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El triunfo del patriotismo  La SI 16/09/39 p.7-8
Para la juventud que estudia: ... Y así, oh ingenuos, se escribe la historia La SI 16/09/39 p.17
Para la juventud que estudia. La odisea de la mosca  La SI 23/09/39  p.9
Para la juventud que estudia. La universalidad de las huelgas a través de la historia  La SI 30/09/39 p.8

El triunfo del patriotismo
La SI 16/09/39 p.7-8
Resumen de ideas: sobre las ideas de patria y sociedad: una lección de historia y de educación cívica

            1. Las ideas renacentistas, que tomaron forma política en los enciclopedistas del siglo XVlll, comenzaron a barrenar formalmente la idea de patria y el concepto de nación, que aparecían ante ellos como viejas antiguallas, inventadas por el despotismo para afirmar sobre ellas el poder absoluto.
            Esa filosofía antipatriótica tomó, al fin, forma concreta en Rousseau, que la articuló en principios políticos, y en Karl Marx, que la aplicó a los fenómenos sociales.
            El primero, en su famoso y superficial "Contrato", demolió todas las asociaciones naturales humanas, no reconociendo otra base política que el individuo. Este, naturalmente salvaje, forma sociedad política por su libérrima voluntad, sin apremios de la naturaleza y sin intermedios de clase alguna. Y entonces, entre el individuo y la sociedad no habiendo escalones de clase alguna, desaparecen, como cosa de derecho natural y de deber, la familia, el municipio y la nación, naufragando con ésta el ideal patriótico. Entre el individuo y el Estado no hay nada obligatorio; y cuantas organizaciones entre ellos se interpongan, son creaciones voluntarias del hombre que no le impiden deberes fundamentales.
            Este antipatriotismo político del autor de "Emilio" se vio pronto reforzado por el ideal social de Marx. Según éste, los hombres no debían estar separados por fronteras, que eran los reductos de las clases capitalistas. El trabajador, ciudadano de Utopía y de Ukronia, no debía ser ciudadano de éste o de aquel país. La fraternidad universal y la solidaridad debían primar como norma única. Y cuando las malas pasiones de los grandes de la tierra llevasen al trabajador a la guerra, las armas debían ser botadas y las luchas sangrientas por la nacionalidad debían mirarse como reminiscencias de los días bárbaros.
            A fines del siglo pasado y a principios del presente se unieron esos dos patriotismos, engendrando el internacionalismo de las masas obreras y el romanticismo antipatriótico de las masas universitarias.
            Del internacionalismo obrero todos conocemos las afirmaciones y los hechos anteriores a la gran guerra. Un tacto de codos bastante estrecho se había hecho entre las masas de Europa. Habían arrinconado, como trapos de desperdicios, las banderas nacionales, substituidas, que no acompañadas, por un paño lacre más o menos teñido. Abominaban de la respectiva Canción Nacional, suplantada por la Internacional y la Caramañola. Y soplaban por todos los ámbitos obreros del viejo mundo -y una influencia llegaba no despreciable a las costas atlánticas de América- vientos antipatriotas. Cantaban, ellos también.
            Las masas obreras se reían de la patria.
            Tras ellas -no, ante ellas: la masa proletaria anda de arrastrada por la cultura universitaria-  los universitarios andaban por las mismas rutas antipatrióticas. Cantaban, ellos también las notas fuertes de la caramañola. Olvidados de la ciencia austera, y hasta de la alegría resonante de Mimí Pinzón, del amor y de la Estudiantina, andaban cariacontecidos, seriotes, envejecidos, balbuceando palabras de solidaridad, de fraternidad, de universalismo. Y despreciaban, como cosas de un ayer muerto, las invenciones patrióticas, las teorías nacionalistas y los egoísmos locales.
            Este era el hecho, que se repetía después de los azares trágicos de la gran guerra.
            Si se preguntaba, entonces, a esos obreros y a esos universitarios del montón por la causa de esos ideales antipatrióticos, os hablaban como iluminados de las "viejas invenciones", de los "cuentos de curas y reyes", de los "absurdos metafísicos", de los "idealismos sin base". Y acababan por afirmarse, una vez más, en sus ideas positivistas, que sólo en lo tangible y en lo visible podían poner fe. "Estamos -decían- en una época de hechos, de positivismo, ante los cuales cae en ruinas tanta invención metafísica como se nos daba en las escuelas".
            2. Que esos antipatriotas eran -son- discípulos del positivismo no hay por qué dudarlo. Lo