Alemania 45 06 23
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Así fue Adolfo Hitler (7) (Fin) La SI 23/06/45 p. 1-7

46. Los enemigos de Hitler
            Los más exigentes enemigos de Hitler no podrán quejarse de nuestras maneras críticas. Hemos ahondado en el hitlerismo bajo todos los aspectos. Hemos notado las geniales cualidades del personaje.  Y no nos hemos trabado en examinar los errores.  No hemos dejado recoveco para meter la nariz crítica. Y hemos marcado cada cosa como se merecía: cómo nos ha parecido se merecía.
            Tratándose de errores, no nos dirán que hayamos dejado ni uno que haya valido la pena. Y, francamente, hemos señalado lo que nos ha parecido malo en sí, o malo estratégicamente. Es decir, no hemos procedido “more inimico”, groseramente atacando a lo bruto; ni a la manera fanática, manejando el incensario en loor del estadista. Francamente, justamente, imparcialmente, valientemente; es decir, proclamando a la faz de todas las excelentes cualidades del genio (cuando cobardemente todos callan) y señalando con el índice los errores, nunca claudicando por fanatismos siempre reprochables en un crítico.
            Y, puesto que de imparcialidad hablamos, séanos permitido, en este párrafo y el siguiente, dedicarnos especialmente a examinar a los enemigos de Hitler y calar lo que se ha llamado los errores del estadista.
            Hemos seguido paso a paso la vida dinámica de ese hombre extraordinario; y, en el camino, hemos podido poner una marca sobre la espalda de cada uno de sus enemigos; es decir, de cada grupo de sus enemigos. Vamos a exhibir esa marca sin tapujos.

            a) Tenemos ante todo, el grupo de los “Explotadores de pueblos”, que así deben llamarse los que van a su negocio solamente.
            Ponemos en este grupo a la minoría británica –no: a la minoría inglesa- que maneja a su albur los negocios públicos de ese gran pueblo, para satisfacción pura y exclusiva de la minoría. Al grupo “pragmatista inglés” no le interesa su pueblo. Durante siglos ha vivido esa minoría a espaldas de ese pueblo, la extrema opulencia al lado de la extrema pobreza. Esa minoría que ha organizado el Imperio para ella sola y ha mantenido la servidumbre social por siglos y siglos. Esa minoría que nos habla de democracia y de ser ella cuna de la democracia, proclamando una Carta Feudal (la Magna) como espejo de democracia, no teniendo todavía a principios de este siglo establecido el sufragio universal. Este grupo que ha establecido sobre el mundo –y sobre su propio pueblo- el Manchesterismo más degradante, la “ley” de la Oferta y la Demanda más grosera, y sus corifeos han escrito libros sosteniendo que el país no ha de respetar la libre generación -¡hasta las almas vivas de los que han de nacer!- sujeta al materialismo económico orientado a las ventajas de una exigua minoría. Una minoría cuyos escritores han sostenido la necesidad de guerras periódicas, para eliminar el sobrante del rebaño humano que el ultracapitalismo no necesita como bestia de carga.
            El pueblo británico merece las más altas alabanzas, ni que fuese por su paciente e inexplicable conformismo. Es entero, virtuoso, trabajador óptimo. La minoría que lo rige, él tolerándola, no merece de la crítica loanza alguna.
            Son los que van “a su negocio”, y se lanzan por cualquier ruta, a condición de que sea favorable para sus condiciones. Son los que dicen que la verdad no tiene importancia ante la nación; que los intereses han de dirigirlo todo; que puede uno sostener que Alemania tiene derecho a sus regiones irredentas, e inmediatamente armar una guerra por haber Alemania exigido sus regiones irredentas.
            El pragmatismo nos merece la repulsa más absoluta; y el materialismo el rechazo más repulsivo.
            Son hombres que cuentan que “su raza” es la mejor para dirigir al mundo, y entienden en su fuero interno (y en su conducta práctica) que su raza es una minoría exigua de aprovechadores.