Religión 39 09
Índice del Artículo
Religión 39 09
Página 2
Página 3
Página 4
Página 5
Página 6
Rarezas…superficiales La SI 02/09/39 p. 7
El pueblo vasco como posible ejemplar de civilización cristiana La SI  16/09/39 p. 9-10
Rarezas…superficiales
La SI 02/09/39 p. 7


    En Santiago de Chile ha tenido lugar recientemente un intento de desafío. El duetto estaba formado por un católico y un ateo.
    El católico es el que desafió, tratando por todos los medios que el otro aceptara. (La Iglesia ha condenado con excomunión mayor al que provoque o acepte desafío)
    El ateo no ha aceptado el desafío, como cosa absolutamente absurda y propia de supersticiosos.
    Rarezas, pero no de médula. Cosas lógica de médula. Porque hay católicos que cuanto más alardean de cristianos más pisotean los ideales y mandamientos cristianos.


El pueblo vasco como posible ejemplar de civilización cristiana
La SI  16/09/39 p. 9-10

                            l
    En todos los tiempos los apóstoles religiosos han acentuado la necesidad de que las verdades religiosas informaran la vida integral del individuo y de los pueblos.
    Y en esta característica radicaba una de las diferencias substanciales entre la nueva religión, cuando se alzaba como una mañana en la grisedad del mundo antiguo, y aquellas religiones que habían informado la vida de los pueblos ante-cristianos.
    No es aquellos pueblos que precedieron  a Cristo fuesen irreligiosos. Todo lo contrario. Eran religiosos hasta la médula de los huesos, metiendo religión hasta en la sopa, como vulgarmente se dice. Los hindúes cimentaban en su teología la misma salvajería de las castas inferiores. Los egipcios adoraban a una infinidad de dioses. Los iranios revestían de faz religiosa toda su vida. Los griegos tenían un dios para cada tontería y un rito para cada acto. Los romanos tenían sus divinidades, para vicios y virtudes, para la guerra y la paz. Eran pueblos en que la religión intervenía en todo, en manos de políticos sagaces, de sacerdotes inescrupulosos, de potentados farisaicos.
    Pero la religión aquella tenía una característica doble: no vivificaba una vida sana y pura. Era todo ella, por lo mismo, rito.
    Entre los mismos judíos, entre los cuales la religión era ya algo esencialmente distinto, el rito y la purpurina abundaban más de lo necesario. Y es una lástima que palabras del Salvador que tiran a condenar esto, sean celosamente ocultadas aun en nuestros días, quien sabe con qué fin. Me refiero a uno de los más fundamentales pasajes evangélicos, cuyo comentario he oído, en los últimos años, en púlpitos de tres países distintos, y en ninguno de ellos el cariz substancial del Evangelio fue siquiera señalado:
    - Una vez érase un infeliz que era asaltado en pleno viaje, dejándolo los bandidos despojado, y medio muerto, en medio del camino. Pasa un alto sacerdote, lo mira y camina adelante. Pasa un levita, lo mira, y camina adelante encomendándolo a Dios, y, tal vez, quejándose de la inseguridad de las gentes de bien. Pasa un ateo –los de Samaria eran, unos herejes, otros ateos,- desciende de su caballo, monta al desvalijado, lo lleva a la hostería más cercana, lo cura con sus propias manos, paga todos los gastos hasta que esté curado... Y pregunta el Señor ¿cuál creéis que fue el que cumplió con la ley y el grato a Dios? No, los que pasaron de largo, a pesar de su ritualismo. Sí, el samaritano incrédulo...
    Los tiempos han de ser ahora muy malos para que no emane de esta clara parábola evangélica el único comentario que de ella se deriva; y, en vez de él, se inventen y se claven con alfileres otros comentarios absurdos sobre el deber de la caridad.
    Pero lo que nos interesa era mostrar cómo aún entre los judíos el ritualismo y la religión de epidermis era muy usual, y contra ella tiraba el Señor en una parábola tan sangrante como ésta.
    Al nacer el Cristianismo, su característica capital, la que lo diferenciaba de las empalagosas religiones ritualistas antiguas, era ésta: la fe y el rito son necesarios, pero son cero y nada, ante la vida