Alemania 45 02
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La Conferencia de Livadia y Ghandi ante el nacismo La SI 24/02/45 p. 2-4

El “Delenda est Germania”

            a) En uno de sus más famosos libros –de una extrema simplicidad toda clásica- Goethe pone en boca de un ciudadano tipo medio de una ciudad alemana de su tiempo estas palabras: “Al entrar en una ciudad, se advierte inmediatamente cuáles son sus magistrados. Quien ha visto ciudades grandes y hermosas no descansa hasta que hermosea la suya propia ... ¿Deja de alabar ningún extranjero nuestras puertas, restauradas poco ha? ... Y todas estas mejoras ¿no han sido hechas inmediatamente después de nuestros desastres?”.
            Estas frases parecen escritas para alcaldes y regidores. Como para decirles, por vía de ejemplo: nunca una municipalidad ha de estar satisfecha sin alcanzar las mejoras que ponen en obra otras ciudades semejantes. Y especialmente en las puertas o entradas de la urbe. Porque ¿quién no sabe que son las entradas las que ponen afectivo o pesimista a cualquier viajero, pensando que las puertas son el espejo de las casas y ciudades?
            Pero esas palabras tienen también un sentido simbólico, que el gran poeta filósofo viene a concretar en su última frase: “y todo esto lindo y loable que tenemos  ha sido hecho precisamente después de nuestras desgracias nacionales”. ¿Qué no haremos después, una vez restañadas las heridas?
            Pero era demasiado grande el poeta alemán para que limitase su idea a los municipios y a las puertas de las ciudades. Todo esto era simbólico. Y todo ello se veía, muchos años después de muerto el gran hombre, en la Alemania de la primera guerra mundial. Se ensañan contra ella los políticos que redactaban el absurdo Dictado de Versalles. Hacían caer sobre el vencido todas las furias imaginables. Se extorsionaba a los ciudadanos alemanes con las medidas más “democráticamente” infamantes. Se agotaban todas las fuentes de riquezas, a fin de hacer imposible la restauración del país. Se cegaban todas sus raíces de energía presente y futura. De tal modo, que el Dictado de Versalles ha sido llamado nada menos que por un aliado eminente, el prof. Keines, “la tentativa más inmoral y completa para asfixiar a un pueblo”. Se hizo todo para aniquilar un país. Y se hizo todo, se supone, a base de la democracia: que a tales prostituciones han llevado a esa señora, a guisa de ramera, por todos los senderos de la más esencial dictadura.
            ¿Qué lograba con ello?
            Era, dentro de la lógica de la Envidia y la Incapacidad, muy natural esa conducta. La guerra mundial no había sido planeada más que para eliminar al contrincante alemán. Todo lo demás, incluso Francia, no eran más que accidentes y detalles. Era, por lo mismo, lógico que, concluida la guerra, la paz completase la obra de la guerra: hacer imposible el resurgimiento germano, y, por lo mismo, la competencia posible -¡otra vez!- a las potencias que habían sido dueñas del comercio del mundo.
            A la misma mañana del Dictado de Versalles poníamos en claro lo que decía la psicología colectiva a este respecto. Y anunciamos –1920- que, no sólo renacería Alemania, sino que su renacimiento sería proporcional (en calidad, en cantidad, en tiempo) a la presión que se hiciese sobre ella.
            Cuando se trata de presiones, tempestades, oposiciones y demás calamidades colectivas, elementalmente distingue la psicología dos casos: uno, referentes a pueblos débiles en su raíz y sus manifestaciones; otro, referente a pueblos sólidamente arraigados y de gran vigor saviático. El mismo viento que arranca un árbol débil, no hace más que arraigar más al centenario roble.
            Y así dijimos, y así fue. ¿Qué no se hizo contra los países vencidos, en la década 1920-1930? Todo lo imaginable.  Desde la supina ignorancia de los que creían  que un pueblo viril y sabio podía prestarse a ser mucamo de pueblos inferiores, hasta las vanas pretensiones pseudocientíficas de economistas que creían ser omnipotentes por tener en sus manos todo el oro y las finanzas del mundo. La historia internacional de aquellos diez años, cuando sea lealmente hecha, mostrará a qué grados