Palestina Israel 47 12
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El crimen de la descuartización palestina La SI 27/12/47 p. 1-5

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            En la bella comedia del vivir cuotidiano se intercalan algunos dramas apasionantes, que cortan la apacibilidad de las cosas, levantando olas humanas. Y aún, tiñendo los dramas de orlas de sangre y de miseria, aparecen a veces tragedias, que salpican con la sal y la sangre de los hombres los acontecimientos banales de la vida diaria. Es lo que acontece ahora en Palestina, epicentro de donde parten olas de guerra, chispas de exterminio y ráfagas demostrativas de la inhumanidad esencial de los numerosos dirigentes de esa vil realidad que es el mundo en estos momentos.
            Corre la sangre en aquella lejana tierra. El hombre se arma contra el hombre y lo asalta cuchillo en mano, fusil al hombro, ametralladora al acecho. Se apartidan los de ambos lados       -los hijos de la tierra y los asaltantes- para acabar con los enemigos. Los heridos exhalan sus quejas de dolor y los muertos han muerto con el rictus del desespero. Y en aquellas latitudes donde Caín saltó como fiera y con engaño sobre Abel y donde por siglos ejercieron los hombres la piratería humana, esgrimiendo el hermano las armas contra el hermano, hay se continúa manchados el suelo y la conciencia con crímenes espectaculares, que hacen vibrar los corazones sensibles y las conciencias normales.
            El crimen ha sido consumado y la segmentación impuesta. Se ha herido un miembro de una raza fuerte, los otrora deicidas no satisfechos todavía de la gran tragedia. Los disparos ritman la vida de aquel rincón del mundo y las víctimas caen como moscas al tableteo de las ametralladoras. El río de sangre aumenta cada día su caudal. Y las cosas más inverosímiles acontecen en estos días de agresión y de fuerza.

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            ¿A quién hay que cargar el conflicto? A los hipócritas que agitan todos los vientos en nombre de la pacificación.
            Los que dicen trabajar para que las guerras cesen y los hombres acaben por serlo de verdad, ellos insuflan los sucesos para generar guerras. Los que predican amor a los hombres entre sí, ellos agitan los vientos de los odios generadores de tempestades. Los que cometen todos los desafueros para administrar “justicia”, acaban de cometer ahora este desafuero. Los que pasan sus horas en secretas reuniones, que oídos normales no podrían oír, acaban de decidir una nueva etapa de guerra. Y los que anuncian que si viajan  y charlan y malgastan dinero ajeno es para resolver conflictos y solucionen problemas, acaban de crear un nuevo problema.
            Las palabras son armoniosas y dulces, pero los frutos de los que las pronuncian son amargos. Nunca ha sido la palabrería más grosera y vana ante las mentiras que día a día echan a rodar con usual desenfado. Nunca había sido más artera y mentirosa la retóricavacía de esos hombres para engatuzar a los hombres. Nunca se había soplado más aires de humanismo y de paz.
            Pero hemos sido demasiado engañados para permanecer atentos a esas palabras engañosas. “Verba volant”, escribía ya dos mil años ha un poeta de buen sentido. Y si siempre los hombres han de estar por los hechos y no por las palabras, nunca como ahora hemos de atenernos al consejo, hartos ya de embustera palabrería, en cuya danza de palabras están bailando aún los hombres que parecían más sesudos.
            Los que se apellidan a sí mismos “grandes” acaban de hacer otra grande: cuchillear una nación viva y trocear un país. Han andado una etapa más en su trayectoria nefasta e imperialista: desgobernar el mundo y echárselas de amos. La sentencia ha sido ya dictada y el desafuero consumado. Hay buenas gentes –pocas gentes- que apacientan sus ensueños en las alturas. Pero también hay gentes –muchas gentes- que ensucian sus decisiones en los fangos.