Inglaterra 46 11
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Malaca vuelve a ser tomada a broma. Mac Donald llega a Malaca La SI 02/11/46  p. 3-4

 

Malaca vuelve a ser tomada a broma. Mac Donald llega a Malaca
La SI 02/11/46  p. 3-4

 La política individualista tiene también sus milagros: uno, éste: que cualquiera al afiliarse a ella, recibe una especie de baño del Espíritu Santo laico, por el cual entienden todo y sirven así para un fregado como para un barrido.
 Tengo ante mis ojos algunas listas maravillosas. Quien no las tuviera a la vista creería que uno inventa un cuento.
 Una de ellas, refiriéndose a un político inglés, afirma, en son de admiración, que ese señor ha servido los siguientes cargos, y seguramente que se dejan todavía en el tintero algunas gracias suyas: subsecretario de hacienda, director general de aviación, jefe segundo del padrón electoral, ministro de Colonias, rector de una Universidad, canciller de la Casa Real, asesor del ministerio de Agricultura... Se ha muerto demasiado pronto, porque la vida es breve. A vivir más, lo hubiéramos visto seguramente de Deán de Canterbury y ministro de fabricación de armas. Cuando nacen, ¡hay que aprovechar la ganga providencial!
 ¿A qué pasearnos sobre políticos de otras naciones, igualmente hábiles para todo, y especialmente para estropearlo todo?
 Pero hay en lista de políticos de Gran Bretaña dos hombres que acaparan todo el ridículo de esos asertos; que han pasado, en aras de su incapacidad, por todos los puestos habidos y por haber: Duff Cooper y Mac Donald, hijo.
 Duff Cooper es pariente y amigo de Churchill, y esto basta para que ese ilustre político lo flete a cualquier puesto, para que cobre sus acostumbrados mil pesos diarios. Conocer las aventuras de Duff Cooper y las travesuras que ha de hacer su integérrimo pariente  para enquistarlo en un puesto cualquiera rentado, es lo más cómico del mundo. Perdónesenos la gracia, en gracia a Mac Donald que es el que ahora nos preocupa, y porque de Duff Cooper nos ocupamos largamente durante la guerra, así como de la austeridad y democracia de su ilustre y pariente protector.
 Mac Donald, hijo, viene a ser, magüer que laborista, la niña querida de los conservadores. Su padre, el austero Mac Donald, jefe del laborismo, ex obrero, moría con algunos millones, una casa y un automóvil. Fue servidor devoto de los conservadores y por ellos protegido. Y no se sabe si, entre las cláusulas del contrato tácito, habría la de dar un alto empleo, de por vida, a su hijo. Pero es lo cierto que ese empleo, aunque variado, es invariable en dólares en manos del ex joven político laborista protegido –él también de los conservadores.
 Debe ser algo zonzo el tal Mac Donald, porque ha pasado por todos los cargos habidos y por haber, sin incrustarse en ninguno. Lo cual quiere decir que los interesados no lo querían en tal cargo, y que a él mismo no le debía venir de perlas, porque, salvo a fines de mes, época de cobro, estaba siempre nervioso en todas partes.
 Cuando muchacho era ya ministro –hijo de su padre, como en las monarquías- y nada menos que en varios ministerios. Lo debía hacer muy mal, porque lo cambiaban constantemente de puesto. Hasta que le acudía a Mr. Churchill –todavía gobernaba ese hombre amigo de sus amigos- lanzar al joven a ultramar, para que, si cobrase, al menos su nombre no le alterase más los nervios. Y lo lanzaba al Canadá, nada menos que como Gobernador y representante del rey.
 En Gran Bretaña cuidan mucho de que los empleos abunden, y los sueldos sean suculentos, para tapar la boca a todos los políticos, tanto gubernamentales como se oposición. Allá no existe la “rotativa de sueldos”, según el que triunfe en las elecciones. Porque todos son pagados, o con sueldo adjunto, o con un cargo cualquiera. Y no se paran en barras en cuanto a qué hacen y qué cosa representan los agraciados. A lo mejor, representa al rey algún imbécil paniaguado.
 Recuérdese, de ante guerra, la Malaca y Singapore. El ministerio de propaganda inglés pasó por el mundo tantas mentiras sobre “la inexpugnable plaza fuerte de Singapore”, que al fin nos creímos, si no todo, que algo debía haber por allá. La guerra lo descubrió todo. La “inexpugnable” plaza la tomaron cuatro japoneses en horas no más. Con el detalle de que, en horas de angustia para la población, la oficialidad estaba en un cabaret refocilándose, en compañía de otras tantas bailarinas javanesas.  Al fin de todo: Singapore, una farsa, para enviar