Espacio Vital 01-03
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Espacio Vital 01-03
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Prólogo  La SI 09/03/ 40 p. 1-2

Espacio Vital
Prólogo
La SI 09/03/ 40 p. 1-2
(en la primera página, las palabras que siguen están enmarcadas por dos fotografías con imágenes bélicas. A la izquierda, un combate cuerpo a cuerpo en una trinchera; abajo se lee “Amaos los unos a los otros” (Jesucristo). A la derecha, en el desolado frente de lucha, dos combatientes buscan con la mirada al enemigo, todavía invisible su presencia, no la del peligro; abajo se lee “homo homini lupus” en acecho...)

1 Hay problemas que han actuado substancialmente durante siglos, pero que han carecido de nombre para ser nombrados claramente. Y así son, casi siempre, las grandes cosas y las grandes fuerzas. Dios es el Sin-nombre: “Yo soy el que soy”. Durante centurias y milenios la salud y la vida del hombre han pendido de Fantomas emboscados en el interior del organismo que emanan calladamente de las glándulas internas. Y se han necesitado millones de años para que fuesen cazados y fueran marcados con un nombre: vitaminas. El gran bardo que cincelara los hexámetros de granito de la Ilíada carecía de nombre propio, marcándosele por un apodo: Homero, Me-oro, “el que no ve”.  Y en estos instantes uno de los pueblos más poderosos de la tierra no tiene nombre tampoco: Estados Unidos de la América del Norte, sin una palabra que presente a ese enorme conglomerado con marca determinada
 Cierto que, como decía el preceptista francés, “le nom ne fait pas la chose”. Pero, si el nombre no hace la esencia, ¿quién no sabe cómo él influye en el éxito accional y en la consideración ajena? Hay cosas y personas que triunfan por el solo nombre. Conozco una muchacha que ha sido sugestionada por un bribón, y ella misma no sabe que la causa de su “amor” no ha sido otra que llamarse Enrique la persona de su amorío. Y no nada equivocado el artista inglés cuando nos habla “de la importancia de llamarse Ernesto” (va errata a este acápite al pie de este número 1)
 Hay en estos neblinosos días que corremos un problema que, desde que el hombre es, ha ejercido un rol decisivo en las cosas de los hombres. Pero los escritores –por lo mismo, la humanidad- no han tenido con ese problema diálogos mayores. Como las hormonas que lo deciden todo en un organismo y nadie se había preocupado de ellas, hasta que algún estratega de la ciencia le acudía darle un nombre tan simpático y sonoro, hay en el mundo de relación internacional un algo que ha señalado rumbos a la humanidad, sin que expresamente se hayan de ello preocupado los que tienen la ambiciosa idea de fijar hechos y encerrarlos dentro de la estructuración de una teoría.
 Pero ahora le ha acudido a un cincelador de multitudes agarrar a este hecho substancial y eterno por el pescuezo, reducirlo a disciplina, encararlo con el análisis y bautizarlo. Y ha tenido una loca suerte ese problema al verse bautizado con un nombre sonoro y simpático, de aquellos que las mamás cursis buscan afanosamente en las hileras nominales de un almanaque seis meses antes de que dé el primer vagido el ser que llevan mimosamente en sus entrañas. Dígase lo que se quiera de ese loco de Adolfo Hitler, que tiene tantas cosas perfectas y tantas cosas absolutamente discutibles. Pero nadie va a negar que, al llamar a este problema sin nombre Espacio Vital, ha dado en el clavo. Desde luego es un nombre. Pero lo importante es que es nombre sonoro, sugestionante, de aquellos que hacen soñar, si son de personas, a las muchachadas y obligan a preocuparse de la cosa que representan.
 He ahí, pues, el problema: Espacio Vital.
 No sabemos que nadie, a estas horas, se haya preocupado científicamente de él. Decía Leibnitz –que era un gran cazador de cosas nuevas- que los nombres de las cosas captan a los cerebros para preocuparse de lo que ellos significan. A esto habrá que atribuir el que, en el pasado, no exista libro alguno sobre el Espacio Vital. Y, por lo mismo, hay que extrañar que, teniendo ya nombre ese problema desde hace más de un año, no haya quemado las cejas alguno de esos sabiazos de los países científicamente aristocráticos para presentarnos a ese misterioso personaje que, dueño de la humanidad desde milenios, se burlaba de las humanas pesquisas, careciendo aún de nombre.
 No sabemos exista un estudio serio sobre ello. Algunos analfabetos de ciertas agencias telegráficas han manoseado el nombre ahora, colocándolo en el lecho torturador de sus misivas insulsas. Nada más.