Democracia Cristiana 47 11
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La lección de las elecciones francesas La SI 01/11/47 p. 1-4

            a) En Francia, patria del barón de Montesquieu, pasa al pie de la letra lo que se proponía ese embaucador científico al planear una democracia palabrera en su inventiva burguesa: que la nación funcionase con apariencias de voto público y sufragio universal, pero de manera que quedase una especie de patente de corso para la pandilla política.
            El que haya vivido –digo: vivido; no, viajado- en Francia lo necesario para entrar en el seno de las familias, por un lado, y en el seno de la política, por el otro, puede testificar con cuán buena mano metieron ese veneno montesquieano aquellos políticos en el alma del pueblo
            Primeramente, a base de que para ser político hay que “entender” –la invención de la sabiduría política que ha arruinado al mundo- se sienta en principio la tesis de que la política va por un lado y el pueblo va por otro lado. En su lenguaje: que los entendidos gobiernan y administran sin que el pueblo se meta para nada en sus asuntos.
            De aquí las vidas paralelas, durante el último sigo, del pueblo de Francia, que marcha por un lado, y la vida de los políticos, que va por el otro lado. Hace el político lo que le da la gana, sin que en sus afanes se entrometa ni deba entrometerse el pueblo. Trabaja el ciudadano, sin, tampoco, que los gobernantes se metan en sus cosas más que en apariencia.
            Ese divorcio entre políticos y no políticos, entre gobernantes y gobernados, ha llegado a un extremo tal, que uno puede observar con el termómetro de la experiencia en la mano, cómo ambas cosas marchan paralelas, sin que por casualidad se toquen nunca. De ahí la putrefacción de aquellos partidos, cada uno de los cuales piensa distintamente como le da la gana, pero todos coincidiendo en el común denominador del coimaje, de la burocracia podrida, de los “affaires”, del barro.
            Y ha creado tanta médula en el pueblo esa prostitución política, que puede darse el caso    -y allí se da- de que todos conozcan los negociados de los grupos y nadie hace caso de esos negociados, considerándolos como “modus vivendi” de la pandilla “entendida” en vivir a espaldas de la nación.
            Es un hecho en todas partes ese divorcio entre la nación y los que se disputan su mando, es decir, los negociados. Pero en Francia se da el hecho único de que los ciudadanos conozcan los pormenores inmorales de esos hombres y los consideren, no solo inevitables, sino lógicos.
            De ahí vino, para citar un detalle, la fama de Pagnol al echar al público, en forma de dramas, sus sangrientas sátiras a la política, especialmente en sus “Marchands de Gloire” y su “Topaze”. Esa desnuda y descocada literatura, retrato el más desenfadado de los políticos franceses, fue aceptada por el pueblo con ansia y aplauso. El pueblo francés es reacio a ir al teatro vivo. Sin embargo, esos dramas se dieron repetidamente en el mismo teatro durante más de un año, aplaudiendo la rechifla y el desprecio a sus políticos, al verlos pintados en la atmósfera maloliente de sus rapiñas a costa de la nación.
            Sin embargo, Pagnol no se salió con la suya. Era su intención poner al descubierto esas sirvengüenzerías, para que viniese tras ello un repudio. No lo logró. Diríamos más: que el público, después de haber respirado durante tres actos la maléfica vida política, salía del teatro con la impresión de que sus dilapidadores eran unos “vivos”, unos “entendidos” en francachelas y excentricidades de degenerados contra el pueblo.
            Era que, en la médula de la nación, se ha enquistado la idea de que, no solo se conocen las fechorías políticas, sino que éstas son naturales, lógicas y delatadoras de cierta “viveza” delictiva.
            Favorecía esa tendencia maléfica el modo de vivir de Francia. País privilegiado por su tierra; privilegiado también por sus razas (que no es la francesa, sino 6 o 7 razas, a la vez, las que conviven en Francia) es país que había encontrado el que podríamos llamar “ritmo de vida fácil y no expuesta a quiebras”. El suelo francés, unido a sus tradiciones de minifundio, se prestan admirablemente, a que cada hogar tenga “sus” tierras y su casa. No existían masas ni agrícolas ni mineras. Se contaban por millones (dos o tres, al menos) los extranjeros que allí desempeñaban esos humildes oficios de peón. Y