Democracia Autopsia 45 01
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Democracia Autopsia 45 01
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Autopsia de una palabra sonora. Democracia (204). 48. El Si, El No y Mr Churchill  La SI 06/01/45 p. 10
Autopsia de una palabra sonora. Democracia (205). 48. El Si, El No y Mr Churchill (continuación). 49. Absurdo ... feliz La SI 13/01/45 p. 12

48. El Si, El No y Mr Churchill
            Apenas realizado el escrutinio presidencial norteamericano, Mr. Churchill, se creyó obligado a subirse a la tribuna ministerial de la Cámara de los Comunes para felicitar a Mr. Roosevelt del resultado electoral. No había para menos. Es el presidente norteamericano su amigo personal, y también su aliado en la guerra. Y era, por lo mismo, doble el motivo que obligaba al jefe del Gobierno británico a tender la mano felicitadora a su colega de ultramar.
            No creemos que saliese esta felicitación de muy adentro. Hay motivos para estar enojados. Y también no hay motivos. Distingamos.
            No los hay, porque, si Mr. Roosevelt mira no más que el interés de su pueblo, es esto lo que hacen todos los gobernantes de todos los países: los demás pueblos son fichas y peones en el gran ajedrez internacional, que han de servir de lacayos al pueblo propio. Y, si ésta es la tradición y la costumbre (Mr. Churchill hace exactamente lo mismo ¿a qué debería estar enojado este contra su primo Sam?
            Pero hay motivos en sentido netamente inglés. Porque Inglaterra, desde hace cuatro siglos, está convencida de que, si ella puede mirar exclusivamente  por el interés de su pueblo      -los demás países peones y siervos- esos demás pueblos no tienen derecho a hacer lo mismo; han sido creados para el natural servicio de Tom y su raza, contentos aún de morir por ella, en complejos servicios “otristas”. Porque Inglaterra, en opinión de la City, ha heredado a la vieja Roma, para lo cual uno debe sacrificarse y aún saludar contento al morir por ella: “morituri te salutant”...
            Para un inglés, es natural que, al atacar en la guerra sean los regimientos escoceses los que marchen como fuerzas de choque en las vanguardias –y, en su defecto, los galeses- felices de tener el honor de morir heroicamente por el amo. Y si así del vecino ¿qué será de los demás países lejanos?
            De ahí el enojo churchilliano contra Estados Unidos y Roosevelt. Primo Sam había servido durante los largos años coloniales al Tío Tom londinense, hasta que tuvo la insolencia de declararse independiente. Pero, aún siéndolo ¿cómo es posible que desconozcan la ley, y que la Wall Street tenga a audacia de querer substituir a la City, desbancando totalitariamente, de todas partes, a los señores del Támesis y del mundo?
            De ahí que acudiera Mr. Churchill a Quebec –respondemos de ello- no para los tonterías que explicaron ambos conferenciantes, poniéndole al aliadismo los dedos en la boca, sino para cargarse Churchill de valentía, y por primera vez plantar cara al primo Sam, cuya ínfulas aplastadoras de lo inglés se han crecido desmedida y constantemente.
            Pero Mr. Roosevelt triunfante nuevamente por el voto de sus conciudadanos ha de dirigir nuevamente los destinos del nuevo Imperio. Hay que tratar con él sin remedio. Hay en el mundo –aunque a veces se ignore demasiadamente- un pequeño libro que tiene por título Urbanidad, Politesse o alguna otra palabra sinónima. Y es por esto que se levanta en la tribuna camarista Mr. Churchill, y, en medio de un discurso número 35, copia de los anteriores 34, se ve en la obligación de mandar al abusador primo triunfante una felicitación entre periférica y cordial:
            -Como jefe del Imperio británico envío mi más entusiasta felicitación a Mr. Roosevelt por su nueva elección.
                                                                                  ll
            Pero esto no era la felicitación cabal y entera. El parrafito tiene una segunda parte, que, en resumen, dice así, según propias palabras de Churchill:
- Es esa elección norteamericana una de las pruebas más eminentes de la eficacia de la democracia. Esta no sirve solamente para los días de paz, buscando lo que quiere y opina el pueblo