Democracia Cristiana 47 05
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La crisis en Francia e Italia y su democracia cristiana La SI 31/05/47 p. 1-7

1. El “Renacimiento”
            La revolución que representó el pase de la Edad Media a la Edad Moderna fue integral. Comenzó, como comienzan todas las evoluciones, en la plataforma económica. Los descubrimientos geográficos, la expansión del comercio, los primero inventos, como el de la imprenta, de la época renacentista, trajeron una modificación en otros órdenes. Especialmente en esto lo que se recolecta, o lo que se manipula, en unas naciones o continentes, podía ser llevado a otros u otras. Y, comenzando por un intercambio de productos exclusivos (que eran transportados para su uso, a otras partes lejanas), acabó por crear el comercio de exportación en grande, que quedaba completado por una fabricación naciente, pero de día en día más fuerte.
            La industria bancaria y la navegación databan de épocas lejanas. Los fenicios y los egipcios tenían su flota comercial ya en lejanos milenios. Cataluña, con su Consulat de Mar, ponía ya en el siglo Xlll los cimientos de los Bancos. Pero por manera principal y descollante, no surgían esas organizaciones (naval, industrial y bancaria) hasta haber doblado la esquina histórica de la Edad Moderna.
            Se llamó a ese “doblar la esquina” Renacimiento. Porque se nació mal: por una copia. Se copiaba las épocas llamadas clásicas. Esto es: se retrocedía en más de mil años.
            Un hecho social de importancia en esta época fue la caída de la nobleza de la Edad Media y el encaramamiento de una nueva “nobleza” en los sitiales gubernativos. Mueren los duques y los condes, y los barones; y se montan sobre los gobernantes, constituyendo sus consejeros y actores políticos, los nuevos ricos de la hora: los que, a caballo de estos nuevos giros que había dado la economía, se habían subido a las alturas de la riqueza y de los altos puestos gubernativos.
            Este hecho venía acompañado de otro, muy interesante. La Edad Moderna, según los farsantes que se llaman historiadores, se distingue por gobiernos populares, liberales y democráticos. Cuando esa Edad Moderna representa la caída y el entierro de la más mínima democracia.
            La Edad Media había representado, con todas sus cosas inaceptables, el comienzo de una democracia corporativa, fresca, viva, como planta de bosque que nace al azar, vivificada y favorecida por ciertos factores y circunstancias naturales. Las ideas cristianas, en una evolución natural, en cada instante realizándose lo que cada instante daba de sí, habían fructificado, labor de siglos, en unos principios de gobierno en que lo natural, y principalmente los hechos naturales, eran respetados y traducidos al derecho escrito, después que se habían consolidado en los hechos, es decir, en la tradición objetiva. Había nacido la planta, y en ciertos países (monarquías hispanas, Francia, Italia) estaba ya con cierta plenitud viviendo su vida, cuando advienen  ciertos hechos, en sí loables, en sus consecuencias lamentables, que tuercen la marcha de las cosas, y hacen retrogradar la civilización, y sus órganos de gobierno, unos centenares de años atrás, con ese bendito Renacimiento, que si en literatura fue una copia servil, aunque interesante, del Clasicismo, en política fue el más desafortunado de los ensayos.
            Renacimiento. Renacen las monarquías absolutas y el despotismo. Mueren, bajo la aplastante voluntad de los Césares, los parlamentos corporativos medioevales, las libertades gremiales, los fueros y privilegios de la plebe, y, por lo mismo, las libertades populares. Y se alzan en la historia de Europa (América era todavía un ensueño) los tronos absolutistas y los déspotas coronados, que son los caracterizadores de la Edad Moderna. ¿Qué trono se salvó? ¿Qué país no fue juguete de las tiranías de los reyezuelos de la época y de sus ministros endiosados? Felipe ll y lll en España, Luis Xlll y XlV (“El Estado soy yo”) en Francia, José en Austria, los salvajes Enrique Vlll  e Isabel en Gran Bretaña por no nombrar los monarcas de los países del frío norte (Cristina de Suecia, Catalina de Rusia, los reyes de Prusia) que, bárbaros en la Edad Media, no habían tenido la suerte de vivir políticamente a la sombra de una democracia corporativa que creara, como viento fresco, la cosa pública de sus países.