Inglaterra 46 12
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He ahí el sepulturero del Imperio británico La SI 21/12/46 p. 1-2

Churchill necróforo

            a) Cuentan por ahí unos cuentos que vamos a recontar otra vez a nuestros lectores.
            El cuento número 1. Una pelea violenta entre Mr. Chamberlain y Mr. Churchill, 1939.
            Eran los días primeros de la guerra. Churchill, que era entonces ministro de la Marina, organiza la famosa expedición a Noruega. Los alemanes baten a todas las fuerzas enviadas, triturándolas. Mr. Churchiil, organizador, no había organizado nada. Palabras, visitas, vientos al aire. Cuatro alemanes echan a la mar de Noruega a todos los expedicionarios, que eran tres veces más que los vencedores.
            Todo el ministerio temblaba de ira contra el fracasado organizador. Este se encrespa; y, como de costumbre, suelta dicterios y quiere arreglar su fracaso con discusiones y frases. Chamberlain se encara con él:
            - Usted hunde cuanto planea. Usted es un orador de mal agüero. Con su palabra se lleva al pueblo, pero al freír será el reír: usted, gobernante, hundirá al Imperio.
            El cuento número 2. Gibraltar. Mr. Cripps está de vuelta de la India, adonde le envió Mr. Churchill, para que fracasara. Llegado al fuerte gibraltareño, recibe un telegrama de su jefe, Churchill, para que pase a la isla de Malta en misión de recado urgente para el jefe militar. Mr. Cripps se niega a hacer el corto viaje. A la mañana siguiente, una razzia de aviadores italianos lo arrasa todo. Llega Mr. Cripps a Londres, y pronuncia un discurso muy sonado:
            - El jefe del gobierno quiere eliminar muchas cosas y personas. Pero lo que eliminará de veras, será el Imperio.
            Días después, Cripps era nombrado ministro, y colocado en lugar silencioso, con un candado de pingüe sueldo en la boca.
            Y va el tercer cuento. Lo cuenta Roosevelt, hijo, en su libro tan sonado, donde tanto se habla de las flaquezas y las monomanías churchilianas:
            Estaban los dos personajes (Roosevelt y Churchill) en una bahía de Terranova, desde la cual redactaron unos escribientes la famosa Carta del Atlántico. Y Mr. Roosevelt le dice al compadre primo:
            - Estados Unidos, y yo personalmente, intervinimos en la guerra para que Gran Bretaña suelte su Imperio. El Imperio británico debe desaparecer completamente.
            Mr. Churchill enhebra con tentaciones varias. Pesa sobre su conciencia la sentencia de “su amigo” Roosevelt:
            - El Imperio británico debe desaparecer a consecuencia de esta guerra. Estados Unidos lo exige.
Mr. Churchill se revuelve neurótico. A la mañana siguiente, pronuncia un discurso por radio:
            - Puede pasar cualquier cosa, pero una es segura: ¡yo no he nacido para enterrador del Imperio británico!...
            La gente creyó que Mr. Churchill hablaba para el pueblo. No. Continuaba hablando para Mr. Roosevelt, que lo había declarado “enterrador de un Imperio”.
            Pasan meses, no más. Nehru, jefe de la India, acaba de hablar en estos instantes, y sus palabras no son viento vano a la manera de los legisladores de facha latina:
            Dentro de tres o cuatro días, la India se declarará completamente independiente, y lo hará por sí sola y sin pedir a nadie permiso. La ley de independencia brotará la tutela inglesa, tan cruel y secular, y aún sacará a la India de la esfera del Imperio británico. Esa ley no pasará por el parlamento inglés, que nada tiene que hacer con nosotros. Nos vamos a declarar independientes, sin consultar a Inglaterra.
            El Imperio inglés ha muerto. El corazón de él era la India.
            Mr. Churchill, a donde quiera que vaya, lleva la muerte. Carácter negativo y odiador, todo lo deshace con sus dedos rechonchos. Ideó la hecatombe de Galipolis en la otra guerra, y en ella murieron los ingleses por miles. Ideó la hecatombe de Noruega. Ideó, luego la hecatombe de Grecia y Yugoslavia, y fue una nueva catástrofe. Ideó la guerra contra el parecer