Democracia Autopsia 45 12
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Autopsia de una palabra sonora. Democracia (243). 76. Democracia en la justicia La SI 01/12/45 p. 12
Autopsia de una palabra sonora. Democracia (244). 76. Democracia en la justicia (conclusión) La SI 08/12/45 p. 12
Autopsia de una palabra sonora. Democracia (245). 77. El sucio oficio de Pámpano La SI 15/12/45 p. 12
Autopsia de una palabra sonora. Democracia (246). 77. El sucio oficio de Pámpano (continuación) La SI 22/12/45 p. 12
Autopsia de una palabra sonora. Democracia (247). 77. El sucio oficio de Pámpano (conclusión) La SI 29/12/45 p. 12

76. Democracia en la justicia
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            La esencia de la democracia consta de varios factores, todos ellos esenciales. Uno de ellos es la igualdad de derechos ante las cosas que se relacionan con la justicia y el tratamiento justo igual para todos los ciudadanos.
            No sería democrático un sistema en el cual, ante casos iguales de distintos ciudadanos, uno de los casos fuese tratado de una manera y el otro de otra manera; de modo que uno de los ciudadanos quedase mejorado en tratamiento respecto del otro.
            La justicia, en un país antidemocrático, admite distinciones. Claro que, al distinguir, deja de ser ya justicia en el fondo. No lo será más que en la denominación. En el fondo, no hay justicia.

            No reinó en la antigüedad una sola pizca de justicia, salvo, si acaso, en la recia y democrática legislación hebrea. Un ciudadano de minoría gobernante en los viejos imperios, era tratado aún en sus crímenes, con benevolencia, y a veces, alabado y celebrado precisamente por sus mismas fechorías. En Persia antigua, por ejemplo, podía un señor robar cuanto quisiera de las casas de sus plebeyos, sin que nadie hiciera cuestión de ello. En cambio, si uno de esos plebeyos cometía exactamente la misma acción contra el noble, y aún contra otro plebeyo, era objeto de duros castigos.

            Recordemos, especialmente, el crimen de los crímenes, el homicidio, atentando uno contra la vida de alguien. Era objeto de los más crueles tratos el súbdito ínfimo que mataba a un patrón. Cuando un patricio, en Roma, mataba a un plebeyo o a un esclavo, aunque ello fuese por puro placer de matar, nadie se metía en el asunto. Uno de los homicidas era tratado como si nada malo hubiese hecho. El otro era condenado a muerte por medios crueles.

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            Fijémonos en que el aspecto democrático del problema no reside en que las penas sean leves y benévolas, o sean pesadas y crueles.
            Esto es, más bien, cosas de la dura piel del pueblo de que se trate, o bien de su carácter benévolo. El aspecto democrático de la justicia no reside en la levedad o la dureza de la pena, y el más o menos implacable procedimiento. Si ese procedimiento judicial –o esa benevolencia judicial; o esa pena que se aplica al infractor- es siempre la misma para toda clase de ciudadanos, ahí tendremos democracia. Si para unos se usa un procedimiento, y para otros otro procedimiento, tenemos entonces una radical y evidente antidemocracia.
            Hubo pueblos que, para ciertos delitos, o para todo el sistema judicial, tenían corazón blando, y aplicaban benévolamente los castigos. Hay en la historia otros pueblos que, dotados de otro temperamento, eran duros y terribles en sus sentencias. Pero eso no es cuestión de justicia, sino de caracteres distintos. Si las penas y procedimientos eran, en un pueblo determinado, leves y suaves para todos, o duras y terribles para todos, en ese pueblo, suave o terrible, reinaba judicialmente la democracia
            Esta, repetimos, no se funda en la calidad o manera de los procedimientos, sino en una radical igualdad entre todos los ciudadanos.

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            En la Edad Media había todavía ciertas reminiscencias de esa desigualdad democrática en la administración de justicia.