Democracia Autopsia 46 03
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Democracia Autopsia 46 03
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Autopsia de una palabra sonora Democracia  (255) La SI 02/03/46 p. 8
Autopsia de una palabra sonora Democracia  (256) La SI 09/03/46 p. 8
Autopsia de una palabra sonora Democracia  (257) La SI 16/03/46 p. 8

            2) Los tratadistas de la democracia han estudiado su restablecimiento detalladamente. Y Santo Tomas -espíritu democrático si lo ha habido jamás- nota bien que un alzamiento contra la tiranía no puede realizarse, si, no teniendo casi seguridad de triunfar, puede irritar todavía más al tirano y, en vez de democracia, se suscite una peor tiranía.
            Aquello de “vencer o morir” es cosa de espíritus simples a cuyo patriotismo no acompaña la habilidad ni la organización. El “vencer o morir” está perfectamente bien en un lema, una canción nacional, como banderín de heroísmo. Un caudillo no podrá tenerlo por lema jamás. Porque el ideal es vencer, o, de no morir. Solo en los apuros en un conflicto exterior, al cual nos han abocado los demás, podemos levantar aquel heroico lema como una gran bandera. En conflictos interiores, y, si se trata de miles y miles de personas,  aún en conflictos exteriores, el que no puede vencer no debe morir, sino esperar la hora futura de vencer.
            Los tratadistas más serios, acerca de las revoluciones contra dictadores, no dejan de decir y repetir esa condición de que el éxito sea seguro o, cuando menos, probable. Porque no debe derramarse sangre en vano, ni deben irritarse, con una derrota, las malas iras de algún dictador cruel.
            En la práctica es fácil, aunque no seguro, conocer cuando un alzamiento es de éxito probable. En teoría no pueden darse reglas exactas. Pero siempre hay que repetir que una revolución es inmoral, aunque su finalidad se moral, siempre que no esté asegurada, con grandes probabilidades, la victoria.

            3) Una tercera condicionante ha de legitimar una revolución verdaderamente democrática contra una real y verdadera dictadura, que sea “verdaderamente democrática”, repitiendo las palabras que acabamos de escribir. Levantar una revolución para establecer una dictadura contra la dictadura que vamos a derribar, sería cosa de locos, o, cuando menos, de fanáticos. Que estarían muy lejos de la democracia, única razón que puede hacer aceptable un alzamiento.
            Supongamos el actual caso argentino, para no volver otra vez a cosas de antaño. Una dictadura militar, limpia y de pueblo, derribaba una dictadura que, con careta democrática, estaba asfixiando con lodo integral al pueblo. ¿Sería posible, ahora, una revolución de los dictadores derribados, enfangados y sucios, contra la dictadura existente?
            La contestación está pronta en la boca de cualquier persona de buena fe.
            Y el pueblo, aún dejándose engañar fácilmente, parece que está tomando el pulso a las cosas, y entiende bien a qué lado están los intereses populares. De ahí la incapacidad en que se han hallado aquellos políticos democrático-dictatoriales, para poder vitalizar la pública opinión contra un gobierno existente sea como sea.

            c) Cuando se habla de revoluciones contra las dictaduras (personales o disfrazadas) se entrometen las arduas cuestiones de la sangre, de la cirugía y de la cloroformización. Dificilísimo problema, que requeriría un volumen el solo: tanta es la gravedad que él entraña.

            1) El padre Marián, jesuita español cuyas obras han pasado las fronteras de España y del tiempo, era como lógico teorético, de una terrible opinión: que un pueblo podría legítimamente matar a un tirano, si se trataba de eliminar una tiranía cruel y salvar a un pueblo restableciendo la ley, la razón y la democracia.
            En la historia ha habido muchos asesinatos de los llamados tiranos. Pero confesemos que más se trataba de fanatismos, casi dictatoriales, contra buenos gobernantes.
            En la antigüedad es conocido el caso de César, eliminado y apuñalado por sus rivales y aún por sus mismos parientes. En lo moderno recordemos el caso del Presidente Busch en Bolivia; o si se