Palestina Israel 48 06
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Palestina Israel 48 06
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Conquista de Jerusalén. Cayó Sión La SI 05/06/48 p. 1-2
Alrededor de la guerra árabe de defensa racial La SI 05/06/48 p. 6
Al borde de la tregua de cuatro semanas La S1 12/06/48 p. 3
Alrededor de la guerra árabe de defensa racial La SI 12/06/48 p. 4
Alrededor de la guerra árabe de defensa racial La SI 19/06/48 p. 4
Alrededor de la guerra árabe de defensa racial La SI 26/06/48 p. 4

Conquista de Jerusalén. Cayó Sión
La SI 05/06/48 p. 1-2

 a) Desde que los ingleses entraban en Palestina (1919) dispuestos a no salir más (su sistema) han cometido cada hora un nuevo disparate. Uno de los mayores, mirando las conveniencias de su imperialismo, dividir la Palestina en dos países, separando las tierras transjordánicas de las cisjordánicas. Y de una tierra más o menso uniforme y nacionalizada, engendrar dos, divididas por el Jordán, que más es señal de unión que de separación.
 El Jordán es una fosa. Arroja sus aguas mansas al Mar Muerto, que tiene un nivel de 600 metros más bajo  que el nivel del próximo Mediterráneo. El Jordán, corriente de agua muy recta, corre por un foso; una depresión del terreno que, en días alejados de la historia, parece que formaba un ancho lago, que corría por una hendidura del terreno, muy profunda. Siendo una profunda hendidura, todas las aguas de la región van a parar a su cauce, y por fin al Mar Muerto. Siempre entrando agua y nunca llenándose su vientre pequeño, se sospecha que habrá en su interior algún escape, por el cual continuamente se escurrirán las aguas entrantes. Al norte de ese mar, unos kilómetros separados de él, se levanta el monte Sión, que es la verdadera Jerusalén .
 Volvamos para atrás. Quien mira el mapa de esa tierra, no ve ni la más mínima sospecha de que podía haberse separado ese país y convertirlo en dos. Y entre ellos, en vez de una ribera alta y separadora, o un rosario de montañas, la baja llanura del Jordán, formando una quebrada monstruosa. Al fondo de ella, las aguas jordánicas. A ambos lados de esa corriente, dos naciones distintas, sin razón alguna que las justifique: ni geográfica, ni histórica, ni étnica.
 A la izquierda, lo que hoy llaman Palestina, porque así lo han decidido los ingleses. No se de mucho peso la razón, pero ella es así. Un analfabeto que hubiera querido dividir tierras y duplicar los Estados, lo habría hecho con mayor soltura, con más apariencias de razones geográficas, con menos ignorancia. A los ingleses les basta una razón: ellos lo quisieron así. Y basta.
 Así, a un lado, la vieja Palestina, del tiempo de los cananeos, y la moderna del tiempo de los judíos, partida en dos. En la otra parte del Jordán, la Transjordania, con infintas tiendas trashumantes y solo cuatro aldeas. Total, 600.000 habitantes. En una de esas aldeas, a la cual llega el ferrocarril una vez a la semana, el trono del rey Abdullah. Es un hombre gordo, con cara de pocos amigos, rodeado de ingleses, al cual tienen destinado los británicos para rey de Palestina y Siria. Todo el país es tierra de tránsito, aunque de pocos caminos. Algunas ondulaciones de cerros y mucha arena gruesa. Los cananeos la habían abandonado por estéril, y los judíos tenían allí una de sus tribus más belicosas, que continuamente se estaba batiendo con los hijos de Moab. Las fronteras de ese país son líneas ideales, tiradas sobre el mapa. Sobre el terreno no hay línea alguna.
 En el otro lado del Jordán, pasando ante Jericó, por el puente Allenby, la hoy llamada Palestina, porque así le ha placido a algún inglés, que debía confundir la Geografía con la Culinaria. Al lado del río, todo bajo y caliente. Jericó, en medio. Fértil campiña, como baja que es, y muy productiva.
 Unos kilómetros más al sud y al oeste, se alza en medio de la llanura –de la fosa- un monte rodeado de pequeñas estribaciones, término medio de 50 metros cada una: es la montaña de Sión. Los judíos, amparados de la tierra baja, tuvieron 500 años para conquistar ese monte. Los cananeos lo tenían firme en sus manos. Al fin, después de intentonas de unos 30 años más, la fortaleza jebusea de Sión  caía en manos de los judíos, y allí establecía Salomón su palacio., cabe al templo famoso.
 Jerusalén devino capital del efímero reinado de los hebreos. Poco duró su boato, tanto como los triunfos de David y de su hijo. Los judíos llevan en sus adentros, la angustia de los enredos, porque llevan clavadas en sus carnes la sed de materiales triunfos. Y, desde entonces, la historia de la tierra cananea da vueltas alrededor de Sión, siendo Jerusalén cabeza de la región, como parece que ya lo era en los días de Jebús.
 No es de extrañar que ahora también sea esta ciudad eje de los actuales movimientos.