Italia 33 05
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Aniversario del Statuto Italiano  La SI 29/05/33 p. 7

 

 

            El 11 de Noviembre de 1869, la ciudad de Nápoles recibía del cielo el don de un heredero real. Allí, en la ciudad de la poesía y de los colores, nacía el futuro rey. Cubría su cuna, con penachos milenariamente célebres, el cono luminoso del Vesubio. Llevaban el ritmo de su reír y de su llorar las dulces canciones del maravilloso Sorrento. El amor de la gran ciudad meridional celebraba con gritos clamorosos el acontecimiento.

            Fue un signo ese nacimiento en una ciudad proletaria, pero campesina e ingenua. Al recién nacido no habían de tentarle, en las andanzas futuras, la regia majestad, la pompa oriental, el nerviosismo morbosos de las ciudades industriales. Milán, Turín, Génova, son tres enormes e intensísimas urbes. Pero Víctor Manuel prefirió abrir los ojos a la luz lejos del barullo de la riqueza, de la ciencia y del trabajo, en medio de la clara diafanidad y de la serena paz del estupendo golfo de Nápoles.
            Pasaron años. Treinta transcurridos, un asesino cortaba la vida de Humberto Rey; y el joven Víctor Manuel –de la mano, su clara esposa, la montañesa Elena- subía las gradas del trono, de uno de los tronos, por el azar de las cosas, de más azarosa vida, para quien con ojos abiertos mirara el porvenir de Italia.
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            Este asustante porvenir estaba encerrado en cuatro cuestiones, capaces de preocupar a un príncipe de mirada aguda y corazón patriota: primero, la reconstitución nacional, recuperando las zonas irredentas; luego, la expansión colonial africana; también, el saneamiento de la dirección política; finalmente, el conflicto con la Santa Sede.
            Ciertamente que Italia, no sólo no estaba en el abismo, sino que tenía todo el aire de gran potencia en lo internacional, y, con un enorme esfuerzo en el trabajo, había sabido hacerse nación industrial y productora. Pero, si esto podía satisfacer a espíritus mediocres, un estadista profundo no podía sentirse satisfecho de esa riqueza internacional y nacional de Italia.
           
            a) Italia, ante todo, estaba mutilada –lo está, todavía, en parte. Provincias tan italianas como el occidente de la Istria y parte del Trentino, continuaban sujetas a extraños poderes, reliquias venerables de los días legendarios de la lucha por la independencia. Y no podía el cuerpo nacional sentirse satisfecho sin la reincorporación íntegra del organismo natural que Dios amoldó en el crisol de la raza, de la geografía y de la historia.
            Más, esa deseada necesaria renacionalización parecía tan alejada y dudosa, que un corazón patriota había de sentirse entristecido. Los partidos gobernantes no sentían esa necesidad perentoria. Retoños débiles de los que enrielaron a Italia por los rieles del nuevo Imperio, funcionaban abrogados por la balumba de chicas cosas que los partidos miran como objetivos primarios.
            Y se había llegado, todavía, no sólo a una alianza con el pueblo detentador de zonas itálicas, sino que se habían allanado bobamente a ser considerados como “invitados de segunda” en ese banquete de la Triple Alianza

            b) Se añadía a ese problema otro problema esencial: la expansión colonial italiana. Nación secularmente fecunda –“fecunda en varones” grandes, al decir de Virgilio, y fecunda en plebe- necesita Italia donde extender su potencia prolífica y de donde tomar las cosas que Dios ha limitado a las tierras tropicales.
            La catástrofe de Eritrea, donde se cernió sobre Italia el dolor del desastre, hacía más difícil una reanudación de aspiraciones coloniales. El pueblo dubitaba. Las grandes potencias miraban desdeñosas. De donde, también, aquí parecía que se gozaba el destino en poner  enormes piedras de dificultades en el camino de la conveniencia itálica.
            El saneamiento político era el tercer problema preocupante. Cierto que, a primera vista los partidos burgueses de la Italia post mazziniana parecían adecuados a las necesidades del país. Más, a poco que se meditase, se veía cómo ello no era así. Corroían esos partidos tres llagas que habrían, con el tiempo, de llagar al país mismo: su liberalismo trasnochado, su masonismo sectario, su nepotismo inmoral.