13 Veinticinco Diciembre
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Con una Pascua de Sangre cierra el 1940  La SI 28/12/40 p. 7-8
Navidad. El gran pecado del mundo cristiano  La SI 21/12/46 p. 8-9

Cuenta un telegrama reciente una escena linda, que más parece de aquellos tiempos benditos en que las bestias hablaban y las flores de Dios se metían en las cosas de los hombres. Cuenta esta cándida historia el diario eslavo “Politika” y nos la transmite un ingenuo cenobita de la Transocean- “Las feroces luchas que tienen lugar en la frontera greco-albanesa ahuyentan a los lobos, jabalíes, zorras y otros animales monteses, que abandonan el territorio albanés pasando a Yugoslavia. Y se ven cosas como ésta, que acaecía en los horas en que la ciudad de Progradets, era más intensamente peleada: en un hueco de una rocas, en las cercanías de un convento, se veía a un halcón, una paloma y un mirlo reunidos. Los tres animales estaban juntos, sin que el halcón atacara a la paloma o al mirlo”.
Dígase si no es esto algo digno de ser anotado. Hecho que tiene sus raíces en lo más hondo de la naturaleza, poniendo entre el animal ingenuo que es animal de verdad, y ese otro animal trágico que es el hombre, un abismo de diferencias.
Cuenta una tradición oriental, refiriéndose al diluvio –que es creencia universal- que el mundo animal, por razón de aquella espantosa catástrofe, se transformó completamente. La escoria de los malos instintos quedaba rascada por la furia de las aguas. La catarata bravía que era el cielo lograba apagar los apasionamientos de las fieras. Y el leopardo, trepado a una enhiesta peña, alargaba la garra antes homicida a la mansa oveja, y la lengua bífida de la sierpe venenosa probaba de silbar el peligro a los pájaros incautos.
Más es ésta la mitad de la leyenda. El reverso de la hoja ofrece un cuadro distinto. Escurriéndose entre esas fieras domadas por el peligro común, el hombre reventaba de rabia, escupiendo iras y dando por todos lados manotazos. El pariente quitaba al pariente el palo de salvación, encaramándose él encima. Espuma de malas intenciones trasudaban las bocas. Y el odio reconcentrado era exacerbado por la catástrofe y el peligro. Y así, mientras la tragedia hacía salir a flor de piel la naturaleza buena que hay en una bestia de Dios, ella misma no hacía más que rascar las últimas apariencias de civilización que encubren con envoltura dorada esa víbora bípeda que el hombre.
            Un relato ocurrido hace algunos años en el Atlántico, del cual dan fe varias personas todavía vivas, nos contaba un hecho semejante. En medio de la noche obscura aparece el ciclón, moviendo el vapor como una débil cáscara. Crujen los palos, caen las chimeneas, las olas irrumpen sobre cubierta destrozando todo. Y, ya todo en peligro inminente, es dada la orden de arriar los botes salvavidas y descender a ellos en medio de la mar bravía. Y fue entonces cuando revivían escenas apenas creíbles, absolutamente ciertas: cómo el esposo peleaba con la esposa para adelantarse a bajar fuera del buque; como el padre blasfemaba de todo y se deshacía de los hijos; como el amigo echaba al agua al amigo para cogerle el puesto salvador.
            Este es el hombre. Y son aquellas las nobles bestias de Dios.
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            Una psicología inconsciente –que convierte los deseos del moralista en hechos desgraciadamente inexistentes- nos cuenta que la humanidad solo en días de tragedia y dolor sabe nobilizarse, acudiendo los unos al auxilio de los otros.
            Cosas de poetas de la Moral, que se andan por los andamios idealistas del optimismo más extremista. Puestos a probar, nos muestran muy satisfechos el ejemplo del incendio de una manzana de casas ante el cual todos los vecinos, hace un instante enemigos irreconciliables, se ponen a una a apagar las llamas, echando al olvido los anteriores agravios, reales o supuestos, pero siempre habiéndolos tenido en pelea.
            El caso prueba precisamente lo contrario de lo que se intentaba. El vecino ayuda al vecino, no para salvarlo y ayudarlo a salvarse, sino para salvar su propia casa. Ve que, apagando la casa del lado,