Religión 39 02
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Religión 39 02
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Ha muerto el Papa Pío Xl  La SI  18/02/39 p. 3-4
Normas de Pío Xl sobre la cuestión social  La SI 18/02/39 p. 5

            Cuando menos se esperaba, pues su resistencia era comprobada, nos ha llegado la noticia de la muerte del Sumo Pontífice.
            Elevado a la silla pontifical a una edad ya avanzada, ha sido un milagro, explicado tal vez por la vida que llevaba el Papa, esa longevidad lograda en medio de las más dolorosas circunstancias en que haya podido encontrarse un pontífice.
            El Papa tenía dos cualidades que ayudan a esta prolongación de la existencia; era, desde joven, un ardiente excursionista, amando el andar a pie horas enteras como el supremo gusto. Llevaba una vida estomacal verdaderamente ascética, lo cual quiere decir perfectamente higiénica.
            El excursionismo, que es siempre y en todas ocasiones fuente de gratas emociones, adquiere en la Italia norteña de donde procedía Aquiles Ratti caracteres de honda emoción. Los Alpes, empinados y agrestes; los lagos alpinos, que semejan ojos azules de gigantes en reposo; las nieves eternas, que alimentan tantas venas de agua fertilizadora; la poesía de los valles milaneses, donde el pastor toca todavía el caramillo como en los días glaucos de la Arcadia; todo convida a la amplitud de la mirada, a la reflexión elevada, a la comprensión total de las cosas.
            La vida estomacal del Papa era extremadamente sencilla. Entraba la mañana en la biblioteca particular de los papas. Sobre una mesa sencilla trabajaba. Y en ella misma, desdoblando una servilleta, Pío Xl, pontífice máximo, tomaba sus anacoréticas comidas. Y sabido es cómo los higienistas modernos relacionan la vida breve con los estómagos gurmánticos.
            Si quisiéramos definir, en líneas esenciales, las normas pontificales de Pío Xl, diríamos que fueron tres: la escasa consideración que tenía a los prejuicios; el empeño por la ecumenidad de la Iglesia y la preocupación por la deserción de las masas blancas de la fe religiosa.

            a) Toda la vida pontifical de Pío Xl se distingue por el rechazo de los prejuicios, aunque llevasen el sello de una especie de consagración cuasi dogmática. Recuérdese la codificación modernizada del Derecho Canónico, la expurgación de un Santoral que merecía serias observaciones sobre la autenticidad de varios “santos”, etc. Pero, por encima de todo, la paz material con Italia, ya que la paz moral quedaba sombreada por la condenación que del ideal integral de Mussolini ha hecho el Pontífice en varias ocasiones.
            La necesidad del rescate de los Estados Pontificios había sido, desde los días heterodoxos de Garibaldi y la dinastía de Saboya, una especie de dogma. Se apasionaban las gentes. Se escribieron millares de libros. Y siempre, cuando la voz procedía de Roma, un “non possumus” redondo terminaba la cuestión, o, para mejor hablar, la dejaba pendiente.
            Aquí había un conflicto que muchos católicos actuales -en otros asuntos semejantes- no saben comprender. La necesidad absoluta de que lo religioso se afirme sobre datos de naturaleza, confirmándolos y sublimándolos. He ahí el caso español, que el mismo cardenal Gomá ha dejado de entender y que una revista religiosa chilena tampoco ha comprendido, cayendo en una especie de herejía pietista: no hay base firme para lo religioso, si no tiene apoyo firme en lo natural, también obra de Dios. De ahí que los cánones exijan, por ejemplo, el sermonear en “lingua vernácula” y que la organización eclesiástica no pueda tener base firme sobre la negación de las naciones. El caso vasco es de una elocuencia nítida.
El “non possumus” pontifical, tomado en absoluto, se oponía a un derecho natural de Italia: el de toda nación a su unidad estatal. No se trata de voluntarios acuerdos humanos. Se trata de algo tan natural como el que un altar deba -deba, sin distingos- apoyarse sobre tierra firme. Porque así es la ley de naturaleza, que no puede alterar, dentro de la vida normal, la vida religiosa.
Pío Xl distinguía inmediatamente. Reconoce el derecho -el deber- de Italia a su unidad nacional, traducida en unidad estatal. Reconoce, no el derecho de la Iglesia a recuperar el poder