Religión 47
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Religión 47
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El mundo nuevo. Y resucitó de entre los muertos La SI 05/04/47 p. 1-2
La Religión en Rusia  La SI 17/05/47 p. 7
La Iglesia y la Cuestión Social (1) Ángel A. Pace   La SI 30/08/47 p. 12
La Iglesia y la Cuestión Social (2) Ángel A. Pace   La SI 07/09/47 p. 12

 

El mundo nuevo. Y resucitó de entre los muertos
La SI 05/04/47 p. 1-2

 Los tres años de Vida Pública, que el Cristo vivió entre las turbas, aureolado de milagros, ofrecen temas de estudio nunca agotados. Son 36 meses reventantes de problemas eternos, de enseñanzas profundas, de episodios para sacar una laya de gobernación del mundo, que daría una norma segura para el acierto de los que tanto desaciertan: los gobernantes. 
 Pero hay tres problemas que hacen meditar, porque están fuera de la lógica humana y del razonamiento de los hombres: la clase de hombres sobre los cuales fundaba el Cristianismo; la facilidad con que se da vuelta el pueblo; y la resurrección de lo que, según los cálculos humanos, había sido enterrado para siempre.
 
 a) Los cálculos de los hombres están basados –y nadie ha contradicho la esencial conveniencia de ellos- sobre la sabiduría de los que sirven de cimiento y de fermento, a una entidad a establecerse.
 ¿Qué dirían de una Papelera que va a fundarse, si los hombres ejes de ella fuesen un pelotón de ignorantes, que no saben qué cosa es el papel, y desconocen completamente aquello que van a hacer funcionar? ¿Qué dirían de una Universidad que escogiese para su funcionamiento inicial a una docena de analfabetos?
 Cuando menos se diría que están locos los que intentan tal empresa; y que tienen el piso alto vacío de cerebro los que pretenden hacer algo que sea de provecho con tales elementos.
 Hace 1947 años que lleva de vida la Institución Cristiana. Han caído, durante ese tiempo,  imperios fundamentados sobre la fuerza, reinos que cimentaron su fortaleza sobre ríos de sangre y cabezas elucubradoras notables. ¿Dónde está la Universidad de Alcalá, el poderío de Al Mansur y de Carlomagno, la imperial fuerza de Roma, las teorías sobre que querían cimentar el mundo Moro, canciller de Inglaterra, y Platón el soñador, y Campanella, el creador de la Ciudad del Sol? ¿Por qué no se cita una institución entre las mil y una que han fundado cerebros poderosos a través de los dos mil años después que se irguieron sobre el Gólgota una Cruz y un Ajusticiado?
 Se fundamenta el Cristianismo sobre la ignorancia de pobres pescadores. Este es Pedro, y sobre esta piedra de insolvencia potencial se funda la institución más admirable que haya resistido los siglos. Ese es Juan, y sobre su cordial amor se cimientan millares y millares de vírgenes que, corriente arriba, fuerzan a la naturaleza con denuedo. Ese es Jacobo, y sobre su valentía de mundonauta se cifran millones de toneladas de sangre de tantos mártires. Ese es un pobre pescador de un lago chiquito, y sobre su “ciencia”, y la de tantos otros iletrados, se fundamentan San Agustín, y San Crisóstomo y Tomás de Aquino, y León X111.
 Es el milagro del Cristianismo, que se cimienta sobre pobres en todo: en oro, en sabiduría, en fuerza; pero no en todo, he dicho mal: porque están ricos de corazón, de sacrificio, de actividades, de espíritu de Dios.
 Los ahora extrañan cosas del momento, y nos hablan de la carencia de política del pobre trabajador ¡cuidado! Solo han de recordar que de menos hizo Dios lo más grande de la tierra. Sobre unos pastorcillos fundamentó el milagro de Belén. Sobre pescadores fundamentó el Apostolado. Y todavía el que entre doce era más listo y tenía la cartera, lo vemos colgado de un árbol en medio mismo de la tragedia.

