Democracia Cristiana 41
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Democracia Cristiana 41
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Roosevelt, dictador La SI 25/01/41 p. 3

            Franklin Délano Roosevelt ha sido consagrado por tercera vez Presidente de Estados Unidos. En un somero estudio que estamos publicando sobre la palabra Democracia aludimos hoy mismo a cómo hay que entender  que esa elección ha sido hecha democráticamente. Mr. Roosevelt ha pronunciado, al ser proclamado, un interesante discurso, que viene a ser el punto central de los Cien y Uno discursos con que -siempre diciendo lo mismo-  nos aturden los mil oradores norteamericanos. Y es interesante concretar algunas consideraciones de fondo sobre esa tercera Presidencia y el discurso que la concreta en anhelos.
a) Se ha hablado del carácter dictatorial de una tercera presidencia. Estamos contra lo que esto creen. Una tercera presidencia, especialmente si esta dura no más de cuatro años, es el mayor bien que puede recaer sobre un país, si el gobernante sabe hondamente servirlo y dinámicamente empujarlo.
Una de las supersticiones de la democracia estilo siglo XlX era que había necesidad de renovar a los hombres que ocupan la suprema autoridad, para huir de todo peligro de despotismo. Es interesante fijarse cómo esos supersticiosos no saben historia. Cómo han sido los mejores gobernantes los que más han durado en el poder, lo cual no quiere decir que no haya habido excepciones. Pensemos en los 30 años de Pericles en Atenas, hija de ese hombre singular, y en los ya largos años de Stalin; y quién conozca lo que en aquel antiguo país realizara aquel estadista y lo que es ahora esa Rusia fantásticamente poderosa podrá apreciar lo que vale el perdurar en el poder quien tiene agallas para una gobernación más o menos perfecta.
Ha llegado ya la ciencia política a tales conclusiones, que muchos escritores cordialmente republicanos han llegado a convertirse en monárquicos por esta sola razón de perdurancia. Citemos, porque es el más leído, a Carlos Benoist, cuyo republicanismo de toda la vida era sustituido por el monarquismo, aún advirtiendo los enormes peligros de una monarquía, según él “menos graves que los que trae la inestabilidad en el poder, aunque sea de una persona genial”.
Es interesante constatar la opinión de viejos tratadistas de la misma Edad Media, para los cuales la cualidad capital de las monarquías era ésta de tener una misma persona en las manos el poder durante el tiempo necesario para realizar planes de aliento. Uno se admira de que cerebros tan profundamente democráticos y respetuosos de la libertad humana como Tomás de Aquino, sea un ultra defensor del régimen monárquico, así como de la unidad de poderes. Es que, talento vivo y no dando vueltas alrededor de conceptos abstractos, concebían, ya en las lejanías del siglo Xlll, cuanto importaba el tiempo  en la ejecución de lo que un país necesita para marchar fecundamente para el bien general.
Si se echa una ojeada sobre la actualidad internacional, se verá claramente la diferencia entre un gobernante que ha tenido tiempo necesario para injertar sus planes en la vida nacional, y aquel que, tal vez siendo de mejor mentalidad, no ha obtenido la duración suficiente para enrielar sus propósitos sobre la materia viva de la marcha nacional. Hay hombres que, en pleno siglo XlX y XX han logrado hacer virar a un país hacia grandes destinos. Siempre han tenido que permanecer en las alturas tiempo suficiente. Pensemos en el Perú, en Roosevelt, en el Brasil actual –pueblo gigante, que sopla con energía extraordinaria-; y el hecho ya no podrá extrañar a nadie.
Precisamente una de las ventajas de los dictadores europeos está –más que en su dictadura, superada en exacerbación, a veces, por la democracia de ciertos países- en esa perduración. Siempre necesita un gobernante tiempo. Y mucho más en estos instantes en que, por ciertas causas combinadas, las cosas marchan tan aceleradamente, que la atención del supremo gobernante se ve cotidianamente atraída y acaparada por los acontecimientos, robándole lo de cada momento tiempo preciosos para las grandes iniciativas que deben enchufarse en la realidad viva de la nación.
Una tercera Presidencia ha de ser beneficiosa para Estados Unidos, especialmente si se tiene en cuenta que, desde el punto de vista internacional, todos son en Estados Unidos uno y lo mismo. Sean cuales sean las ideas y los hechos de Mr. Roosevelt, las de Mr. Wilkie habrían sido exactamente las