Religión 39 03 a 08
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Religión 39 03 a 08
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El cónclave cardenalicio  La SI 04/03/39 p. 7-8
Un nuevo Papa Pío Xll  La SI 11/03/39 p. 2-6
El problema del campo y la Iglesia La SI 08/04/39 p. 4
Cartas inquietas La SI 24/06/39 p. 6
Cartas inquietas La SI 05/08/39 p. 17
Rarezas…superficiales  La SI 05/08/39 p. 17
Cartas Inquietas La SI 12/08/39

            Hemos leído atentamente periódicos que pasan como intelectuales del lado irreligioso; los hay verdaderamente serios (sic), que actúan dentro de base científica -y hemos notado en ellos una cierta inquietud, que se repite a cada elección papal- acerca de los Colegios Cardenalicios y de la manera de elegir Pontífice que ha puesto en uso la Iglesia Romana.
            Queremos plantear este problema con el mayor margen de objetividad, sin salirnos de los hechos ni de la zona estrictamente científica.

 

            En los primeros días de la Iglesia -esos días representan siglos- los Papas eran elegidos por sufragio universal por el pueblo mismo. Moría un pontífice. Y los fieles elegían a uno de ellos -a veces no era siquiera sacerdote- y quedaba “ipso facto”, es decir, por esta misma virtud, elegido jefe supremo de la Iglesia.

            Andando los siglos, creciendo la extensión del cristianismo y mezclándose en el acto electoral pequeñeces que aún en las elecciones puramente civiles dañan, se circunscribía el derecho de elegir al Colegio Cardenalicio, el cual, formado por diversos elementos, tendencias y lenguas,  representaba mejor que la mayoría popular de una sola ciudad la voluntad general de la Iglesia.
            Notemos esta razón, que lo es de verdad. Parece que una elección por plebiscito sería más fervorosamente democrática. Si se tiene en cuenta que se trata de centenares de pueblos y millares de ciudades, y que muy pocos fuera de los habitantes del Lacio, podrían asistir al acto, se comprende que la democracia no aparecía entonces por parte alguna, quedando la elección en manos de los habitantes de Roma.
            De este modo, el sacar del pueblo (en realidad, del pueblo romano) la elección, y otorgar ese derecho a los Cardenales, procedentes de todos lados, se ganaba en democracia, aún siendo mayoría (que pueden no serlo) los Cardenales italianos.
            Más, aquí comienza el misterio, o, si se quiere, la escasa cultura mental de muchos.
            Por un lado, ven que la Iglesia afirma y obliga a creer que los Pontífices representan a Dios y tienen el don de infalibilidad en las contadas cuestiones de dogma y moral. Por otra lado, ven que es el voto mayoritario de los Cardenales, (ayer, del pueblo) el instrumento que designa qué persona debe ocupar el solio pontificio. Y la aparente contradicción aparece: ¿cómo puede ser que sea representante de Arriba y goce de tan inusuales facultades el que ha sido elegido  por libre votación de hombres falibles?
            Es aquí donde fallan, a la vez, los místicos desnaturalizados (por el estilo del buen sacerdote que afirmaba poco ha que lo sobrenatural puede en lo común cimentarse “contra naturam”) y los que no entienden que una función tan elevada y noble exclusivamente religiosa ha querido la Iglesia encomendarla al voto humano, falible y presto a error.
            Y la realidad es ésta: que aún en el nombramiento de Pontífice y Vicario de Dios, se ha querido que fuese la voluntad de una mayoría la que determinase quien debía ejercer tal noble función. En otras palabras: que una virtud única como la de la infalibilidad dogmática es el sufragio de hombres libres lo que designa la persona que debe poseerla. O, como diría, el de Aquino, lo que naturalmente puede obtenerse, aun por camino pedregoso y doloroso, no nos viene por vía extranaturales vecinas a la milagrería.
            Quien tenga cabeza abierta, puede darse un salto y plantarse en la teoría tomista sobre el poder civil, en la cual tan bien pueden enlazarse cosas que a tantos -a tantos que no han estudiado- parecen absurdas. Por ejemplo, la compatibilidad absoluta de la democracia mayoritaria más radical con el “omnis potestas a Deo est”, que tan idiotamente interpretaban elocuentes oradores como Bossuet y que nada tiene de cesarismo. Porque una cosa es la autoridad, que viene de misteriosas fuentes, y el que la ejerce, que sin cortapisas, designa la voluntad mayoritaria, sin excluir siquiera los analfabetos.
            Así, dentro de unos días, surgirá un desconocido que comenzará una carta así: “Yo, Fulano de