16 Sector social 46-48
Índice del Artículo
16 Sector social 46-48
Página 2
Página 3
Página 4
Página 5
Página 6
Página 7
Página 8
Página 9
Página 10
Página 11
Página 12
Página 13
Página 14

El voto de la mujer  La SI 24/08/46 p. 4-5
Inglaterra habla de reforma agraria  La SI 04/01/47 p. 1-3
Reforma total de las Leyes Sociales en Chile La SI 11/10/47 p. 1-3
El advenimiento al poder del “Cuarto Estado”  La SI 24/01/48 p. 1-4
Reforma agraria en Italia  La SI 05/06/48 p. 4

            a) El medio siglo XX que estamos finalizando podrá denominarse, si por el aspecto de la democracia se lo mira, “el medio siglo del voto político de la mujer”.
            Trasladémonos a veinte años atrás, y veremos la celeridad con que se suceden ahora los más grandes acontecimientos.
            En ninguna parte del mundo tenía la mujer voto político. Ni tampoco personalidad, si acaso el yugo del matrimonio las ponía bajo la férula del marido.
            El mundo del siglo XlX se llamaba democrático –y aún hay tontos que así lo llaman, y, lo que es peor, así lo creen- y estaba todo él cimentado en dos farsas dictatoriales: negar el voto a los analfabetos y a la mujer, por alfabeta que ella fuese. Es decir, una minoría de entes que se llamaban democráticos cuya tarea consistía en reconocerse a sí mismos “metro de ciudadanía”; y, como a tal, negar el voto al 90% de los ciudadanos. El “sufragio universal del 10%”, como lo llamáramos nosotros. Es decir, dictadura pura y neta.
            A principios de la corriente centuria, había en Gran Bretaña el “furor feminista”, como lo llamaban los diarios de aquel país, consistente en una minoría exigua de mujeres que, armadas de punta en blanco, cometían una letanía de desafueros para lograr que las gentes políticas se fijasen en los derechos hollados de las mujeres inglesas. Las “sufraguistas” eran reídas en todos los tonos. Y en los demás países se hacía chacota de lo más fundamental de la democracia, y esa chacota era hecha por gentes que se llamaban  “demócratas”, como el reconocer a cada ciudadano sus derechos naturales e instaurar una dictadura legal y normal.
            Vino la guerra. Y las necesidades bélicas movieron a aquel gobierno –capitaneado por un ex socialista, Lloyd George- a bajar a la realidad de las cosas y reconocer a la mujer los mismos derechos políticos que al hombre: el de votar al que les diese la gana, y ser votadas para los cargos políticos.
            La reforma ha ido extendiéndose por todo el mundo a la vuelta de veinte y cinco años, siendo actualmente muy pocos los pueblos, aún en América, que no han entrado por las vías de la innovación. El sufragio femenino es un hecho ya en casi todos los países, y se disponen a entrar en vereda los últimos rezagados.
           
            b) Recordamos que, en este continente, y en un país determinado, eran estas columnas las que proponían por vez primera la reforma, considerada como postulado de la democracia. Y recordamos cómo era recibida la propuesta en el campo político. Esta, y la del salario familiar.
            Los de un lado –y vamos a lo objetivo, a los hechos, dejándonos de paparruchas y pretextos mentirosos- se oponían absolutamente al sufragio de la mujer por un motivo: la mujer era –así lo decían ellos, entonces- católica en su mayoría; y podía ella desviar el sufragio práctica de la corriente izquierdista que ellos, en su sentir, representaban. Los del otro lado argumentaban así, en sus privadas conversaciones: la mujer, en su inmensa mayoría, es pobre. Y el sufragio, con su voto, se les desviaría hacia la masa. Y serían alejados nuestros representantes, pudientes.
            Así era como, unos y otros (como en los días, todavía no verdaderamente historiados de Balmaceda) venían a pensar en la inconveniencia del sufragio femenino, aunque su no legalización fuese, en desmedro de la democracia. Así, las ideas más antitéticas se unían en síntesis, abocando en una misma repulsión egoísta.
            Pasó, sin embargo, lo que había de pasar. La idea había de ser lanzada, por justa. Los políticos militantes había de oponerse a ella. Los años habían de hacer su efecto. Y, a la vuelta de una décadas, muy pocas, había de venir el cambio y la reforma. Porque los pretextos (no, las verdaderas causas) que se alegaban, habían de caer, flotando por encima de toda la pretextería la verdad del problema.