 b) Y el pueblo ¿no aparece tornadizo, y versátil, y cobarde? ¿No dice esto que la democracia debe entenderse, y no hablarse de ella a tontas y a locas?
  Domingo de Ramos. Bello título. El Maestro va a caminar hacia la urbe que debe representar su ocaso. Ha deambulado tres años  por campos y campiñas, por lagos y ríos, por desiertos y montes frondosos. Quiere que el ocaso sea suceso en una ciudad, que contenía, ya entonces,  toda la mugre del país, comenzando por mugre de arriba, los gobernantes que iban a su negocio. Y el Maestro se encamina hacia Jerusalén, para probar en ella el acíbar y las amargas cosas de la tragedia que se avecina como un mal sueño.
 El pueblo recuerda todavía –el pueblo tiene corazón, y también estómago agradecido- los panes y los peces de la vida milagrera. Sabe que hay ciegos que ven, y tullidos que caminan. Recuerda que pasean por la ciudad los que estaban ya en la gusanera de la tumba. Conoce a Magdalenas que han trocado sus lechos floridos por cilicios, y que va a llegar a Jerusalén. El que perdona a los que han amado mucho. Y quiere ese pueblo honrar al Rabí, y colmarlo de elogios y de ¡vivas!
 Más, he aquí que se acerca el Hombre, caballero sobre la humildad de una paciente borrica. Corren las gentes, claman los pebetas, enronquecen los favorecidos, descubren sus bustos hinchados las mujeres, tendiendo sobre el suelo una doble alfombra de pañuelos y de corazones:
 ¡Hosanna! El Hijo del Carpintero. El vencedor de la Muerte y de las humanas miserias. ¡Hosanna!
 Y tanto conmueven al Maestro los gritos de esa plebe, que derraman sus ojos lágrimas de sangre sobre la suerte de esa Jerusalén versátil y cambiante.
 Tan versátil, que pasan dos días, tal vez menos, y en la soledad del Huerto de las Olivas mastica Cristo el pan duro de la soledad y el abandono.
 ¿Dónde están los que vociferaban ¡hosannas! A los pies de la sencilla pollina? ¿Dónde, las aclamaciones y los hurras y los entusiasmos? ¿Dónde, los tullidos que andan, los ciegos que ven, los resucitados que han dejado, por virtud del milagro, el campo de los muertos?
 El pueblo se ha esfumado. Ni la sombra de una muchedumbre que corría a los pies del Salvador.

 c) Y en el sufrimiento anda solo. Solo en los azotes, solo en los salivazos, solo en las afrentas y dicterios, solo en la Corona de Espinas, solo en la Caña burlesca de rey de opereta. Solo ante la cobardía de un Gobernador, y solo antes las invectivas ofensivas de un Sacerdocio lleno de temores, de corazón podrido y de vana sabiduría libresca. Y los que le acompañan en el supremo suplicio, no pasan de tres que no sean parientes y allegados.
 Solo.
 ¡Qué martirio el de saborear solo las aguas amargas de la aflicción y de los dolores!
 La Escritura abomina la solitud, y hace un elogio, siempre que a mano viene de la Comunidad, es decir, de la Amistad. El ¡Vae soli! Es un grito que sale de la entraña pura del hombre social.
 La Amistad, el amor, endulzan todas las amarguras. Y, si esta tierra es un valle de lágrimas, lo es de dulces lágrimas cuando otro corazón entiende el nuestro y el amor hace, de dos o más, misteriosos vasos comunicantes que tienen la virtud de convertir el sufrimiento, cuando es compartido cordialmente, en solaz y grata amargura. Porque el comportamiento del dolor, y la unión de corazones tienen la misteriosa virtud de transubstanciar las cosas, y el acíbar de los grandes dolores queda endulzado y saboreado, cuando no es encerrado en un solo corazón.
 El abandono, la soledad, el apartamiento de seres amados acibara los hondos dolores, que se atragantan como angustias infinitas. Se llega al Dolor depurado de toda alegría, en su pura y sublime nitidez de infinita amargura. Quien saborea esta amargura se siente casi deshumanizado y botado. Y el que pisotea el amor debido y la amistad y el afecto, puede catalogarse entre los seres más bajos de los que no más van guiados por la materia y el egoísmo.
 Solo.
 Que fue, tal vez, el supremo Sufrir de Cristo: solo, abandonado, y todavía negado por los que habían recibido de él, no solo el bien de un cariño merecedor de correspondencia, sino un Corazón entregado, convertido ahora, por obra del abandono y la solitud, el llaga abierta.

 d) Pero estamos en este mundo, y no parece sino que, si no se sucumbe antes al dolor, los que andan por las rutas del Odio y del Mal han de ser vencidos al fin.
 Fue un hecho este abandono, el martirio llevado a los detalles más espantosos, la Crucifixión horrenda, el sacrificio como andante avergonzado entre los escarnios de la plebe y los odios salvajes de los escribas y fariseos.