1953 De Guillermo Garnham L. El Mercurio, Valparaíso
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Alcance a unos recuerdos Don Juan Bardina El Mercurio, Valparaíso, 16/07/53 por Guillermo Garnham López

 

            Roberto Zegers de la Fuente, mi amigo de casi una vida y que sabe alternar sus aficiones literarias con las jurídicas y judiciales, hace un alcance a mi modesta persona en una de sus sabrosas crónicas dominicales de este diario. Zegers es un cuidadoso de la tradición del puerto, sobre todo de lo que va corrido en poco más de un cuarto de siglo, que es lo que él mismo ha vivido intensamente a igual que los de su generación, entre los cuales pretendo mezclarme de buen o mal grado.

            El que esto escribe, efectivamente, tiene muchísimos antecedentes de la “Acción Integral”, movimiento fundado por un curioso grupo de inquietos e inquietadores, cual más, cual menos, animados de un irresistible afán de darle solución “integral” a los gravísimos problemas de “nuestro tiempo”, al decir de Ortega y Gasset, muy a la moda por aquellos días, problemas que luego que uno se adentra en la interpretación de este y aquel tiempo, son los mismos que se vienen arrastrando pesadamente desde hace un siglo y medio. La palabra “integral” es evidente que sabe a pretenciosa actitud, pero cuadraba perfectamente con quienes deseaban mirar el mundo con una comprensión totalizadora que nada quería de parches o artificios propios de los conceptos que combatíamos. Al frente de este grupo, batuta en mano, se encontraba ese ser extraordinario, de mente agudísima y creadora, modesto como sabio que era, limpio de alma, y, por lo mismo, de bolsillo: don Juan Bardina.
            Cuando llegó a Valparaíso el querido amigo, cuyo desaparecimiento de hace justos tres años, aún lo lamentamos con verdadero dolor, las ideas sociales ya habían comenzado a prender con ciertos aires de triunfo. Un cura de parroquia popular y pobrísima, el incansable Lorenzo Aguiar, hoy con investidura de Monseñor, había abierto una Casa del Pueblo, hormiguero de nadahabientes, que diría Bardina, y allí, en medio de tumultuosas y pintorescas sesiones,  se daba vida a una etapa inicial de lucha por los ideales de la democracia cristiana. En los alrededores, por iguales conquistas y pretensiones, anhelos y esperanzas, pero partiendo de fuentes filosóficas contrapuestas, se encontraban los salones de la célebre I.W.W. y de otras instituciones obreras, a las cuales llegaba Aguiar como Pedro por su casa y donde era respetado por todos, sin miedos a inciensos y sotanas, por un lado, ni a blasfemias ni revolucionarios pendones, por el otro. En el Barón vino enseguida a destacarse, de esta misma escuela social, otro cura de brillante personalidad, Gmo. Viviani Contreras, titulado doctor en ciencias humanas y divinas en la Universidad Gregoriana de Roma. De gran nombradía, este hombre infatigable y sudoroso realizaba con verdadera audacia para aquellos años una cruzada de difusión de las ideas contenidas en la famosa Encíclica Rerum Novarum y en los tratadistas fieles a León Xlll, llamado por los católicos el Papa de los obreros. Junto a estos notables varones, que “dele que suene” como dicen muchos, y dicen bien, había un grupo de jóvenes, entre los que sin pretender dejar a nadie en el tintero, puedo recordar fácilmente a Enrique Molina López, José María Pinedo, Enrique Rojo, Raúl Le Roy, Carlos Muñoz Montt, Diego Rojas Romaní, etc. etc.  Bajo la enseña augusta del humilde Maestro de Nazaret, todos ellos luchaban sin arribismos, leales ciento por ciento con ellos y con los que los rodeaban, ajenos a bastardos intereses y mezquindades, sin picardías ni cálculos de mercader.
            Las luchas de estos adelantados, que esa es la palabra, estaba en la práctica casi todo circunscrita a echar abajo el bastión del conservantismo, dirigido con respecto a sus bases, lo que no era un misterio para nadie, por una elite autoritaria que no comprendía la visionaria sentencia de Donoso Cortés: “El siglo XX será el siglo de las cuestiones obreras”. Es verdad que existían hombres preclaros que, católicos comulgantes, no le desconocían al Supremo Jerarca Romano el derecho de dictaminar en materias económicas y sociales, y valientemente fustigaban sin contemplaciones a los que, por ejemplo, desconocían aún los principios más elementales de la justicia social.  Es digno de recordarse en esta honrosa excepción, a don Elías Valdés Tagle, precursor del cooperativismo, y a don Juan Enrique Concha, pertenecientes ambos a familias de