Italia 33 11
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Casamientos por fuerza, con vistas internacionales La SI  13/11/33 p. 2-3
Mussolini avanza hacia la organización del Estado integral. Gremialismo integral en Italia La SI 20/11/33 p.2-4

            Malos vientos para Malthus soplan por tierras de Italia. Roma, como en los días seculares de Virgilio, piensa en la maternidad. Y la “magna parens” ha hablado por boca de Mussolini palabras madrigalescas: a casarse tocan.
            a) Años atrás, cuando el Fascio se estaba cimentando, el Duce dio la primera manotada sobre los solteros. Un día, en pleno Parlamento pronuncia un discurso de larga envergadura. Saca sus palabras más duras –y Mussolini, que fue albañil, las tiene muy duras- contra los célibes. Los fustiga violentamente. Amontona sobre los más despectivos dicterios. Y canta una oda heroica a la maternidad, a la belleza del hogar, a la necesaria población intensa de Italia.
            ¡Vergonzoso! gritaba el ardiente jefe. ¿No tiene usted corazón por ahí dentro? ¿No ha sentido jamás un cosquilleo especial por el lado izquierdo? ¿No tiene usted noticias de las saetas traicioneras del amor? ¿No ha conocido jamás unos ojos azules que aprisionan, o una ardiente boca de guinda que quema, o un cuerpo grácil que se balancea suavemente? ¿No ha conocido el vino fuerte de los peligros matrimoniales, ni el de esotros peligros que son las curvas, incluso cuando son curvas venusinas de mujer?
            Mussolini no es hombre de vana palabrería. Tras la inventiva, la acción. Tras el llamado al matrimonio, una ley. Una ley imponiendo a los solteros, entre los 25 y 65 años, un impuesto progresivo... Puesto que no quiere usted mantener hijos propios, tendrá que mantener a hijos ajenos. El producto de la contribución a los solteros se aplica a subvencionar a las familias con hijos numerosos, manteniendo el Estado, a nombre de los solteros, a los hijos de hogares abundantemente poblados.
            Y ese ha sido el régimen en Italia, hasta este instante, en guerra declarada el Estado versus Celibatismo.
            Más, no se da el Duce con ello por satisfecho. Todavía quedan refractarios. Italia ha tocado ya 40 millones de habitantes, sobrepasando a Francia. Esta, con 550.000 km. c. tiene los mismos habitantes que Italia, con poco más de 300.000 km. c. Mientras Francia crece a razón de 200.000 cada año, Italia está creciendo al ritmo de un millón más cada año. Dentro de un decenio, mientras Francia tendrá 43 millones de habitantes, Italia tendrá 52 millones...
            ¡Hermosos resultados! ¡Qué vitalidad!
            No, esa es opinión de usted.  Esa no es opinión de Mussolini. El Duce no está contento. Quiere más italianos, más hijos, más matrimonios. El pobre Malthus se volvería loco si hoy viviera, con su cara lúgubre de mal agorera. El decía: si la humanidad va creciendo, día vendrá en que el hambre se enseñoreará del mundo.  ¡Pobre hombre!  Le ha salido al revés la profecía. El mundo hambrea por superabundancia de productos, esto es, por superabundancia de idiotez. Porque hay que rondar por las zonas de la idiotez para morirse de hambre a causa de tanta comida.
            Por eso Mussolini quiere más italianos. Quiere que ser llenen de hombres vivos hasta las cumbres poéticas de la sierra apenina. Quiere hombres para la Cirenaica profunda, cuya tierra da el ciento por uno; para la Tripolitania arenosa, en la cual –días gloriosos de la Roma madre- grandes ciudades romanas se erguían soberbiamente. Quiere hombres y mujeres para poblar esa Eritrea prometedora y esa Somalilandia esperanzadora, que han de dar a Italia café propio, caucho propio, azúcar propia...
            Y el látigo se levanta por segunda vez sobre el rebaño, todavía muy nutrido, del Solterismo. Una parte del rebaño, retozón y verde, está picoteando lacres flores y blancos capullos por la ciudad alegre de Venus y el Amor.  Otra parte del rebaño, estirada la cara y fúnebre el ademán, está asustada de  tener que mantener a los hijos –y tener que vestir, ni más que sea con esa cuarta de ropa que ahora se usa- a una linda mujer. Y el látigo silba amenazador sobre los hombros, demasiado alegres o demasiado tristes, del Solterismo empedernido.
            La orden es terminante: ¡todos los empleados públicos a casarse! Ministros saltones o cobardes: a formar un hogar o a dejar la cartera ministerial. Directores generales, grandes jefes: a