06 Doctrina social Iglesia
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Doctrina Social de la Iglesia. Iglesia Chilena
Normas de Pío Xl sobre la cuestión social  La SI 18/02/39 p. 5  y La SI 25/02/39 p. 3
Bibliografía  Un folleto extraordinario  La SI 27/01/40 p. 14
Un Cardenal chileno  La SI 12/01/46 p. 5
La Iglesia y la Cuestión Social (1)  La SI 30/08/47 p. 12
La Iglesia y la Cuestión Social (2)  La SI 07/09/47 p. 12

            Pío Xl ha muerto. Han rendido homenaje a su memoria, no sólo los católicos, sino los más contrarios pensares, los Estados que no vivían bajo tutela espiritual, las religiones diversas, los Jefes de Estado, los grandes escritores.
            “La Semana Internacional”, no halla homenaje más eficaz que la reproducción de algunos párrafos de sus Encíclicas sobre el Problema Social, médula de nuestros días.

            1. Es la economía liberal la causa de lucha de clases.- Cuando el siglo XlX llegaba a su término, el nuevo sistema económico y los nuevos incrementos de la industria en la mayor parte de las naciones hicieron que la sociedad humana apareciera cada vez más claramente dividida en dos clases: la una, con ser la menos numerosa, gozaba de casi todas ventajas que los inventos modernos proporcionan tan abundantemente; mientras la otra, compuesta de ingente muchedumbre de obreros, reducida a angustiosa miseria, luchaba en vano por salir de las estrecheces en que vivía.

            2. La “Oferta y la Demanda”, condenada.- La recta organización del mundo económico puede entregarse al libre juego de la concurrencia. De este punto, como de fuente emponzoñada, nacieron todos los errores de la ciencia económica individualista; la cual, suprimido por olvido o ignorancia el carácter social y moral del mundo económico, sostuvo que éste debía ser juzgado y tratado como totalmente independiente de la autoridad pública, por la razón de que su principio directivo se hallaba en el mercado o libre concurrencia, y con este principio habría  de regirse mejor que con cualquier entendimiento creado. Pero la libre concurrencia, aún cuando, encerrada dentro de ciertos límites, es justa y sin duda útil, no puede ser en modo alguno la norma reguladora de la vida económica; y lo probó demasiado la experiencia cuando se llevó a la práctica la orientación del viciado espíritu individualista. Es, pues, completamente necesario que se reduzca y sujete de nuevo la economía a un verdadero y eficaz principio directivo. La prepotencia económica, que substituido recientemente a la libre concurrencia, mucho menos puede servir para ese fin; ya que, inmoderada y violenta por naturaleza, para ser útil a los hombres necesita de un freno enérgico y una dirección sabia: pues por sí misma no puede enfrenarse ni regirse. Así que de algo superior y más noble hay que echar mano para regir con severa integridad ese poder económico: de la justicia y caridad social. Por tanto, las instituciones públicas y toda la vida social de los pueblos han de ser informadas por esa justicia; es muy necesario que ésta sea verdaderamente eficaz, o sea que dé vida a todo el orden jurídico y social, y la economía quede como empapada en ella.

            3. Capitalistas católicos que desprestigian a la Iglesia.- Angustiados por Nuestra paternal solicitud, estamos examinando e investigando los motivos que los han llevado tan lejos, y Nos parece oír lo que muchos de ellos responden en son de excusa: que la Iglesia y los que de dicen adictos a la Iglesia favorecen a los ricos, desprecian a los obreros, no tienen cuidado ninguno de ellos; y que por eso tuvieron que pasarse a las filas de los socialistas y alistarse en ellas para poder mirar por sí.
            Es, en verdad, lamentable que haya habido y aun haya quienes, llamándose católicos, apenas se acuerdan de la sublime ley de la justicia y de la caridad, en virtud de la cual nos está mandado no solo dar a cada uno lo que le pertenece, sino también socorrer a nuestros hermanos necesitados, como Cristo mismo; esos tales, y esto es más grave, no temen oprimir a los obreros por espíritu de lucro. Hay, además, quienes abusan de la misma religión y se cubren con su nombre en sus exacciones injustas, para defenderse de las reclamaciones completamente justas de los obreros. No cesaremos nunca en condenar semejante conducta: esos hombres son la causa de que la Iglesia, inmerecidamente, haya