16 Sector social 33-45
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La personalidad de Federico Ozanam  La SI 11/09/33 p. 7
Rotary Club quiere ser instrumento de Paz entre los individuos, las clases y las naciones
¿Qué pensar del Rotary? La SI 12//05/34 p. 8
Conferencia Rotaria Internacional  La SI  14/03/36 p. 8-9
El salitre, la raza y la inmigración  La SI 19/09/36 p. 17-19
Un año de Alcaldía La SI 06/01/40 p. 7
El sufragio femenino  La SI 20/01/40 p. 6
La jornada única La SI 06/06/42 p. 9
El Delito Social  La SI 24/04/43 p. 4
Bibliografía  Tellez, General, J.: Una raza militar. Santiago La SI 03/02/45 p. 7
El Presidente Roosevelt ha muerto  La SI 21/04/45 p. 1-7
El Presidente Roosevelt ha muerto  La SI 05/05/45 p. 5-10
Japón firmó su derrota  La SI 08/09/45 p. 3-4

Sector social

La personalidad de Federico Ozanam
La SI 11/09/33 p. 7

            Hace ahora justo un siglo un muchacho de veinte años fundaba en París, con un grupo de estudiantes, una “Conferencia de caridad” para asistir a los pobres a domicilio. La obra se desarrolló de tal manera y produjo frutos benéficos tan variados en todos los países, que hoy sus delegados acuden a París, de todas partes del mundo, para celebrar el Centenario de las Conferencias de San Vicente de Paul.
            Y, sin embargo, el fundador no nos permitiría decir que de la pequeña semilla, “ha brotado un gran árbol”, pues comentando años más tarde la extensión prodigiosa de su iniciativa, decía: “No porque la gramilla del campo se extienda, puede llamársela grande; no porque cubra una gran extensión del terreno, se le ocurrirá comprarse con un roble”.
            ¿Quién era el muchacho que, a los veinte años, fundaba en tanta humildad, una obra de vitalidad tan poderosa?
            Era Federico Ozanam un precursor en todos los terrenos en que actuó. Los que conocen su nombre por la importancia que tuvo como historiador de las letras, suelen creer que sus célebres cursos de la Sorbona, que inauguró a los veintisiete años, lo absorbieron por completo, pues la obra desarrollada por él en ese terreno bastaría para llenar cualquier vida. Pero los que lo conocen como fundador de los Vicentinos, podrían pensar que nunca se ocupó más que de los pobres.
            Es que Federico Ozanam tenía la especialidad de darse íntegro a cada obra que emprendía, como si fuera la única. A cada una le comunicaba la riqueza de su alma. Y por eso, sin duda, todo lo que ha hecho es todavía, a un siglo de distancia, tan viviente y actual.
            Toda su vida, toda su acción están en germen en el estudiante de 1833. Ama la ciencia, siente fiebre la investigación y de los descubrimientos. Pero ama con mayor pasión las letras. Y más que a la ciencia y a las letras, ama a los hombres. Y el amor de Dios orienta y unifica en él todos estos amores.
            A los diez y seis años, Ozanam presiente con nitidez su vocación de sabio, de apologista del catolicismo, de servidor de la sociedad. Poco después, llaman la atención en sus cartas a sus amigos íntimos, dos rasgos: su prodigiosa actividad intelectual, y la sinceridad con que, trabajando de una manera inverosímil, se reprocha su “pereza”, lleno de un ingenuo descontento de sí mismo.
            Todos menos él, presienten un jefe en aquel muchacho “inspirado”. Y él, inconsciente de su superioridad, se apoya en sus amigos, cuenta con ellos para la realización de los proyectos que le agitan el espíritu.
            Hay en Ozanam la impaciencia de la acción, con la conciencia clarísima de la necesidad de prepararse. Es el joven los vastos proyectos a largo plazo y de la realización inmediata, aunque sea modesta. Y es de tal manera en ambos aspectos, que cada una de sus realizaciones encierra como un fecundo principio de vida, y crece y se multiplica.
            Aquel muchacho lionés, llegado a París a los diez y ocho años para estudiar Derecho por voluntad de sus padres, y al mismo tiempo letras por vocación irresistible, es de su siglo, pero se adelanta a él. Ve lejos, y lo que no realiza, lo siembra. Federico Ozanam es un precursor, pero lo ignora; y por eso, sin duda, sufre a pesar de su entusiasta optimismo, de no poder realizar todo lo que sueña. Siente un peso muy grande, y es que ignora que lleva en su alma, no sólo su vocación, sino todas las vocaciones que despertará en su vida, como amigo, como escritor, como catedrático. En su vida, y después de su vida, pues Ozanam murió a los cuarenta años, en 1853, sigue despertando vocaciones.
            Sus estudios sobre historia literaria permanecen, después de un siglo de progresos provocados por ellos mismos, firmes en sus grandes líneas y notablemente actuales; pero valen sobre todo por lo que han inspirado.