Democracia Autopsia 41 01
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Democracia Autopsia 41 01
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Tres discursos La SI 11/01/41 p. 5
Autopsia de una palabra sonora. Democracia (1)  La SI 18/01/41 p. 12
1. El por qué de este ensayo
2. Luz, hechos, verdad
3. Problemas artificiales
Autopsia de una palabra sonora. Democracia (2) La SI 25/01/41 p. 19
3. Problemas artificiales
l Parte: Hechos  
4. El discurso del Presidente Roosevelt
5. La Cámara de los Lores

Tres discursos
La SI 11/01/41 p. 5

            Fin de año es constantemente tiempo de largas y pirotécnicas retóricas. Y si se prestan siempre a lirismos las dos grandes fiestas de Pascua y Año Nuevo, se comprende que la tentación de hablar sea mayor en este tiempo crucial, en cuyo seno de está gestando un nuevo mundo.
            Entre la ráfaga de discursos tres tienen especial importancia: el del Papa Pío X11, el de Hitler y el del Presidente de Estados Unidos de América.
            En el próximo número daremos principio a un pequeño estudio sobre el problema democrático, tan agitado actualmente en estos días bélicos. El será hecho precisamente  a base de los dos discursos de Roosevelt y de Hitler. Estamos seguros de que, procediendo con sensatez y por encima de apasionamientos, podremos poner de relieve algo que vale la pena de ser recalcado en estos instantes.
            Entre tanto, y ya fuera del tema democrático, es interesante notar algo que es sintomático: mientras en los discursos del Pontífice y del Führer se habla constantemente de los fines de la guerra , no se dice sobre ello una sola palabra en el discurso de Mr. Roosevelt, salvo sus alusiones a la democracia, que probaremos de examinar en el anunciado estudio.
            El discurso del Presidente Roosevelt, hombre que había sido tan constructivo, es esencialmente destructivo. Mientras de los demás discursos surge un como jubiloso hálito de vida, del del Presidente norteamericano como que supuran invectivas, odios y rencores.
            El Pontífice sienta 5 puntos, que sería bueno meditasen los gobernantes de la tierra:
            Vencer el odio que reina entre los pueblos;
            Vencer las incomprensiones;
            Luchar contra la idea que el interés es la base del derecho;
            Eliminar las diferencias económicas en el mundo para que todas las naciones tengan el espacio y los medios vitales que necesitan; y
            Vencer el egoísmo que debe ser reemplazado por la sinceridad, la solidaridad y la fraternal colaboración.
            A uno se le ocurre preguntar, a la vista de esos principios de vida: ¿habría sido posible guerra alguna si ellos hubiesen sido implantados por los hombres responsables de Versalles?
                       
Autopsia de una palabra sonora. Democracia (1)
La SI 18/01/41 p. 12
“Quien ame la Democracia luche para extirparle los vicios con que la han esterilizado los demócratas” H.G.Wells (Esta sentencia comenzó a aparecer –a repetirse- no desde este número sino a partir  del 09/08/41, nº 29 de la serie)

1. El por qué de este ensayo
            En medio del crepitante explotar de las bombas y del cúmulos de las gloriosas tragedias que son cosecha feroz de esta guerra épica –que se alza como un Aconcagua gigantesco entre las llanuras de dos Edades, se oyen los apagados ecos de otra guerra, sostenida con ínfulas de novato en los dominios de la discusión. Y toda ella sostenida alrededor de una palabra que hemos querido con toda el alma: Democracia.
            El Presidente norteamericano, cuya lamentable dolencia le obliga a la quietud corpórea tan propicia a la meditación y a la obsesión, nos ha clavado esta palabra sonora un centenar de veces en la prosa encendida de sus últimos discursos. Y ha tocado a rebato todas las campanas del campanario de la libertad, para llamar a somatén al mundo en defensa de esa hermosa doncella.
            Alrededor de esta palabra –Democracia- y de su galanía se van atrincherando toda suerte de beligerantes. Unos, con candor anacrónico, suspiran tiernamente, lanzando al aire sus quejas. Otros, con el sollozo en la garganta, como si asistiesen a un lúgubre entierro, lloran desconsoladamente. Otros, con “allures” de conquistador, reúnen al pie de la doncella todos los mastines enseñándonos