Espacio Vital 16-19
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l Parte: El Espacio Vital a través de la historia 16 La guerra de 1914-1918, hija del Espacio Vital 17 La Wall Street y el Espacio Vital enfermizo 18 El Japón invade Corea; Manchuria y China 19 Italia conquista la Etiopía La SI 09/03/40 p. 8-9

16 La guerra de 1914-1918, hija del Espacio Vital

            La guerra de 1914 no es más que una escena sangrienta del drama a base de Espacio Vital. Desde 1900 Alemania se echa sobre los mercados mundiales y disputa la presa a Gran Bretaña. Usa métodos más modernos, no sólo de producción, sino de comercio.
            Este hecho –pérdida de mercados ganados por otros- había influido mucho en la conquista y repartición del África.  Pero ello no basta. Se llega a situaciones tan peligrosas, como ésta: que en la sola zona de Manchester, Bradford y Liverpool quedan sin trabajo permanente y definitivamente cerca de 100 mil hilanderos. Y la competencia alemana crece mes a mes, que no año por año, cada día poniendo en mayor aprieto las exportaciones británicas.  Gran Bretaña sola surtía al mundo sus manufacturas. Con Alemania eran dos rivales. En paz era ésta inexpugnable. Vino la guerra, que consistía en esto: entre Alemania y Gran Bretaña sobra uno. En la imposibilidad de eliminar a un pueblo, lo aniquilaremos para la exportación.
            Y explotaba la guerra.
            Los que, para hallar sus causas, se vayan a viajar por Sarajevo, o se entretengan con causas ciertas pero chicas y accidentales, se equiparan a aquella mosca ridícula que creía firmemente que su peso influía sobre las fuerzas del elefante sobre el cual estaba posada. La causa era el Espacio Vital, bien entendido o mal entendido. Vivía Gran Bretaña de los mercados externos. Alemania quería participar igualmente en ellos. Esos mercados eran insuficientes para ambos. Ante ese Espacio Vital Mercantil, chocan dos derechos y dos pueblos. Y se rompen mutuamente la crisma.
            Los que dividen a los pueblos en guerra en vencedores y vencidos están en la equivocación más crasa. El fin de la guerra era eliminar a uno de los dos combatientes, no en los campos de batalla, sino en el terreno comercial de la paz. No lo lograban. No solo no lograban Gran Bretaña eliminar a Alemania ni viceversa, sino que entra, por obra de la misma guerra, un nuevo competidor: Estados Unidos. Así perdían los vencedores la guerra, quedando en peor estado que antes. La naturaleza es así: castiga a los tontos aumentando los mismos males que querían inmoralmente eliminar. O, como decían los clásicos, “por do más pecado había”.
            Quién dudara de que esa guerra era un puro acto del drama del Espacio Vital, no ha de hacer más que echar una ojeada al Tratado de Versalles. El vencedor (que se equivoca creyéndose vencedor) hace mil tonterías para cortar alas al vencido. Pero ¿a qué recordar esas cosas que, a pesar de llenar un volumen de 300 páginas –Tratado cruelmente único en detalles- están en la memoria de todos? Todo, en los centenares de artículos de este Dictado va derecho a anular a Alemania como potencia económica y comercial. Esto era inlograble (y ahí estriba la ignorancia suma de los hombres que lo redactaban), pero su intención era ésta y aún fueron suficientemente vacuos para creer que habían acertado. Se podría escribir un libro regocijado sobre la técnica y la sabiduría que se atribuyen los políticos, al hablar del conocimiento que tienen de la cosa pública. El Tratado de Versalles es un ejemplo casi humorístico de todo lo contrario.
            Los abusos bajaban a los detalles más ridículamente egoístas. Por ejemplo, el caso de Danzig y de Memel. Comarcas netamente alemanas, cuya mayoría exige ser parte de Alemania, los gobiernos campeones de la democracia pasan sobre este derecho de autodeterminación, por las ansias de un Espacio Vital enfermizo y falso. Quieren tener un pié en el Báltico, que les asegura el comercio con los países lindantes con aquel mar. Y se quedan simplemente con trozos de Alemania, poniendo al frente de esas dos comarcas hermanas a un británico, bajo la careta simuladora de la Sociedad de Naciones. Y quedan reducidas a vanas banderas de ocasión todas aquellas verbosidades sobre derechos de los pueblos y demás zarandajas con que nos molestaba una propaganda hecha expresamente para ingenuos.