Democracia Autopsia 43 10
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Democracia Autopsia 43 10
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Autopsia de una palabra sonora Democracia  (140) 6.- El “quienes”, el “como” y el tonto de Capirote La SI 02/10/43 p. 12
Autopsia de una palabra sonora. Democracia (141). 7. Universitarios inteligentes La SI 09/10/43 p. 16
Autopsia de una palabra sonora. Democracia (142). 8.- Democracia “dernier cri” 9.- Demócratas del trabajo forzado   La SI 16/10/43 p. 12
Autopsia de una palabra sonora. Democracia (143). 10.- Los hechos contra la retórica La SI 23/10/43 p. 12
Autopsia de una palabra sonora. Democracia (144). 11.- La Inquisición democrática La SI 30/10/43 p. 12

6.- El “quienes”, el “como” y el tonto de Capirote
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            Había  un tonto que se hizo relojero. Había nacido al revés. Sus padres, naturales de Capirote, eran tendidos como bobo solemnes. Los llamaban “los tontos de Capirote”. Hacían y decían tantas burradas, que eran el hazme-reír de las gentes. Se llegaron a escribir historias verdaderas de cuánto acontecía a esos tontos, que distraían a la gente con sus bobadas, tanto más risibles cuanto que eran hechas y dichas muy en serio. Y a seis leguas a la redonda hablaban las gentes de esa rara familia de Capirote, regocijo de la comarca.
            Tuvieron varios hijos, todos ellos marcados con la marca de la bobería. Pero el primogénito  -y precisamente por esto lo era: por derecho de sangre y primogenitura- se las ganaba a todos, incluso a sus padres que, brutos que eran por demás, no llegaban a la centésima de la brutería de su primer pimpollo.
            Se distinguía por verlo todo al revés, hacerlo todo al revés. Era un fanático “anatómico”, preciso, meticuloso, intransigente. Pero no conocía ni quería conocer la fisiología y el funcionamiento de las cosas. Para él era muy interesante que uno tuviese todos sus miembros. De lo contrario era un defectuoso, un mancado, un cuatro-dedos. ¡Qué barbaridad esa de faltarle a uno un brazo, habérsele cercenado una oreja, quedarse sin pelo, tener cortado un pedazo de intestino o habérsele caído media docena de dientes! Era ésta una barbaridad absurda. Los seres debían estar completos, enteros, sin faltarles un ápice o un pelo.
            Lo demás no importaba. La cuestión era tener un hombre dos brazos y un caballo cuatro patas. Lo demás no era capital. Que los brazos estuvieran pegados en la guata o las cuatro patas en las orejas, ello carecía de importancia. La cuestión era tener las cuatro patas enteras. Que uno anduviese con las manos, las dos piernas accionando en el aire, no debía preocupar mayormente. Lo interesante era andar, aunque fuese arrastrándose a gatas.
            Y así del resto. Nuestro gran bobo-anatómico, de esta suerte, se las arreglaba todas a su modo y según su concepción:
            El “qué” es el todo, gritaba desaforado.  El “cómo” no tiene importancia.
            Y así procedía, con gran regocijo del vecindaje. De noche abría las puertas y de día las cerraba. La cuestión era “tener puertas”, lo demás no interesaba. Hacía comer a su gato en una camita ricamente ataviada y lo obligaba a dormir bajo la lluvia. Ponía sus sillas patas arriba y él se sentaba cómodamente en el suelo. Cuando andaba sano, acudía al doctor y por nada quería verlo al enfermar. Colocaba el cubierto muy lindamente sobre los manteles tendidos en el suelo, y él se refocilaba comiendo con los dedos, echado en la cama con los pies en al almohada. Y cuando hablaba, tergiversaba la sintaxis y el hipérbaton por manera fantástica:
            - Bayos 2 porotos de medio kilo véndame y.
            Y el almacenero había de coger un lápiz sucio y escribir en un papel de envolver cada una de las palabras, sentarse con el índice en la frente y sacar al fin algo con sentido:
            - Véndame 2 kilos y medio de porotos bayos.
            Era una gracia ese bobazo y constituía para el pueblo una distracción inocua. El primogénito de los bobos era el bobo mayor de Capirote.
            Pero se hizo grande, porque también los tontos crecen, y para los bobos van corriendo los años también. Y llegó la edad de coger oficio. Y al bobo, de tanto ver un reloj grande en la plaza de Capirote, se le vinieron las ganas de ser relojero.
            - Qué lindo oficio –decía entusiasmado. ¡Tantas ruedecitas, tantos ejes, tantas manecitas y agujitas, tanta cosa rara como hay ahí dentro, para dar la hora cabal!