18 Política internacional 40

significado solo una tregua y la tregua, por ser larga, no por eso deja de ser más que una pausa de la guerra. El mundo no ha querido comprender estos dilemas, porque desgraciadamente vive todavía aferrado a los caducos principios del derecho de gentes, cuyos resabios romanistas significan un contrasentido después de la disolución del antiguo imperio romano.
    La paz, para que sea efectiva, debiera ser estatuida por el mundo no beligerante, siempre que ese mundo pudiera convertirse en juez de la contienda y no se confundiera con los beligerantes mismos, bien sea por sus intereses o por sus meras simpatías.
    Desgraciadamente el bando que triunfe no se va a despojar de la prerrogativa que le da la victoria, a menos que le fuera permitido al victorioso el derecho de revisar el fallo. Justo es reconocer que Alemania  ha dado un ejemplo al mundo, que ningún adversario lo había dado, al tiempo de concertar el armisticio con Francia.
    Alemania que ha sufrido en carne propia durante veinte años los efectos de su derrota, que agotó los medios pacíficos para suplicar la revisión del Tratado de Versalles que convirtió en una ensalada rusa la Europa central y dejó latente los criaderos de futuras discordias, podría estar en mejores condiciones que su altiva poderosa enemiga, la soberbia Albión, para dictar una paz que garantice al mundo el riesgo de una revancha  o de futuras discordias, porque, como lo ha expresado al mundo el Führer en su discurso del martes último, más difícil ha sido para él llegar a la organización del Tercer Reich que la victoria obtenida en Flandes. Y así como pudo imponer el orden interno en su país podría imponer con la fuerza de sus armas el orden en Europa. Ese orden no es de tipo capitalista, como el que defienden sus adversarios, ni es el orden que imponen las plutocracias coaligadas que se proclaman a sí mismas defensoras de la democracia. Es el orden nuevo fundado en el principio de la igualdad jurídica de los pueblos que jamás quiso reconocer, en forma efectiva, la Liga de las Naciones que, dicho sea de paso, desde el primer día de su nacimiento hasta el día de su muerte, vivió bajo la patria potestad de los enemigos de Alemania: Francia e Inglaterra.
    Se me tachará, sin duda, de germanófilo, por expresar mi pensamiento sin ambajes; pero un escritor tiene el deber impreterible de decir las cosas como las siente y no como sería más conveniente para el halago. Cuando un escritor llega, en un acto de contrición sincero, a quemar lo que antes adoraba, cuando él mismo sacrifica sus escritos, sin importarle el reproche de que pueda ser objeto por sus propios lectores, solo una cosa le interesa por encima de todo: proclamar la verdad. La verdad tampoco es eterna e inmutable. La verdad de ayer es mentira hoy.  Ni en la ciencia pura existen verdades permanentes. Bien podríamos decir que la verdad jamás ha sido descubierta, sino más bien vivimos descubriéndola.
    Yo he creído durante treinta años  que la paz nace de la paz y que Grocio fue un charlatán. Ahora creo que la paz de los pueblos es solo un nuevo aspecto del sometimiento, bajo influencias ocultas del orden económico o político. La paz, como decía el conde De Maistre, a quien muchas veces criticamos, conduce a la molicie. Una paz larga es como un veneno lento, que enerva y mata al fin. No quiero con ello ensalzar la guerra. Solo quiero decir que el hombre, como los pueblos, deben luchar siempre. La mejor forma de lucha está sin duda en el trabajo. Convendría entonces substituir los objetivos de lucha: en vez de luchar los pueblos entre sí debieran luchar contra los elementos. Pero cuando esta lucha es entorpecida, como en el caso de todos los pueblos que buscan su espacio vital, y otros pueblos se oponen a ello, ni queda más remedio que declarar la guerra. Esta guerra no es, como torcidamente se ha dicho, la guerra de la democracia contra el totalitarismo. Esas son patrañas para cazar incautos. Esta guerra es por espacio vital, es guerra por una estructura nueva  del mundo que esté en consonancia con las expansiones naturales del progreso que ninguna mano, por poderosa que sea, podría torcer a su arbitrio. Así como reconocemos la justicia en las guerras de independencia tenemos ahora el deber de reconocer la justicia de esta guerra de liberación económica del mundo.


 
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Marzo de 1943
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Mapa 5 del 06 de Marzo de 1943

Marzo de 1943
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Mapa 5 del 13 de Marzo de 1943

Febrero de 1943
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Mapa 3 del 13 del Febrero de 1943

Enero de 1943
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Mapa 1 del 16 del enero de 1943

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