Italia 41
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Italia 41
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El Haz y el Combate  La SI 22/03/41 p. 10-12
Hacia la unidad imperial italiana La SI 26/07/41 p. 11
Aniversarios italianos La SI 08/1/41 p. 10

El Haz y el Combate  La SI 22/03/41 p. 10-12 

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Años atrás, tal día como hoy,  se alzaba sobre la Italia un Haz.
            Nunca con más providencial oportunidad. Porque andaba ese país, nieto de la vieja Roma, desunido, triturado y desconcertado, el de la derecha mordiendo al de la izquierda, el norte contra el sud, oriente contra poniente,  el hombre ateo –que se creía ateo- contra el hombre de fe, el artesano contra el pensador, el triángulo contra la Cruz, el padre contra el hijo y el hogar contra el hogar. Era la Italia de veinte años atrás, que pasaba por una crisis de desunión, como la del enfermo delirante en el cual, por andarle todo descompuesto, aún las ideas se le dislocan por un delirio desconcertante.
            Un historiador italiano, que nos pinta esta época con todos sus delirios y contradicciones, nos explica que Italia andaba desquiciada. Y ¡ojalá que ello hubiese sido así! Porque una puerta desquiciada, fuera de su natural posición, no es apta para el servicio, pero no tiende al aniquilamiento. La puerta, aun desquiciada, es puerta entera, unidas sus partes, gallarda su figura. Y si su situación es dolorosa e infecunda bastará que un gigante la coja entre sus brazos de acero y la coloque en su sitio. Y ella vuelve entonces, calladamente, fecundamente, a cumplir su rol esencial.
            Italia no andaba desquiciada, sino desunida, descuartizada, rota su unidad y en pugna mutua cada una de sus partes. Y todo era en ella arista que desgarra, quebradura que mata, puño en alto que revienta, odio siempre erecto del hermano para asesinar al hermano.
            Se suele decir que se habían desrielado los obreros apoderándose en el norte industrial de fábricas, usinas y talleres. Y, no. Porque, siendo esto verdad, es verdad trunca. Y una verdad amputada es mentira y falsía. El obrero se había dislocado. Antes que el obrero, se habían dislocado los demás. El capital se había dislocado por los grises e inhumanos andurriales de la explotación de la mayoría. Los gobiernos se habían dislocado vertiginosamente, deslizándose hacia los abismos de la incuria, la incomprensión y el partidarismo amarillentoso. La masonería se había dislocado poniendo el honor mismo de la patria a los pies del extranjero. La Iglesia se había dislocado al predicar un salvador Evangelio social y no haciendo nada para obligar a los de arriba  a realizarlo en la vida pública y privada. A la dislocación de Abajo había precedido la dislocación de Arriba, una vez más evidente la sentencia del gran Libro según la cual –“regis ad ejemplum”- el pueblo no hace más que seguir las pisadas de la minoría descarrilada de Arriba, que tiene la pretensión loca de poseer derecho exclusivo al descarrilamiento y la idea idiota de que, al despeñarse la máquina, no arrastrará tras de sí los carros y el equipaje.
            Más, he aquí que de repente algo se pasa. Cuando la desintegración era mayor y las mordeduras más feroces; cuando el diablo había logrado tremolar sobre cuarenta millones de hermanos el banderín maldito de “el que odia” y todo parecía caos y descomposición, un milagro aparece sobre la Confusión y flota gallardamente sobre el mar de repelencias y disgregaciones un Haz.

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            Es universal la idea de que un pueblo o una colectividad familiar necesita andar unido para cumplir con éxito su misión. El folklore popular de todas las lenguas ha coincido en la conseja del padre que reúne a sus hijos antes de morir para darles el postrer consejo. Es él hombre de pocas palabras porque en su vida fecunda la acción es la que ha primado. Y prefiere el símil al argumento. Coge una leve paja de heno, e invita a uno de sus hijos a que la rompa. Y éste lo hace fácilmente. Pone dos, tres, cuatro pajas. Y otro de los hijos, poniendo un esfuerzo proporcionado rompe también el manojo. Une el padre cien pajas, y las trenza, además, con maestría, cada partícula de cada paja, respaldando cada partícula de las demás pajas. Y todos los hijos juntos, aunando sus fuerzas, no pueden romper esa cuerda, que será capaz de resistir el empuje de un acorazado.