Italia 43 08 14
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Benito Mussolini tal cual fue  La SI 14/08/43 p. 6


19. El Fascismo y la Iglesia
            Las relaciones entre la Iglesia y el Fascismo hay que aclararlas desde tres distintos puntos de vista: el Tratado de Letrán, en vista al Catolicismo universal; el ideario estadista fascista y la educación de la niñez.
            Es interesante el problema, porque se han creado tantas nubes alrededor, que necesita una aclaración que no admita dubitaciones.

            a) Se conoce el “status” de la Iglesia antes del Fascismo. Los Gobiernos italianos –la historia es demasiado vulgar para ser detallada- se habían negado constantemente a una avenencia entre el Quirinal y el Vaticano.

            Si se hubiese tratado de algo relacionado con el nacionalismo, habría podido ser respetado por los extraños. A algún tonto le habría podido parecer una mutilación de la patria ceder al Pontífice esta o aquella zona. Pero esta opinión, aunque absurda, habría sido respetable. Más, se conocen los fines sectarios que movían esa intransigencia, un gobierno italiano contra la opinión casi unánime del país por puros motivos persecutorios. De ahí la repugnancia con que era examinado este problema por cuanto saben mirar las cuestiones limpiamente.
            También en el otro lado había sus intransigencias, llevadas a veces al extremo de desconocer los derechos del pueblo italiano a la unidad nacional. Y les parecía a muchos imposible transigir,  a menos de que se realizase el absurdo de devolver al Papa los Estados Pontificios, que, sobre traer sobre la Roma cristiana tantas sombras como registra la historia, hacía poco menos que imposible el problema.
            Fue mérito de Mussolini, ateo y descreído, así como de uno de los Pontífices más piadosos, el concebir un medio de eliminar el conflicto y rodear al papado de una independencia perfecta sin herir la dignidad nacional italiana. El Estado independiente “Ciudad del Vaticano”, que nacía con el Tratado de Letrán, fue una fórmula feliz, que satisfacía los puntos esenciales de ambas partes y cerraba uno de los paréntesis más indeseables de la historia de Italia y de la Iglesia.
            Merece altas loas la manera cómo Mussolini, no sólo no roía después las conclusiones firmadas, sino como las afirmaba con entereza. Numerosos apoyos daba constantemente al Vaticano, facilitándole cuánto hacía real su independencia, especialmente todos los medios de comunicación directa posibles, entre ellos la radio gigantesca que armaba Marconi. Y llegaba la entereza mussoliniana al punto de jamás tratar siquiera de influir en esa independencia, ni aún cuando el Papa, en horas graves, condenaba la doctrina estatista, que era parte de la ideología fascista, al menos en la parte que se refería a la exposición de principios.
            b) La prensa del otro lado, constantemente perseguidora de la Iglesia, convertida ahora pintorescamente  en defensora de la religión, que dice ser superstición y barbarie, ha hecho gran boca de la condenación del fascismo por la Iglesia. Acerca de ello, hay que hacer advertencias interesantes.
            La Iglesia ha condenado siempre al estatismo, es decir, a los que afirman que el Estado es anterior y superior a la sociedad, y que, por lo mismo, tiene el derecho de imponer a la sociedad ideologías especiales, y singularmente una educación determinada a la juventud.
            Esta condenación no fue iniciada a causa del Fascismo, sino del Liberalismo y los partidos que se llamaban democráticos del XlX, con una singular democracia por la cual imponían su manera de pensar al pueblo, sea mediante la escuela estatal forzada, sea mediante al omnipotencia de un parlamento elegido por menos de un 10% de los ciudadanos. Es la teoría británica la condenada –porque resume a todas las demás- según la cual todo derecho lo crea el parlamento, es decir, el Estado, no existiendo otro derecho que esa legislación positiva.
            Teóricamente hablando, caía el Fascismo dentro de ese Estatismo condenado, pero no como Fascismo, sino Estatismo, es decir, por exactamente concordar, en este punto, con los sistemas llamados democráticos. La condenación recaía a la vez sobre todos, y desde hace cerca de un siglo