Democracia Cristiana 24
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El miedo irracional a la Democracia Cristiana  La Unión, 26/09/24

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            En crisis completa el sistema parlamentario en todos los países, los pueblos andan en busca de algo que lo substituya, los políticos de buena fe discuten reformas y los sabios de todas las naciones están examinando sistemas ya ensayados y otros posibles para dar con una solución adecuada, que no tiene espera.
            Quien -desde muchos años atrás- haya seguido las distintas manifestaciones de esa inquietud universal; quien haya meditado sobre libros y revistas, leyendo en las entrelíneas cosas que no se quieren decir, pero que se escapan de la pluma; quien, sobre todo, haya hablado amigablemente con personalidades de éste o de aquel país -porque nos referimos a un problema universal-, habrá notado en el momento una rara cosa: que, en el fondo de no pocas opiniones late una doble contradicción, harto más trágica cuanto que es leal y sinceramente sentida.
            La doble contradicción es ésta:
            numerosas personalidades, y aun partidos enteros, que se llaman partidarios de la democracia, tiemblan al solo anuncio de que va a imponerse una democracia limpia y verdadera;
            cantidad de personalidades católicas, y aun partidos católicos en masa, viven muy avenidos con los sistemas no católicos de parlamentarismo y sufragio individualista, y tiemblan al pensar en que puedan implantarse los principios políticos del catolicismo que se llaman representación por clases y familias y voto libre de los ciudadanos.
            Esta doble contradicción, que es un hecho general a todo el mundo, se palpa igualmente en Chile. Son numerosas las personalidades católicas, y aun los organismos políticos católicos, que se confiesan amigos de la democracia y netamente cristianos; y, sin embargo, que transpiran miedo invencible al solo anuncio de la implantación de los sistemas políticos cristianos, mediante los cuales el voto popular   -la democracia- se manifiesta limpiamente.
            Tratándose de contradicciones flagrantes, los miedosos no pueden manifestar abiertamente las causas de su poca devoción a los principios democráticos y a las bases cristianas de la política. Pero, atando cabos, ideas y palabras, puede fácilmente reconstituirse el pensamiento interior -el miedo invencible- de esas personas y partidos. Piensan de este modo:
            "La democracia es un absurdo. Esperar nada sano del voto popular (y ponen de ello, en su espíritu, ejemplos numerosos) es candidez digna de insensatos. Nos llamamos amigos de la democracia, por necesidades estratégicas: no vamos a proclamar nuestro pensamiento ante el pueblo votante. Pero no tenemos fe ninguna en el voto popular, necesariamente errado.
            Ahora bien. El voto individual de la revolución francesa, por lo mismo que es individual y desligado e inconsciente, se presta a que, de mil maneras, influyamos sobre él, sobre todo mediante presiones económicas y morales. De este modo el voto popular, influenciado, es menos malo. El parlamentarismo y el voto individualista no son cristianos. Pero ellos nos permiten infuir sobre los votantes en bien.
            Viceversa. El voto gremial y familiar son conscientes, insobornables, pocos influíbles, libres y limpios. Nuestra influencia sobre el electorado se desvanece. ¿A dónde vamos a parar con ello, siendo el voto popular siempre muy discutible? Esos principios, muy cristianos, no nos dan pie para dirigir, a nuestro albur, la opinión popular".
            No se dirá que no hemos puesto el dedo en medio mismo de la llaga. La contradicción de numerosas personas católicas en todas las naciones -repetimos: es problema universal- resulta evidente. Sienten miedo invencible a la voluntad popular. Ello les hace contradecir sus lemas democráticos y preferir los principios enciclopedistas anticatólicos a los principios católicos.