Alemania 35
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Un bienio de gobierno hitlerista, vale la pena de estudiarlo desapasionadamente La SI 02/02/35 p.6-7
Los latifundios en la Nueva Alemania tienden a desaparecer. Su reemplazo por medianas y pequeñas propiedades   La SI 15/06/35 p. 4
El discurso de Adolfo Hitler ha abierto en la política internacional de Europa un nuevo período
La SI 29/06/35 p. 6-7
Naturaleza y ciudadanía en Alemania. Una tendencia general que encarna ahora en Alemania La SI 21/09/35 p. 2 

Un bienio de gobierno hitlerista, vale la pena de estudiarlo desapasionadamente La SI 02/02/35 p.6-7 

          El 30 del mes que acaba de terminar cumplió los dos años el gobierno nacional-socialista en Alemania. Al fin del primer año, tuvimos ocasión de estudiar la obra emprendida y dar sobre ella un juicio desinteresado. Por imposición irreductible de los hechos debemos ahora hacer  lo mismo respecto del segundo año, y todavía encarándolo con la obra del primero: porque toda revolución tiene una continuidad perfecta a través de los años, y no sería posible comprender bien las manzanas si no estudiásemos antes el manzano, sus hojas, sus raíces y sus flores. Y aun el terreno mismo donde el manzano ha sido plantado.
            El régimen hitlerista ha suscitado comentarios muchas veces ajenos a la obra misma en su totalidad. Se han excedido, seguramente, por ambos lados. Sus amigos, al aspirar a ver la obra de milagro y de una efectividad que no tendrán jamás los intentos de los hombres. Sus enemigos -enemigos por esta o aquella razón particular- por intentar presentar en la obra de Hitler ya la labor de un maniático desequilibrado, ya a un réprobo de la opinión general.
            Hemos de huir de ambos extremos, que una crítica sana no sabría presentar como honestos. Podrán ser, incluso, juicios obedientes a una recta intención. Siempre serán juicios desgraciados, porque lo son todos los que, con recta o torcida intención, se apartan del terreno de la objetividad pura y simple.
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            Esa objetividad nos impone, ante todo, reconocer dos serie de hechos que atañen al aspecto democrático –o antidemocrático- del régimen hitlerista.
            Es el primero el que atañe al régimen de gobierno que primaba en Alemania antes que Hitler y los suyos se encaramaran al poder. Hacía tres años justos que el parlamento no funcionaba. Socialistas y católicos formaban mayoría en ese parlamento. Gobernaban sin que el ministerio tuviera en cuenta lo que el parlamento opinase. Estaban todos conformes (socialistas y católicos) en que aquel parlamento no servía para una gobernación honesta y efectiva. Y prescindían de él.
            Y nótese. Prescindían de él, con plena condescendencia del parlamento mismo. Los diputados (socialistas, católicos) sabían perfectamente que los gobiernos prescindían de ellos. Estaban conformes. Por esto, en aquellos tiempos, escribiendo en estas mismas columnas sobre el régimen alemán, titulábamos la crónica con una frase incisiva: “el parlamento alemán se ha suicidado”
            Cierto, se había suicidado ampliamente. Verdad que resucitaba cada fin de mes, para ir los diputados en procesión en busca de un cheque representante de sus dietas parlamentarias. Pero eso ha de tenerse poco en cuenta, como no sea para medir la tranquilidad perfecta de unos diputados que acuerdan no trabajar y continuar cobrando los jornales. Fuera de ese acto de vida estomacal, el parlamento no existía más que de nombre. Los gobiernos actuaban dictatorialmente, en la seguridad de que el Reichstag nada diría, y que, todavía, un diputado cada día, en alternación estudiada, hablaría ante el pueblo de la sacrosanta democracia.
            El último de los gobiernos llamados, por ironía tal vez, parlamentarios, operaba en este terreno con una audacia desacostumbrada. Daba diariamente los decretos más graves, de los cuales se enteraban los diputados por la lectura de los diarios. Decretos que establecían con fuerza de leyes, ya contributivas, ya internacionales, ya de anulación de derechos individuales; para todo lo cual la Constitución de Weimar decía que era taxativamente necesaria la aprobación parlamentaria.
            Vivía, pues, Alemania en plena dictadura. Con una agravante: que esa dictadura no representaba a un solo partido u opinión que pudiese tener mayoría votante, sino a opiniones tan distintas y contradictorias como socialistas, católicos y conservadores juntos.
            Con otra agravante todavía: que todos esos partidos juntos que defendían la dictadura, no tenían mayoría popular, por cuanto, como se probó en elecciones, los enemigos sumados contaban con mayor número de votos que los dictadores.
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