Democracia Autopsia 43 06
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Democracia Autopsia 43 06
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Autopsia de una palabra sonora Democracia  (123). Cristo asienta los nuevos cimientos (conclusión). La democracia en la primera época de la Edad Media La SI 05/06/43 p. 12
Autopsia de una palabra sonora Democracia  (124). La democracia en la primera época de la Edad Media (continuación) La SI 12/06/43 p. 12
Autopsia de una palabra sonora Democracia  (125). La democracia en la primera época de la Edad Media (continuación). La democracia en la segunda época de la Edad Media  La SI 19/06/43 p. 12
Autopsia de una palabra sonora Democracia  (126). La democracia en la segunda época de la Edad Media (continuación) La SI 26/06/43 p. 12

Cristo asienta los nuevos cimientos (conclusión)

            Más, no ha de perderse de vista el mérito extraordinario del Cristianismo que, en unos días de opresión y de obscuridad, se alza contra todos los poderes políticos, económicos y científicos de la época y siembra con riegos de la propia sangre la igualdad originaria entre los hombres.

                                                                                  Xlll

La democracia en la primera época de la Edad Media

            a) Apenas Cristo desaparece de la vida terrena, vemos un hecho particular que los historiadores de la democracia no han sabido apreciar, generalmente, en toda su amplitud. Es esto: esa singular doctrina que planta cara al gobierno imperial romano, con todo su poder absoluto; que planta cara a la religión pagana y sus crueles métodos de opresión e intolerancia sangrienta, es encargada para ser propagada a doce infelices pescadores y a un centenar de analfabetos.
            En el mundo suceden cosas maravillosas, de las cuales los historiadores no se dan a veces cuenta. Una de ellas es ésta: que el pueblo analfabeto llegue a crear cosas maravillosas que no son capaces de crear los sabios. Pongamos dos ejemplos estrechamente ligados con la democracia: la creación de los idiomas y la propagación del Cristianismo.
            Un idioma es algo maravilloso. Algo tan estrictamente científico, que supera la capacidad de los técnicos en filología. Estos son sabios para analizar y comprender la ciencia del lenguaje. ¿Cómo no serán sabios los que crearon el lenguaje mismo y su maravillosa estructura? Los que saben algo de filología piensen en las siguientes palabras, busquen sus componentes,  filosofen sobre ellos y decídanse –si se atreven- a decir que un congreso de cien sabios filólogos son capaces de esas filigranas: caudillo, perecer, incompatible, imbécil, íntimo, violencia y otras así. Mediten sobre el significado estupendo de los once componentes del vocablo “in cap ac it a r i a m o s” y vean si hay filósofo que pueda llegar a las honduras de esa arquitectura viva que forma un idioma.
            Ahora bien. Esa maravilla científica que son los distintos idiomas los ha creado el pueblo, unida la voluntad expresiva a la espontaneidad de facultades. El pueblo ha creado obscuramente esa luminosa obra, llegando a las profundidades más vitales del hombre y de la naturaleza, puesto que idioma es unión subjetivo subjetiva(sic), y ya por esto mismo algo que toca casi al milagro.
            Ese estupendo poder creador del pueblo dice mucho acerca de la confianza que se puede tener en el hombre, siempre que actúe decente- la naturaleza(sic). Y esto es algo. Y algo -creo yo- que tiene relación directa con la democracia.
            Pues bien, ese milagro se da ahora nuevamente –y por manera más alta y sublime- al dejar Cristo encargada la propagación del Cristianismo –con él, de la democracia- a unas docenas de analfabetos obscuros buenos hombres, cuyas apariencias –y cuya realidad en cuanto a ilustración- nos muestran evidentemente a obreros incapaces, sencillos, cuya ciencia se reduce a un contacto directo con la red de pescar o el cuidado humilde o atrasado de escasas tierras.
            Tan atrasados y destripaterrones, que pasa por hecho extraordinario el que, por excepción, a veces se mezcle con esos pobres pescadores, algún intelectual de la época: ese Lucas escultor, cuyo oficio de imaginero toca las zonas del arte, y ese Paulo, filósofo y jurista, que entiende de silogismos y sabe hablar en el areópago con filósofos y poetas.
            Dejemos sentado ese hecho singular, que ha llamado la atención de tantos cerebros: es el pueblo bajo el encargado de propagar el Cristianismo, y con él la democracia. Nada de intelectuales. Nada de estirados académicos. Nada de fastuosos gobernantes. Nada de grandes discursos y rozagantes peroratas.