Alemania 38

A propósito de Hitler, los Sudetes... y los espectadores. La base “Sine que Non” para la Paz de Europa (2)  La SI 12/10/38 p. 6

XVlll La Tesis de Hitler
            Constantemente se debaten los altos sesos críticos para tratar de explicarse por qué surgen constantemente las audacias de Hitler y otros caudillos, sin hallar satisfactorias explicaciones. Sin embargo, hay dos razones que bastan por sí solas para dar con una explicación racional y sencilla. Y no serán los lectores de estas columnas los que lean ahora algo extraordinario: tantas veces ha sido repetido aquí este concepto. Los caudillos fascistas hallan tierra abonada a sus éxitos en estos dos hechos, que ala vista están:
            1º que todo lo anterior, fuese lo que fuese, estaba podrido y actuaba infecundamente;
            2º que sus reivindicaciones internacionales suelen estar cimentadas sobre cosas de buen sentido.
            Limitándonos ahora a esta segunda base, las exigencias hitlerianas sobre entrega a Alemania  de regiones fronterizas alemanas cuadraba perfectamente dentro de lo que los aliados llamaban “derecho de nacionalidades” y “principio de autodeterminación”. La razón planeaba plenamente sobre sus exigencias en este caso determinado. Y la razón es como aquellas raíces profundas que, de cualquier modo cercenadas,  no tardan en sacar cabeza por donde menos uno piensa. Pero la sacan indefectiblemente.
            En los primeros meses de Gobierno de Adolfo Hitler, dirigiéndose a los que él creía sus enemigos, afirmaba a la faz del mundo que él se atenía ala tesis nacionalista y a la autodeterminación de los pueblos. En vez de dolerse de que el Tratado de Versalles sacase de Alemania zonas netamente no alemanas –por ejemplo, la región polaca- se congratulaba de ello. Y formulaba la siguiente tesis, que corresponde a una perfecta corrección internacional: “las minorías extranjeras dañas a una nación. Son como un cuerpo extraño que se introduzca en el cuerpo vivo. Más daña que favorece. Alemania se felicita de no contener dentro de sus fronteras zonas minoritarias. Las repudiamos. Y aún tratándose de zonas dudosas como Alsacia, no las reclamaremos más”.
            He ahí una tesis juiciosa, tanto nacional como internacionalmente. Es verdad comprobada por la historia y puesta de relieve por la biología de las colectividades que un Estado se debilita, en vez de reforzarse, en cuanto se ensancha a base de minorías de otras razas. Solo la unidad nacional mantiene fuerte un Estado, porque se trata de unidad natural indestructible. Los demás ligámenes no valen. Lo que la fuerza impone el tiempo se lo lleva.
            Internacionalmente no supieron los hombres de Ginebra aceptar tan llanas verdades. Antes estaban tan desbocados sus propagandistas, que hubo analfabetos de alto coturno que afirmaban en las columnas de grandes diarios que la unidad nacional pretendida por Alemania era causa de inquietudes y desórdenes. Y no lo era la inversión estatal a base de razas cercenadas...
            Pero, si Alemania afirmaba que no pretendía contener –y menos conquistar- regiones no alemanas, exigía que los demás Estados realizasen lo mismo con respecto a Alemania, devolviendo los que tenían zonas alemanas de frontera, esas masas germánicas al tronco racial alemán. Era esto lo menos que podía pretenderse: reciprocidad en derechos y deberes. Medir a todos con el mismo metro. Realizar para los demás lo que quieras para ti. Todos bajo un mismo pie de igualdad.
            No fue escuchada esa voz de cordura. Desgraciadamente...