Italia 33 10
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Presentación de problemas. El ultimo paso hacia una completa organización funcional corporativa en Italia La SI 30/10/33 p.6-7

1. Una noticia interesante nos llega, perdida entre la balanza de cien mil cosas sin importancia con los que llenan las columnas de los diarios las muy ligeras agencias telegráficas: el jefe del gobierno italiano, después de consultado el Gran Consejo Fascista, ha anunciado que va a rematar la organización del país en sentido representativo, es decir, bajo un doble aspecto corporativo-funcional.
            El telegrama no explana la idea. Ni siquiera le da importancia. Unas ocho líneas perdidas entre centenares de líneas que se ocupan de las más tontas banalidades; entre centenares de ampliaciones de cosas sin trascendencia; entre columnas y más columnas de pequeñeces pronunciadas por las pequeñas eminencias de la política y de la economía mundial.

            Ante todo, ocurre una pregunta. Es ésta: ¿no estaba ya Italia organizada funcional y corporativamente? Y, a la creencia afirmativa de muchos, hay que oponer una lista de observaciones limitativas.

            Cierto que el Fascismo, al igual que en Rusia el Soviet y en Alemania el Nazismo, han botado por la borda el sistema individualista, tanto en la organización económica como en la estructuración política. Pero, en cuanto a substituirlo, no han procedido automáticamente a reemplazar el Individualismo por el sistema organicista.
            Para no hacerlo, han aducido varios motivos. El que merece más consideración es el que deriva de la esencia misma del sistema corporativo. Un individualista puede proceder, según su concepción mecanicista, a substituir algo por otra cosa. Está –cree estar- en terreno de la mecánica muerta. Y puede haber reemplazos automáticos. El individualista es, esencialmente, materialista en cuanto a la concepción de la sociedad. Lo contrario sucede al organicista. Cree éste estar en terreno vital, orgánico, donde hay germinaciones. Nada puede ser substituido automáticamente. Absorber tejidos morbosos requiere tiempo. Crear nuevos tejidos requiere tiempo. Etapas. Evolución constante de lo personal dentro del molde inevolutivo de lo específico.
            De ahí que todo reformador en sentido corporativo sea amigo de las etapas, del poco a poco, de la germinación. No podía proceder de otro modo, si quería ser fiel a sus principios.

            2. Lo fue Mussolini. No creyó que podía reemplazar el sistema anterior por el sistema nuevo. No impuso, por lo mismo, ese sistema nuevo, ilusionándose con el supuesto poder fecundado de las leyes y de los decretos.
            Pero esto traía un vacío. Si botaba por la borda el viejo sistema individualista –llamado, impropiamente, democrático- y, por otra parte, no se creía con derecho para substituirlo por el nuevo sistema, que debía venir por lenta evolución ¿cómo iba a procederse en el intermedio?
            La novísima ciencia política ha procurado precisar los diversos anillos o etapas de esa evolución germinativa.  Pero el Duce se dejó de especulaciones y tiró por el camino de en medio: no deshizo el nudo, sino lo cortó. Ese cortar el nudo estuvo representado por la palabra “autoridad”, o, si se quiere, su propio poder personal.
            Cuando se estudia la historia político-social de Italia en los últimos diez años, cuesta de entender como un pueblo entero, sensible además y revolucionario, como es el italiano, se somete a la mano dura del Duce, después de algunos tanteos liberatorios al principio. Sin embargo, una simple observación nos da la explicación de ese fenómeno: Italia estaba conforme en que el sistema anterior fuese botado. Comprendía que un nuevo sistema no podía improvisarse. Aceptó un anillo de unión entre el pasado que rechazaba y el futuro que ansiaba. Ese anillo fue la autoridad personal de Mussolini.