Democracia Autopsia 46 01
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Democracia Autopsia 46 01
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Autopsia de una palabra sonora Democracia  (249) La SI 19/01/46 p. 8

 lV Parte: Principios fundamentales de un régimen democrático
Autopsia de una palabra sonora Democracia  (250) La SI 26/01/46 p. 8

lV Parte: Principios fundamentales de un régimen democrático

            A través de esa larga Monografía sobre la Democracia –que dura ya desde hace cinco años, semana tras semana- ha podido el lector formarse una idea, por lo menos fundamental, de lo que constituye los cimientos básicos de todo régimen democrático.
            No se crea que ello es fácil. No hay como las ideas fundamentales y matrices (que, desde mismo que lo son, deberían estar al alcance de todos y ser vistas con claridad incuestionable), para ser muchas veces obscuras y estar plagadas de dudas. Y las causas son dos: primero, el ser ideas básicas; segundo, el haber sido constantemente prostituidas.
            Lo básico, como obra arquitectónica gruesa, parece que debería estar exento de malas interpretaciones, por lo mismo que debe ser básico.
            a) Lo básico parece que, por lo mismo que es el sustentáculo de opiniones divergentes, debería estar libre de toda duda, así como de múltiples maneras de ser considerado. Estaría bien que ordinariamente divergiesen distintas mentalidades, porque Dios ha entregado al mundo a libre discusión humana. Pero las raíces de la humanidad deberían ser  unas y claras para todos, para que la convivencia social fuese, al menos en unas pocas cosas substanciales, unánime y bien cimentada.
            Pero no esa así.
            Una de las causas de esa divergencia en las mismas cosas fundamentales estaría en esto mismo de ser fundamentales, aunque parece que debería ser lo contrario.
            Lo fundamental, dice Balmes, es obscuro porque todos los cimientos son obscuros. En la superficie hay luz, cayendo sobre ella los rayos del sol. Pero las honduras de las cosas, -los sótanos- no sólo son obscuros, sino que lo son más a medida que se trata de una mayor hondura. Así, mientras estamos cerca de la superficie, la luz será más o menos intensa. A medida que nos hundamos en las raíces de los problemas, la luz será menor y el ambiente más obscuro. Y cuando se llega a las más hondas cuevas de las cosas, de tal modo la luz amengua, que puede llegar a encontrarse uno en una obscuridad absoluta.
            Y deben ser tan obscuras y desorientadoras esas profundidades de los problemas que es conocida la siguiente anécdota sobre el filósofo Balmes.
            El era sacerdote, pero su mente era tan dada al libre examen de los problemas que, a medida que iba entrando en sus íntimos repliegues interiores, en su cerebro la luz le parecía que se obscureciera. Una vez, su análisis fue tan hondo, que como se resintiesen los fundamentos de su fe. Y, firme en sus creencias, es fama que dirigió a Dios la siguiente oración:
            “Yo procuro examinar lealmente los problemas, pero se va perdiendo la luz a medida que los ahondo. Si ese ahondamiento puede hacer vacilar mi fe y apartarme de la verdad, entenebreciendo mi mente, seré feliz de que se apague mi vida antes de vacilar en mis principios religiosos”.
            A los pocos meses de hecha esa especie de plegaria, moría el filósofo catalán, antes de los cuarenta años de edad.
            No es raro, todo esto en cuenta, que, el ahondar en un principio tan fundamental como es la democracia, también la luz se amengua y parezca que vayan envolviendo el problema tinieblas cada vez mayores. La democracia es uno de los pilares fundamentales de la vida pública, y está, por lo tanto, en los cimientos obscuros.
            No atribuiremos, por lo mismo, todas las dubitaciones acerca de ella a la mala fe enemiga. Es muy posible y hasta probable, que muchos duden, ya hacia el lado de la anarquía, ya hacia el lado del despotismo, y esa duda nada tenga que ver en falacias, sofismas y malas intenciones. Es muy posible