Italia 43 08 07
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Benito Mussolini tal cual fue  La SI 07/08/43 p. 1-7


11. Un error social
            Lo más perfecto de la Roma Mussoliniana está en el sector social. Pero no puede menos de verse con extrañeza cómo un estadista, y él de procedencia socialista, tomaba tan a pecho la eliminación de la mujer de todas las zonas salvo la familiar. Ello representaba, además de una regresión, la pérdida de uno de los apoyos más firmes que podían obtener las reformas mussolinianas.
            No entraremos en la materia sin reconocer que había causales para que Mussolini procediese de esta suerte, aunque no las estimamos suficientes. La mujer europea, especialmente las de razas de pelo rubio, está tocada de una llaga grave: su ausencia del hogar y el abandono, cada día mayor, de los deberes de la maternidad. Ello traía un vacío que ha hecho temblar aún a los socialistas más extremistas y menos afectos a la familia, al menos teóricamente: los estragos que ha traído esa disolución familiar al salirse la mujer de sus casillas así como la impotencia de la escuela para substituir el ambiente hogareño.
            Años atrás, cuando surgía la ingenua escuela común, pequeños maestros de escasa psicología, en su mayoría de tendencia marxista, es decir, antifamiliar, decían cosas raras sobre la suficiencia de la escuela para substituir a la vez a la religión y al hogar. Ha sido tan terrible su fracaso, que son ahora ellos mismos los que explican la impotencia suya “por contrarrestar el hogar con su indiferencia y la calle desmoralizadora “la influencia de la escuela”(sic). Cuando menos es loable que confiesen de este modo su error, al querer sacar la escuela de su zona propia, adjudicándoles poderes casi omnipotentes absolutamente graciosos.
            Restablecer el hogar es cosa elemental para un estadista moderno. Para este restablecimiento, hay que centrar otra vez en él a la mujer, activa y dinámica, inteligente y cordial. Y llevarla a él por la convicción .. o, por la fuerza, claro está.
            De ahí surgía el error mussoliniano al eliminar a la mujer de todas las zonas excepto la familiar. Y no parece ello lógico. También hay que volver al hogar al hombre, sin que por ellos se perjudique la complejidad de su vida.
            El introducir a la mujer en la vida social, económica y política, siempre como factores que no anulen el factor esencial Hogar, no daría más que ventajas, especialmente para empapar la vida pública de buen sentido, hacer desaparecer las groserías y hallar en la femineidad un puntal firme para el sostén de un régimen nuevo.
            Este último aspecto es muy interesante, aunque honra a Mussolini el no haberlo tenido en cuenta. El apoyo de la mujer y el calor maternal pueden salvar muchas cosas buenas. Y, aunque Mussolini pensase lo contrario, las plantas nuevas necesitan de todo el calor acumulable para hacer viable su vida, que ha de encontrar numerosos obstáculos entre las ruinas de las cosas caídas.
            Por ejemplo: nadie más propio para representar al nuevo Estado que la mujer, en cuanto a la investigación del costo de los productos y el precio moral de las cosas. Ella está en el centro mismo de las miserias familiares. Ella tiene, además, una natural delicadeza que se traduciría en firmeza al tratarse de la especulación realizada sobre la vida de los niños y en general de los humildes.

            No entraremos en la materia sin reconocer que había causales para que Mussolini procediese de esta suerte, aunque no las estimamos suficientes. La mujer europea, especialmente las de razas de pelo rubio, está tocada de una llaga grave: su ausencia del hogar y el abandono, cada día mayor, de los deberes de la maternidad. Ello traía un vacío que ha hecho temblar aún a los socialistas más extremistas y menos afectos a la familia, al menos teóricamente: los estragos que ha traído esa disolución familiar al salirse la mujer de sus casillas así como la impotencia de la escuela para substituir el ambiente hogareño.

            Años atrás, cuando surgía la ingenua escuela común, pequeños maestros de escasa psicología, en su mayoría de tendencia marxista, es decir, antifamiliar, decían cosas raras sobre la suficiencia de la escuela para substituir a la vez a la religión y al hogar. Ha sido tan terrible su fracaso, que son ahora ellos mismos los que explican la impotencia suya “por contrarrestar el hogar con su indiferencia y la calle desmoralizadora “la influencia de la escuela”(sic). Cuando menos es loable que confiesen de este modo su error, al querer sacar la escuela de su zona propia, adjudicándoles poderes casi omnipotentes absolutamente graciosos.

            Restablecer el hogar es cosa elemental para un estadista moderno. Para este restablecimiento, hay que centrar otra vez en él a la mujer, activa y dinámica, inteligente y cordial. Y llevarla a él por la convicción .. o, por la fuerza, claro está.            De ahí surgía el error mussoliniano al eliminar a la mujer de todas las zonas excepto la familiar. Y no parece ello lógico. También hay que volver al hogar al hombre, sin que por ellos se perjudique la complejidad de su vida.

            El introducir a la mujer en la vida social, económica y política, siempre como factores que no anulen el factor esencial Hogar, no daría más que ventajas, especialmente para empapar la vida pública de buen sentido, hacer desaparecer las groserías y hallar en la femineidad un puntal firme para el sostén de un régimen nuevo.

            Este último aspecto es muy interesante, aunque honra a Mussolini el no haberlo tenido en cuenta. El apoyo de la mujer y el calor maternal pueden salvar muchas cosas buenas. Y, aunque Mussolini pensase lo contrario, las plantas nuevas necesitan de todo el calor acumulable para hacer viable su vida, que ha de encontrar numerosos obstáculos entre las ruinas de las cosas caídas.

            Por ejemplo: nadie más propio para representar al nuevo Estado que la mujer, en cuanto a la investigación del costo de los productos y el precio moral de las cosas. Ella está en el centro mismo de las miserias familiares. Ella tiene, además, una natural delicadeza que se traduciría en firmeza al tratarse de la especulación realizada sobre la vida de los niños y en general de los humildes.

 

12. El error político
            a) El Sindicalismo mussoliniano partía de la base unicista y minoritaria, copiando las maneras sindicalistas rusas, que después, desgraciadamente, ha copiado el franquismo español.
            Se comprende que puede haber –que es necesario que haya- un paréntesis inicial durante el cual los sindicatos nacientes sean guiados y encauzados. So pena de innumerables consecuencias fatales, ese exclusivismo sindicalista, introducido por el marxismo ruso, no puede prolongarse, y menos tomarse como tipo normal.
            Si se cree en el sindicalismo como sistema natural, hay que tener fe en él. Si se rodea a los sindicatos de todos los condicionantes esenciales –el primero de todos: sólo intervenir en ellos los trabajadores que son sus miembros- puede temerse en ellos error ocasional, pero no desviación anormal.