Alemania 36 04 25
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Hitler cumple años. El Gobierno y el hombre La SI 25/04/36 p.12-13

            Hay una discusión notable en las zonas de la filosofía política: ¿es el gobernante –es decir, la persona- el que origina un gobierno bueno o malo, o es el régimen a base del cual actúa ese gobernante? ¿Es el sistema o es el hombre?
            La discusión está brava e interesante. En ella hemos tomado partido. Se nos antoja que no es el hombre, sino el sistema, la base fundamental de un gobierno bueno o malo.
            Más, esa confesión avanzada, ¿podemos sacar el corolario de que sea inútil el valer y el operar del gobernante? ¿De que será siempre buena una gobernación, si es base a de una buen sistema de gobierno?
            La consecuencia sería radicalmente ilógica. La base de la buena marcha de un vapor es la perfección en todo sentido del vapor mismo, en su máquina, en su casco, en todos sus elementos. Mas, naufragaría con certeza, si, a pesar de esa magnífica base necesaria, colocásemos en la dirección a un ignorante o un loco.
            En la arquitectura gubernamental hay un binomio. En él todos los factores son básicos: sistema perfecto y hombre integralmente apto. Son dos factores que mutuamente se vivifican y apoyan.
            Si esto es preciso siempre, destacándose la importancia del gobernante, ¿cuánto más en un régimen de transición, en el cual, precisamente por pasarse de uno a otro sistema, el sistema cuenta poco en este caso?
            En este caso el valor integral de un gobernante adquiere una importancia tal, que bien podría decirse, que adquiere circunstancialmente una prepotencia decisiva.
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            Cuando se estudia la vida de Adolfo Hitler aparece la trascendencia del hombre y su decisivo valor, bajo los dos aspectos de capacidad política y de virtudes humanas en lo que se refiere al sacrificio y a la vida sencilla.
            Cuando, dos años atrás, Hitler mataba con su propia mano a uno de sus segundos, eliminándolo violentamente de la escena alemana, un grito de horror dio la prensa de enfrente, clavando sobre el Führer el calificativo de bárbaro homicida. Y no faltaba razón, al menos aparente, a los que así gritaban, siquiera fuesen enemigos del Nacional-Socialismo.
            Examinando el caso, se daba con un hecho interesante, que parecía extraño al problema y era, en el fondo, el eje del mismo. Ese jefe llevaba en un rincón poético de la tierra bávara una vida de pashá turco. Los campesinos veían llegar a su morada a bellas mujeres, que metían demasiada bulla en aquellos apartados rincones. Los ágapes se sucedían pantagruélicamente, resucitando en los fríos del norte los escenarios de la Capua clásica. Hablábase de baños de champagne donde se refocilaban los lindos cuerpos de cuatro perdidas.
            Esto no era una insurrección. Era una blasfemia civil y una burla a un pueblo hambriento, ávido de renacer y de poner para ello toda clase de sacrificios. Y dígase lo que se quiera, hay cucarachas que no merecen más que ser aplastadas.
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            Los políticos al uso, procedentes de la sedicente democracia, han tenido durante cien años ese defecto básico: se han refocilado a expensas de la multitud.
            He ahí una lista de inmortales, dignos de veneración por sus grandes virtudes patrias.
            Mac Donald, jefe del Laborismo durante tantos años, y miembros del actual gobierno británico desde hace cinco, resolvía, siendo jefe de gobierno, un asunto interesante, y contra el interés del Estado, por supuesto, a favor de un particular. A los pocos días recibía de éste –y aceptaba la oferta- un suntuoso automóvil de los más caros. Su hijo –una brillante medianía- ha sido nombrado ministro, a