Palestina Israel 37
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El problema Palestiniano Los hijos de Sem ante los hijos de Cafeth (1) La SI 25/09/37 p. 1-3
El problema Palestiniano Los hijos de Sem ante los hijos de Cafeth (2) La SI 02/10/37 p. 1-2
El problema Palestiniano Los hijos de Sem ante los hijos de Cafeth (3) La SI 09/10/37 p. 1-2
El problema Palestiniano Los hijos de Sem ante los hijos de Cafeth (4) La SI 16/10/37 p. 7-10

1. Valor significativo
            Se ha plateado en la Sociedad de Naciones, en estos instantes, un problema de profundo significado. El que se refiere al reparto de Palestina. Una reproducción profana –“si humana licet divinis inmiscere”- de aquel “se repartieron  Mis vestidos y sobre Mi túnica echaron suertes” de la Escritura. El Ministro de Colonias de Gran Bretaña, Mr. Orsnby-Gore, ha colocado sobre la mesa de Ginebra un volumen en 446 páginas, acompañado de sendos mapas. En él se propone las descuartización de Palestina, en partes, entregando partes de los restos a tres amos distintos: Transjordania, el Consejo Nacional Judío y Gran Bretaña.

            El pleito es largo, ancho y profundo. Tiene, todavía, la cuarta dimensión de la Relatividad. Su explicación es fácil, pero larga. Porque hay cosas muy sencillas, y a la vez muy largas y pesadas, como el andar a pie cien kilómetros. Se necesita, por lo mismo, un determinado desarrollo para hacerse cargo.
            Es, además, un problema-tipo. Es ejemplar y espécimen de lo que en estos instantes podríamos tomar como característica de la política internacional y de las tónicas seguidas por las cancillerías y por ese apéndice de cuatro cancillerías, con obediencia ciega, que es la Sociedad de Naciones.
            Tiene, por lo mismo, el problema un doble carácter. Particular: el pleito aparente entre árabes y judíos en la Tierra Prometida. General: las maneras típicas de la actual falaciosa y degenerada diplomacia. De ahí deriva su doble importancia.

2. Palestina a través de los siglos
            Ha pasado esta faja del Cercano Oriente por diversos cambios que son patrimonio de la Historia elemental. Poblada inmemorialmente por tribus cananeas, llegaba a orillas del Jordán, como dos mil años antes de Cristo, el padre Abraham, procedente de las llanuras fluviales del golfo pérsico. Allí, a orillas del Mar Muerto –sobre cuyo origen la tradición bíblica explica la trágica historia de las cinco ciudades pecadoras- clavaba sus tiendas el patriarca. Y allí surgían dos razas, que, como los mellizos bíblicos, habían de pelear desde su aparición misma: los árabes, hijos de Ismael, hijo de Abraham y la egipcia Agar, y los hebreos, hijos de Jacob, nieto de Abraham y de su mujer Sara

a) Desde Egipto, en cuyo delta se habían desarrollado como las estrellas del cielo, las doce tribus de Israel retornaron a las tiendas paternas, comandadas por Moisés, como 1.500 años antes de Cristo. Conquistáronla a los cananeos, durante luchas que duraron siglos. Y el Pueblo Hebreo se convertía en Estado, primero bajo la forma republicana federal, luego (unos mil años antes de Cristo) bajo la forma monárquica. Saúl, David y Salomón reinaron más de un siglo, cimentando la gloria de este pueblo. Y a la muerte de este último rey se partía la raza en dos Estados: el de Israel, en el norte del país, comprendiendo la mayor parte de las tribus, y el de Judá, en los alrededores de Jerusalén, que incluía en sus límites, además, la ciudad de Belén.
            Seiscientos años antes de Cristo, caían unos y otros, israelitas y judíos, bajo el Imperio mesopotámico. En las orillas del Eufrates, tristes prisioneros, pasaron setenta años de cautiverio. Concluía este con la conquista de Babilonia por Ciro, el gran rey persa. Vueltos a la tierra nativa, allí erigieron un reino nominal, siempre bajo la soberanía extranjera: primero, de los persas; luego, de los reyezuelos helénicos del Asia Menor; finalmente, del Imperio Romano.
            Mientas Palestina vivía sujeta a Roma, nacía en Belén el Salvador, comenzando la era cristiana de contar los años.
            Revolucionados los judíos a fines del siglo l, los ejércitos romanos los dispersaron por el mundo, destruyendo Jerusalén. Y el pueblo de Israel, convertido en Judío Errante, se fue infiltrando durante un osmosis de veinte siglos, en los tejidos de todos los pueblos civilizados. De cómo esos