Italia 43 07 31
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Benito Mussolini tal cual fue  La SI 31/07/43 p. 1-8

1. Italia antes de Versalles
            Los hombres nuevos suelen aparecer en las naciones a raíz de sus grandes dolores. Isabel de Castilla aparecía como una aurora en la noche cerrada de la política castellana de fines del siglo XV, cuando todo hacía augurar para esa nación central de España una ruina inminente. Napoleón era producto de las angustias indecibles de la Revolución, cuando los que debían ser directores del pueblo no eran más que basura, y la plebe se lanzaba contra todo –contra la malo y contra lo bueno- como avalancha trituradora. En los viejos días helénicos se alzaba como un astro Pericles, en los mismos instantes en que la politiquería tenía a Atenas tan abismada, que nadie habría sido capaz de predecir el advenimiento de ese gran hombre.
            Italia, hecha trozos durante siglos, y ya dentro de ese estado anormal pronta a todos los deslices, había logrado la ansiada unidad nacional después de cruentas y envenenadas luchas. Pero había tenido la desgracia de que esa unidad nacional se realizase en unos años en que se estaba incubando la política del XlX, que no era más que un amaño de minorías politiqueras para usufructuar del patrimonio nacional.
            (Es un fenómeno tan general como extraño en esa política de la segunda mitad del siglo XlX, ese marchar la sociedad por una vía y por otra completamente la política, progresando el país a pesar de la política, aunque frenado por las malas pasiones de los diversos caudillajes y grupitos. En España Cánovas y Maura confesaban paladinamente ese dualismo, al parecer absurdo. En Francia, Raymon Poincaré lo lamentaba en cada instante. En Italia fue la norma constante durante toda la vida  postunitaria del país, a través de largos años).
            Así desorientada Italia, hasta ser llamada por uno de sus sabios “la nación sin pulso”, la sorprendía la guerra mundial. ¿Qué camino debía seguir en esa encrucijada bélica, que tenía un significado hondo en la historia del mundo?
            No lo sabía ella misma. Ligada por la firma de un Tratado a uno de los bandos –los Imperios Centrales: Alemania y Austria- no los seguía en la ruta bélica, por razón de sus misma desorientación. ¿Por qué había sido firmado ese Tratado? ¿Qué se perseguía con él por parte de Italia? El pueblo no lo sabía. El no lanzarse a la guerra con sus aliados quiere decir que tampoco lo sabían sus “dirigentes”.
            Pasaron meses. Horas de amarga indecisión, que no entendían los que no conocían esa política cortical del gobierno de Roma, que dejaba que las cosas marchasen solas, solo metiéndose en lo nacional al tratarse de imponer anticlericalismo o de redondear la burocracia, sin el menor atisbo de grandes problemas; sin que fuese parte de la vida dinámica del país ni del gobierno orientación alguna.
            Fue en ese estado de desorientación y vacuidad cuando se acercaron los aliados a Roma para ofrecerle este mundo y el otro. Y hay que decirlo para mérito de la minoría acaparadora que ha dirigido siempre eso que dan en llamar algunos ingenuos “democracia británica”: esa desorientación que en Italia primaba, nunca ha existido en los círculos de esa política dictatorial británica, que decide un núcleo reducido de negociantes y nobles, siempre sabedores de “a donde van” y siempre avizor para tomar, ya desde muy lejos, las medidas necesarias para eternizar su dictadura sobre su propio país y sobre el mundo.
            Las ofertas eran tentadoras. Italia intervendría con sus soldados (dos millones sobre las armas) en la guerra, asestando golpes fieros sobre Austria-Hungría. A cambio, se le entregarían las provincias irredentas, la Istria, la Dalmacia, el Adriático lago italiano, la costa sud-occidental de la hoy Turquía y colonias florecientes en el Africa, para que el Imperio italiano n ese continente fuese una realidad viva y no una sucesión simo-única (sic) de arenales.
            Cuando el Tratado fue rubricado con innúmeras firmas y quién sabe cuantos sellos, Italia se lanzaba contra sus aliados, y se hacía sentir todo el peso de sus fuerzas sobre Hungría. Hubo altos y bajos en esa campaña, que tenía como zona de guerra las llanuras del Piave, Venecia y el Po, así como las montañas alpinas y las menos alterosas de la Gorizzia. Sufría, durante ella, una gigantesca derrota, de la cual se alzaba con una no menos gigantesca victoria. Hasta que obligaba a Austria a capitular, primera brecha abierta en el frente alemán, que historiadores imparciales han llamado “golpe decisivo”.