Espacio Vital 04-05
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l Parte: El Espacio Vital a través de la historia 4 El Espacio Vital en la Biblia 5 El Espacio Vital explica las antiguas emigraciones y la población del mundo La SI 09/03/40 p. 2-3

4 El Espacio Vital en la Biblia

            Nombre nuevo, cosa vieja. Tan vieja, que, al aparecer en el mundo dos hombres, el Espacio Vital se interponía entre ellos, ya en son de amigable paz, ya en son de lucha feroz.
            Cinco mil años atrás sucedía algo, en tierras hoy tan disputadas del Asia Menor, que vale la pena de ser recordado.
            En las márgenes más bajas del Tigris, en la hoy rehallada ciudad de Ur, vivía una caterva de viciosos, que se mataban para tener espacio donde vivir. Y Dios dijo a Abraham, uno de los uritas:
            - Coge tu casa y tus cosas, echa por donde te diré, sal de ésa tu tierra y párate donde voy a avisarte.
            Y toda la caravana abrahamita las enfila por los feraces márgenes del gran río, aguas arriba. Baja, luego, por las, orillas del Jordán, hasta dar con los arenales que embebían la corriente, antes de llegar al mar; y, comprando tierras donde pastar sus ganados, se establecía en las afueras.
            Iba con Abraham su sobrino Lot. El cual también tenía sus rebaños y sus pastores. “Y asimismo Lot, que andaba con Abraham, tenía ovejas y vacas y tiendas. Y la tierra no podía darles para que habitasen juntos. Porque su hacienda era mucha y no podían morar en un mismo lugar” (Génesis Xlll). Necesitaban ambos espacio vital. Y, en vez de romperse mutuamente las costillas y fregarse a duo, Abraham, que era bueno ... y listo, llama a su sobrino ganadero y le habla como gente:
            - ¿Está bien que mis hombres y los tuyos se maten a palo por querer todos el mismo pasto? Paz entre nosotros, que hermanos somos. Mita tú a los cuatro puntos cardinales y escoge tierras y rutas. Si tú te vas hacia oriente, yo me iré hacia poniente. Y continuará Dios entre nosotros”.
            Gente. Y esto que Abraham tenía su fuerza. Un día peleó con unos ángeles atrevidos que querían forzarle. Los dejó knock out. Y el ángel más magullado le dice, sabiendo perder: En adelante no te llamaré Abraham, sino Israel, que quiere decir: “Fuerza de Dios”, fuerza de gigante. Pues bien. Ese forzudo, que posee medios para ganar al primer round, no cree digno de sí apelar a la fuerza para tener espacio vital. Se humilla, incluso, a su sobrino el débil. Le deja escoger tierra. Y él se va por el otro lado. Gesto de hombre.
            Pasan años. Abraham engendra a Isaac. Isaac tiene dos mellizos renombrados. Esaú, el mayor, y Jacob, el simulador del famoso plato de lentejas. “Y Esaú (Génesis XXXVl) tomó sus mujeres, y sus hijos, y sus hijas, y todas las personas de su casa, y sus ganados, y toda su hacienda que había adquirido en la tierra de Canaán, y fuese a otra tierra de delante de Jacob su hermano. Porque la hacienda de ellos era mucha, y no podían habitar juntos, ni la tierra de su peregrinación los podía mantener, a causa de la multitud de sus ganados”.
            Jacob tiene doce hijos. Los bribones de los mayores venden al menor y éste, por su propio esfuerzo, de esclavo asciende a ministro del Faraón  egipcio. En tanto, vienen siete años de terrible sequía en todo el Oriente y las gentes carecen de comida. Egipto, por obra previsora de José, había acaudalado provisiones y materias primas. Pero, hombre además de egipcio, las ofrece a la humanidad: “Y hubo hambre en todos los países” (Génesis, XLl); más en toda la tierra de Egipto había pan. En lejanas tierras, la casa de Jacob, que  hambreaba, envía a sus hijos a comprar en Egipto lo vitalmente necesario.
            Egipto no se contenta con humanamente socorrer a los demás países. José llama a su padre. Lo quiere a su lado. Y le da a él y a sus hermanos el espacio que su vida necesita: “Tomad a vuestro padre y vuestras familias y venid a mí: que yo os daré de lo buen de la tierra de Egipto, y comeréis la grosura de esta tierra”. Así decía, José, el egipcio a sus enemigos, sus hermanos, cerrando los ojos a que ellos eran lo que lo habían envidiosamente vendido como esclavo ...
            Pero, a veces ... A veces hay quien mira con ojo torvo al vecino y lo quiere todo para sí. Y entonces fulgura la espada, en busca de espacio donde desarrollar la vida: “Y yo te he dado a ti una parte sobre sus