustento. Y, en varias ocasiones, he remarcado esta característica  de las Reformas Agrarias realizadas en los últimos años: que no se mira a una sobreproducción, a un enriquecimiento, a un aumento de la riqueza, como nos contaba la candidez de los economistas. Se mira, y no más, a dos fines inmediatos: primero, que cada hogar encuentre en su trozo de tierra seguridad de comer y de vivir bajo techo, aunque hubiesen de botar sobrante; segundo, que cada hogar se sienta dueño de un trozo de suelo nacional, matando por la raíz los movimientos extremistas, de existencia lógica en masas desheredadas, siervas y esclavas de los afortunados.
            Quiero recalcar hoy un aspecto del problema, tan discutible como se quiera, pero aspecto vivo, que toca a la entraña de la cuestión. Es aspecto de doble cara, una de las cuales se llama  “absentismo rural” y otra “propiedad familiar no hipotecable ni vendible”.

            Es un interesante problema, que desearía poner con sencillez ante la consideración de mis lectores.

            a) Años atrás, el Duce italiano dictó una ley que parecía absurda, y que daba vueltas, sin embargo, alrededor de un gran problema. La ley venía a decir así: “ningún individuo ni familia rural podrán trasladas su domicilio a la ciudad sin permiso expreso de las autoridades”.
            Dura ley. Ella atacaba, se ve al momento, aquella sacrosanta libertad de hacer lo que a uno le daba la gana, que nos predicaban como axioma y eje y cimiento los hombres del siglo pasado.
            Digo que nos predicaban, porque del derecho al hecho había un buen trecho. No olvidemos que esa libertad omnímoda la inventaban los hombres de la Revolución francesa, que guillotinaban ingenuamente a los que no pensaban como ellos; los que, llevando la libertad al último extremo, condenaban a un amigo de la monarquía “por suponerse que tiene intención de atacar a la República”; los que, detrás de la enumeración solemne y majestuosa de un centenar de derechos individuales inalienables, intocables, inviolables, daban al gobierno facultad omnímoda para suspenderlos cuando a gana le viniese.
            A pesar de esa actuación contraria a los principios, hemos mamado todos esa leche fresca de la libertad. Y se nos hace muy cuesta arriba leer un decreto en el cual, en forma ineludible de Ordeno y Mando, nos impidan trasladar nuestros lares a la ciudad, abandonando el campo con sus amplios horizontes.
            Sin embargo, Mussolini, al tomar medida acerca de este asunto, no hizo más que tener un poco de audacia para descender al terreno de la ley práctica e implantar los que venían contando los sociólogos y economistas para detener el absentismo rural.

            b) Absentismo es abandono del campo, para trasladarse a la ciudad.