Democracia Cristiana 47 06
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Los demócratas cristianos en Francia e Italia La SI 07/06/47 p. 1-7

1. Recordando antecedentes
            La crónica de la semana pasada fue dedicada a puro antecedentes en qué cimentar la de hoy día.
            Nuestras críticas son diferentes de la mayor parte de las que se leen, porque están hechas –las nuestras- bajo un punto de referencia. Estamos en terreno de relatividad, en que, si no se va bien seguro por principios, uno no sabe, estando en el tren, si es él el que camina o es el tren que tiene al lado. En que no sabe si es el sol  que da vueltas a la tierra o la tierra vueltas al sol, , si una serie de principios científicos no le descifran el enigma.
En las ciencias, y en sus teoremas más o menos prácticos, hay el eminente peligro de hundirse en la nada del error, si uno no va guiado por principios. Como la brújula que nos marca el norte, o un monte alto que nos ice el sentido en que debemos orientarnos; o la flecha callejera que nos guía en los caminos para tomar dirección y no enredar el tránsito; como un faro que nos indica donde está la playa y dónde nos espera el puerto seguro que nuestros ojos todavía no ven; como en todo saber hay los faros de los axiomas que guían el caminar intelectual del hombre y en lo sentimental unos golpes del corazón que nos señalan el peligro que nos amaga; como n el día la luz del sol nos señala las rutas y nos alerta de los peligros que puedan entorpecer nuestra vía, así, en el proceder crítico hay que marchar según fundamentales trabajos de preparación, para sacar algún juicio práctico loador o vituperador de un acto cualquiera o de una serie de actos.
Cuando debe tratarse –como ocurre en nuestro caso- de una condenación abierta de un proceder nacional claro, o viceversa, de una loa que apuntale ciertos actos, poniéndose en su favor, es necesario proceder con un trabajo de preparación previo para ver de acertar adecuadamente.
La responsabilidad es grande, pero no la rehuimos. La responsabilidad es enorme, porque, al condenar o alabar un movimiento político o social, aunque sea ajeno, hace uno labor de construcción o de derrumbamiento de análogos movimientos que hay, o puede haber, en su casa. Y cuando se tiene ganado un halo de imparcialidad y de “savoir faire” científico, es de enorme responsabilidad lo que uno opina, porque puede desviar en algún sentido algo que atañe directamente a su patria; algo que atañe, cuando menos, a la humanidad. Y uno cierra los ojos ante ese fardo, temiendo actuar críticamente.
No importa que arraiguen cada día más dos corrientes, de las cuales un político de veras debe huir como del diablo: la corriente de la propia conveniencia, y la corriente de opinar ligero, sin miedo a la propia responsabilidad y no importa lo que se diga.
La corriente egoísta, que solo mira la propia conveniencia, resolviéndose al fin, en un algo tangible que nos aprovecha materialmente está ahora primando (y ha primado por siglos) en la crítica. Se acusa a los historiadores griegos y romanos de falacia y de desvergonzadas mentiras cuando ello afectaba a su patria o a su persona. ¿Qué podemos sacar, en definitiva, de hablar así o asá? Ese “qué podemos sacar de ello” es la suprema razón del sentido de una crítica. En un ministerio de una nación europea, que no es latina, se lee como máxima suprema: “la verdad no es el supremo criterio, sino la conveniencia de la patria”. Ese refrán práctico, que parece patriótico, y no es más que una canallada internacional, lo veo repetido ahora en una revista actual norteamericana, la cual, comentando un drama famoso que acaba de estrenarse, dice (y lo pone en boca de un senador nacional): “nuestro deber no es la verdad, sino la conveniencia patria”. Y en aras de este disparate, el senador calumnia a un negro conciudadano suyo y lo quema de vivo en vivo en aras de esa calumnia canalla.
            No queremos negar que así tira por ese camino lo que ahora llaman crítica. Y que, bajando a los planos inferiores, aún hay crítica que no más mira a la conveniencia personal y a “cuanto me paga fulano” para alabarle o criticarle. Confesamos que aborrecemos nativamente esa crítica y que no nos atribuimos mérito alguno al rechazarla de plano y al escupir al crítico por tan enfangados caminos.