Democracia Autopsia 43 02 22 y 27
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Democracia Autopsia 43 02 22 y 27
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Segunda Parte. La democracia a través de la historia  La SI 20/02/43 p. 12
l  Mente ágil y actitud de reserva
Segunda Parte. La democracia a través de la historia  La SI 27/02/43 p. 12 l (continuación). ll  La democracia entre los primeros hombres

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            “La historia es el relato de lo que no ha sucedido”: Esta frase, absurda, pero muy significativa, que pertenece a quién sabe qué historiador, es sinónimo de tantas otras que muestran  las burdas mentiras consagradas por la historia; demostradas muchas veces como mentiras absolutas y continuando la suprema impericia –o la suprema inmoralidad- de los historiadores estampándolas como verdades.
Bernard Shaw, una de las inteligencias más audaces para señalar las aberraciones humanas, ha tirado de frente contra las supersticiones históricas, científicas y sociales del hombre, ocupando el polo opuesto a Voltaire bajo este punto de vista. Este, que marchaba derecho a “sus” fines, acomodaba la verdad y la mentira a sus objetivos. Shaw tira derecho a lo que él cree verdad, aunque esa lógica moral atropelle los personales objetivos y creencias. Bajo este punto de vista, son conocidos los tiros directamente apuntados contra la escuela, el comunismo y la historia, a pesar de figurar entre los ideales del gran filósofo del humor británico la educación, la no-propiedad y la historia.
Las falsificaciones históricas son tantas, y abarcan de tal modo a la médula misma de la historia, que podríamos decir que no se trata ya de falsificaciones de muchos hechos, sino de una falsificación integral en cuanto a la marcha de los acontecimientos, e integral en cuanto a los historiadores. La palabras “integral” no excluye, se supone, la excepción.
Los caminos o maneras falseadoras son innumerables, pero hay algunos tan sabidos, que necesita de toda la santa simplicidad de los escritores –no digamos del público- para que caigan en la trampa.
1º Hay falsificaciones que lo son por causa de que no sabe el historiador trasladarse a la época de que se trata. En la Primera Parte de estas reflexiones notábamos la aberración de que los historiadores modernos nos hablan de la democracia de Atenas, Estado en el cual el 90% de los habitantes eran verdaderos esclavos, sin derecho alguno. En aquellos remotos tiempos podían los historiadores griegos hablar de aquella “democracia”. Porque ellos partían de la base –a la vez filosófica, social y teológica- de que los esclavos no eran personas cabales, y, por lo mismo, aquel 90% no era tal “90% de los humanos”, sino una “cosa” aparte, que nada tenía que ver con la ciudadanía. Pero, si aquellas burdas filosofías podían hacer hablar de democracia a Tucídides y demás cronistas helénicos, no es posible que el ahora historiador moderno nos salga con la patraña de la “democracia ateniense”, sabiendo que todos entendemos por democracia una cosa absolutamente distinta y que no estamos dispuestos a aceptar la esclavitud, y menos la esclavitud teológica de aquellos tiempos.
2º Otra vía de falsificación histórica es la inconsciencia, que opera ya, no sólo sobre hechos pasados envueltos en la bruma de lo que fue, sino sobre acontecimientos de nuestros mismos días. Pongamos el caso peruano, por ejemplo. Son 7 millones de habitantes, de los cuales 5 ½ indios. No conocen el castellano, no saben leer y escribir, carecen de voto, no son nada en cuanto a ciudadanía, salvo el tener que pagar tributo como cualquier privilegiado alfabeto. Pues bien: ¿quién ignora que, ante diez obreros de una fábrica cualquiera en Lima sacados al lote, y diez indios de la puna extraídos de igual modo, raciocinan mejor esos indios que los alfabetos de la ciudad, plagados de supersticiones alfabéticas? ¿Quién desconoce el recto juzgar de un labrador aunque no sepa firmar? Recordaríamos, pero no es preciso, lo que han dicho sobre “la asnificación del alfabetismo” cerebros tan indiscutibles como Anatole France, Shaw, Paul Bourget y Giner de los Ríos –para no ir en busca de nombres