Rusia 39
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La situación especial de Rusia dentro de la comedia de la política mundial La SI 26/08/39 p. 1-6

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            Nadie, ni aún el más imaginativo habría podido pensar, solo veinte años atrás, a qué gigantesco grado de crecimiento había de llegar el Soviet ruso sólo a través de dos décadas.
            Rusia era, en manos ineptas de los zares, un pueblo grande con todos los inconvenientes de un gran cuerpo con falta de espíritu. Era como un enorme elefante humano puramente vegetativo,  que, si daba miedo a los tontos a causa de su desarrollo animal, hacía reír a los entendidos en cuestiones de potencialidad, que más consiste en la médula que en el desarrollo de músculos.
            Rusia tenía entonces como 80 millones de habitantes. De cuya suerte nadie absolutamente se preocupaba. Eran 80 millones de bestias humanas trabajando para una minoría, ridícula en cantidad, podrida en su interior, que, alrededor de un trono carcomido por todos los vicios individuales y políticos, había de poder durar poco.
            Políticamente, toda la idea estructural del Imperio era la de una enorme multitud esclava al servicio de esos cuatro abusadores. Vivían en el campo, en situación inferior a los caballos de esos nobles indignos, millonadas de almas vivas. los hombres vivían para doblar el espinazo bajo el sol, para cosechas de las cuales ellos no cosecharían nada. Las mujeres eran, al despuntar su mocedad, para la lujuria organizada del patronaje noble, y, una vez pateadas las flores humanas a base del inatacable derecho de pernada, pasaban a aumentar el rebaño masculino, en pleno trabajo campestre. Y en la ciudad era peor la situación de los esclavos, llamados pomposamente ciudadanos, que no tenían de esto más que el nombre y la burla que representaba una Constitución de aplicación simulada.
            La conducta particular era un alargamiento de esa política netamente social, es decir, antisocial. La Corte era una sentina hedionda de los más relajados vicios. Reyes y grandes duques se arrastraban por los barrizales de todas las lujurias. A su alrededor una corte corrupta hasta la médula. Y, más allá, en las capitales provincianas, la brocracia de cien tentáculos imitando a los cortesanos, en la proporción y manera que cada ciudad y las exacciones posibles les permitían.
            ¡Qué pueblo enorme reducido a cero y nada, por la inepcia mal oliente de una monarquía sin brújula intelectual ni moral.           

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            Cuando los revolucionarios rusos, protegidos por el Estado Mayor alemán, entraban en Rusia y realizaban la revolución maximalista, no hubo Gobierno europeo que no se equivocase respecto a la duración del régimen. Es muy conocida la general inepcia de los que se llaman políticos para apreciar las circunstancias, y, por lo mismo, aunque de una manera limitada, prever el porvenir próximo. Pero, aún admitida esa inepcia, hay que recalcar, como rareza extraordinaria, esa que echaba pronósticos acerca del porvenir del maximalismo ruso.
            De común acuerdo todos los Gobiernos opuestos a Rusia calculaban que el Soviet, abandonado a sus propias fuerzas, no duraría más allá de cinco años. Y añadían que esa caída se aceleraría rápidamente, si acaso ellos intervenían contra Moscú. Y así lo realizaron.
            Ha costado veinte años el poder saber de cierto esta intervención. Porque esos gobiernos la negaban. Ahora sabemos, por ejemplo, de una manera oficial, que Gran Bretaña gastó algo más de 100 millones de libras ayudando a los ejércitos antirojos de Denikin, Vrangel y otros. Y que puede calcularse en una cifra cuando menos cuádruple (400 millones de libras) las que varios gobiernos, puestos de acuerdo, invirtieron en financiar, de 1919 a 1923, a los que luchaban para echar abajo el régimen soviético.
            Sin embargo, nada más absurdo. El régimen había de durar. Y habían de haberlo entendido especialmente los que eran sus enemigos, por lo que les interesaba tomar posiciones. Las razones eran varias y sin vuelta.
            Una, el que el Soviet había repartido las tierras a los hogares, y precisamente (sin saberlo, sin duda) a base del régimen cristiano: las tierras son de Dios (del Estado, su representante) y su usufructo es del hogar que cultiva cada trozo, hereditariamente. Era absurdo