Palestina Israel 35
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El genial coronel Lawrence. El Fantasma del Desierto muere en el aburrimiento de la inacción La SI 25/05/35 p. 2-7, 12
Documentación Declaración Balfour sobre los Judíos en Palestina La SI 13/07/35 p. 15
Maimónides reeditado La SI, 02/11/35 p. 6
La Declaración Balfour. Hecha por Lord Balfour (entonces Mr. Balfour) como Ministro de Relaciones Exteriores en 1917 La SI 02/11/35 p. 7
Los hebreos en la aristocracia y negocios británicos La SI 02/11/35 p. 7
¿El coronel Lawrence asesinado en Etiopía por una contraespía italiana?

El genial coronel Lawrence. El Fantasma del Desierto muere en el aburrimiento de la inacción La SI 25/05/35 p. 2-7, 12 (ver tb. La SI 14/12/35 p. 7, 13; La SI 25/09/37 p. 1 col. 5)

1. La bella leyenda
            Desde 1914 hasta hace dos años –es decir, durante un ciclo breve de 18 años- las leyendas del Oriente se han aumentado con una más. Con la leyenda del “Diablo Inglés”, que ha volado, en las de la fama, desde La Meca a Damasco y del Cairo a la tierra hindú. Los viejos, al calor de la noche estival y bajo las estrellas nítidas del cielo arábigo, cuentan a sus hijos y a sus nietos -y a los nietos de sus nietos- hermosas leyendas. Muchas de ellas tienen por centro a Mohamed, el profeta de Alah, y a sus descendientes que forman la familia escogida. Otras, cuentan bellas historias de mujeres, que en esa Arabia feliz son nada y lo son todo: eje plural del hogar y de las mil reyertas entre los jefes. Otras leyendas eternizan de tribu en tribu los valores bélicos de los hijos de Dios, cuyas cimitarras, ministros de divinas venganzas, llevan en su punta, siempre que se la moje en sangre de corazón enemigo, las delicias de un paraíso en que los suaves manjares y las todavía más suaves huríes constituyen el doble eje. Y los hijos del anciano y sus nietos –y los nietos de sus nietos: porque tierra fértil y precoz es el Oriente- escuchan al patriarca con ojos encandilados, saboreando en sus labios sensuales, saboreando en sus labios sensuales las delicias de esos heroísmos y anhelando añadir a la tradición una nueva gesta.

            Pero ahora, para esa nueva leyenda, no son los viejos de las tribus los que las cuentan. Porque no es leyenda de tradición, sino de nuestros mismos días, fértiles también en milagros, como en los días ardientes del Profeta. Ahora son las madres las que, sobre la alfombra acariciadora del harén, cuentan a sus pequeños el lindo cuento de un diablo inglés que, durante más de 15 años, ha merodeado invisible por tierras de Oriente, cayendo como rayo sobre los aduares, sobre los campamentos, sobre las ciudades, pasando a sangre y fuego por doquiera. Síguenlo mil árabes escogidos, que luchan y mueren por él. Revuénvelo todo hasta los cimientos. Pero tienen siempre un gesto de elegancia suprema: su brazo forzudo y sus guerreros se mantienen en alto, sin caer jamás, ante las mujeres y los niños. Y escuchan sus lamentos, y enjuga sus lágrimas, y ampara su viudez, y se coloca como muralla infranqueable entre mujeres y niños y cuantos intenten contra ellos atropellos...
            Y los pequeños sonríen ante ese gesto de elegancia; y en la noche siguiente sueñan un sueño rosado: que el diablo inglés ha caído sobre su aduar pasando a cuchillo al refunfuñón de su padre y repartiéndoles a ellos, a los hijos de las huríes caucásicas, cajitas de oro repletas de dulcedumbres.
            Y la leyenda corre de boca en boca, nutriéndose de nuevos detalles como todas las leyendas. Y, los siglos andando, mientras Arabia sea, algún poeta del desierto aumentará con un Salmo de cuarenta surahs el acervo heroico de las leyendas nacionales con un romance extraordinario sobre la vida y las gestas del diablo rubio que desde lejos cayó, por querer de Alah, sobre el pueblo del Señor.

2. Mr. Lawrence, arqueólogo
            Hacia 1910 –de ello no hace más que veinticinco años-  salía de las aulas eruditas de Oxford un joven diplomado en arqueología. Era rubio, pequeño, de ojos soñadores. Había pasado en la famosa Universidad británica, que tantas personalidades ha formado a través de la historia, los tradicionales seis o siete años  de su carrera de estudios. Era aplicado, sencillo, pero de carácter retraído y de voluntad enérgica e indomable, contrastando con la debilidad de su cuerpo.

            Había seguido arqueología, nadie sabe por qué razón. Pero todos notaban una rara cosa: que, mientras sus condiscípulos en estudio de cosas pretéritas empleaban toda su atención en esas cosas, él, el pequeño joven rubio, entornaba los ojos sobre una antigüedad, como dejando volar a placer la imaginación sobre el campo infinito de las posibilidades.