Democracia Autopsia 43 07
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Democracia Autopsia 43 07
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Autopsia de una palabra sonora Democracia  (127) La democracia en la segunda época de la Edad Media (continuación) La SI 03/07/43 p. 12
Autopsia de una palabra sonora Democracia  (128) La democracia en la segunda época de la Edad Media (conclusión) XV Un salto para atrás La SI 10/07/43 p. 12
Autopsia de una palabra sonora Democracia  (129) XV Un salto para atrás (continuación) La SI 17/07/43 p. 12
Autopsia de una palabra sonora Democracia  (130) XV Un salto para atrás (conclusión) XVl La Revolución Francesa La SI 24/07/43 p. 12
Autopsia de una palabra sonora Democracia  (131) XVl La Revolución Francesa (conclusión) XVll El siglo XlX La SI 31/07/43 p. 12

La democracia en la segunda época de la Edad Media (continuación)

            Enlazando los dos puntos anteriores, el parlamento elegido por los ciudadanos concreta la voluntad de la nación, debiendo todos obedecer por     que así ha organizado al hombre en sociedad Dios mismo. Porque la sociedad es natural al hombre.
            Ya quisieran los que historian la democracia encontrar una más llana, más fundamentada y más radical. No la hay en todo el transcurso de la historia moderna.
            Pero todavía iban más lejos esos sabios teoristas, y esos prácticos y democráticos pueblos de la segunda época de la Edad Media. Ellos no toleraban siquiera que una mayoría atropellase a una minoría, ni siquiera a una sola persona, asegurando a todos sus derechos y sus libertades. Nada de “el parlamento puede hacerlo todo, creando el derecho total” y atropellando a los ciudadanos tantas veces en sus derechos esenciales. De ahí que imaginaran una manera de aplastar la tiranía, aún de una mayoría, mediante ciertas instituciones en las cuales ya se piensa ahora nuevamente:
            1º Existe derecho natural inatropellable. Lo cual copiaron los hombres de la Revolución francesa, al crear (y luego mixtificar lamentablemente) la tabla de Derechos Naturales del Hombre. Ni aún un parlamento puede atropellar mis derechos. Salvaguardia aún de las minorías.
            2º ¿Cómo encarnar esa extremada democracia en alguna institución? Sería largo explicar cómo se realizaba esto en diversas épocas y países en aquellos tiempos. Pero notemos un hecho que tantos ignoran: la Constitución de la República Española, redactada por ateos, aceptaba esta tesis medieval tan radical, creando el Tribunal de Garantías, ante el cual podía cualquiera acudir, si se sentía atropellado por alguna decisión parlamentaria, por legal que fuese. Ese Tribunal podía anular la ley, en salvaguardia de los derechos de ese ciudadano.
            3º En aquella Edad había todavía otra garantía. Siendo siglos cristianos, aceptaban la moral cristiana interpretada por los Pontífices. Y éstos, en caso de atropello o dictadura de algún rey o parlamento, lanzaban contra los atropelladores la Excomunión que llevaba involucrada el “derecho a la no-obediencia y a la revolución”. ¿Qué dirían de esto los demócratas de cartón de nuestros días? ¿Derecho a la revolución? ¿Desligamiento moral del juramento prestado de obedecer a un poder determinado? ¡Qué escándalo para nuestros demócratas!
           
            d) Los sabios de aquellos remotos siglos no se pararon aquí. Entendieron la democracia todavía más radicalmente. Enumeraremos solamente lo que ellos entendían por ley, por tributos y por legitimidad del poder público.
            Está en la cumbre de aquellos sabios Tomás de Aquino, uno de los cerebros más extraordinarios que hayan existido, y, sin discusión, el mejor organizado en cuanto a ver la complejidad de los problemas y, por lo mismo, saber sistematizar lo científico según realidades.
            Según Santo Tomás, una ley para serlo, debe estar ordenada al “bien común”, dejando de serlo cuando va dirigida a intereses privados, aunque alcancen a toda una clase social. Esos sabios de la Edad Media eran esencialmente organicistas y societarios. Para ellos, el individuo, era el átomo social; pero los átomos de nada sirven si no forman cadena viva produciendo un ser. Este ser, formado de hombres vivos en relación esencial, ha de vivir a base de reglas y normas que miren a la complejidad de todo el ser, es decir, de toda la sociedad. Y esas normas son las leyes, en lo que penden de la voluntad humana.
            Si el objetivo de una ley es el bien común, se deduce que puede haber leyes perniciosas, injustas y perversas. No, puede haber: las ha habido por millares, bastante desacreditados los legisladores bajo este respecto. Se deduce, también, que el ciudadano, ante esas leyes injustas, tienen sus derechos de resistencia, porque para él no son leyes, sino injusticias y atropellos.