Democracia Autopsia 46 02
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Democracia Autopsia 46 02
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Autopsia de una palabra sonora Democracia  (251) La SI 02/02/46 p. 8
Autopsia de una palabra sonora Democracia  (252) La SI 09/02/46 p. 8
Autopsia de una palabra sonora Democracia  (253) La SI 16/02/46 p. 8
Autopsia de una palabra sonora Democracia  (254) La SI 23/02/46 p. 8

            Somos, por lo mismo, ultrademocráticos, poniendo los derechos ciudadanos sobre nuestras cabezas, debiendo aceptarlos todos, sin que nadie pueda tocarlos. La mayoría nacional, la unanimidad nacional, no tienen derecho a eliminarme mis derechos naturales. La democracia, es anterior y superior a toda decisión ajena, aunque fuera de toda la nación: nadie derecho a suicidarse, eliminando sus propios derechos.
            En los modernos Códigos del Trabajo figura un artículo notable a este respecto. Dice así: “El trabajador no puede eliminar, ni siquiera voluntariamente, los derechos que le reconoce este Código. Y es nula toda renunciación, todo documento, aunque sea una escritura notarial pública, en la cual el trabajador renuncie a cualquiera de esos derechos”.
            Es nuestra doctrina. Se supone que se trata de “derechos naturales a la vida”, al sueldo, a ciertas garantías materiales necesarias al trabajador y a la familia. Se trataría de una especie de suicidio. ¡No se reconoce ese derecho al suicidio!
            Mucho menos se reconoce a uno el derecho a eliminar ese derecho ajeno.
            Quede, por lo mismo, bien claro: la eliminación de los derechos naturales, ni que sea por parte de la inmensa mayoría de un país, no puede ser aceptada. Ello sería un atentado a la Naturaleza, una Dictadura. Queda, por lo mismo, fuera de la Democracia, cuanto huela a suspensión de garantías bajo ningún aspecto.

            Son, por lo mismo, dictaduras:
            Las que, bajo el nombre de fascismo o semejantes, eliminan esos derechos fundamentales;
            Los Soviets, que eliminan esos derechos todavía más radicalmente;
            Los regímenes llamados democráticos que aceptan y practican la suspensión de esas garantías y derechos esenciales.
            Dictaduras sin excepción, hermanas e iguales.
            Sentado como base fundamental el principio de que los derechos individuales naturales (hablar, escribir, asociarse y votar) constituyen la base primaria de toda Democracia, aún independientemente de toda mayoría, viene la segunda base natural de toda democracia, que es la manifestación sincera y clara de esa mayoría en cuanto no se relaciona con aquellos derechos fundamentales.
            Es lo que llamaríamos “segunda base de la democracia”: la expresión de la voluntad mayoritaria.
            Para algunos (que, en esencia, no son demócratas, sino dictatoriales, esa mayoría es instrumento único de democracia). Para nosotros, la democracia está libre aún de tiranías mayoritarias: derechos naturales inalienables y bajo ningún conceptos suprimibles.
            Pero, además de tener que fundamentarse ese derecho de mayoría, para ser comprendido y aceptado, hay necesidad de aclarar muchas obscuridades que lo ennublan y arrancar la careta a muchas pseudodemocracias. Parece, pues, el derecho de mayoría algo banal y sencillo. Es, en cambio, problema verdaderamente enmarañado.

            a) Ante todo, legitimemos, en principio, ese derecho de mayoría.
            Comencemos por la vida usual, círculos menores que la vida del Estado.
            Cuando en una sociedad, academia, sindicato, asociación cualquiera, de cualquier índole o carácter, se tiene que decidir un asunto, todo el mundo reconoce que ha de decidirlo la mayoría, y no una minoría.
            Desde luego, todo el mundo aceptaría que, si viviesen algunos individuos marcados por el Espíritu Santo con signo de infalibilidad, se podría (casi, se debería) aceptar un régimen minoritario, siempre que la minoría la constituyesen esos seres hipotéticamente infalibles.