España 36 09 16 b
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España en llamas (6), 19/09/36 p. 23-32

41. Persecuciones al Fascismo y a los monárquicos
            Es cosa de todos los días las pesadas persecuciones a los monárquicos y fascistas por parte del Gobierno republicano.
            Tenemos a la vista centenares de recortes, por otro lado innecesarios. Se llega a multar con 500 pesetas a una joven vasca porque llevaba en la solapa de su traje sastre un emblema de la monarquía.
            Esto era absurdo y por los españoles intolerable. Y no hay razón algunas en la justificación dada por el Gobierno de que estas eran las doctrinas de los fascistas: no tolerar a los que piensen distintamente que ellos y suprimir a todos los enemigos y sus manifestaciones.
            Sólo gobiernos débiles temen las manifestaciones contrarias. Hay en esa conducta la confesión de su propia impopularidad. Los regímenes que gobiernan justa y democráticamente no pueden temer, antes han de desear, que todos manifiesten sus opiniones, como sea moderada y justamente.
            Tenía el rey Alfonso, en medio de su evidente ineptitud, cualidades que lo hacían apreciable. Tenía un respeto verdadero por el derecho de los republicanos a manifestar sus opiniones contrarias a la monarquía y al rey. Ciertamente que esta es conducta de Caballeros, con mayúscula. No supieron serlo los hombres de la república.
            La persecución a los monárquicos, la prohibición de tener círculos y emblemas, la enemiga contra la leal opinión de las juventudes fascistas representaban, no sólo un síntoma de debilidad, sino un motivo de desespero y de ganas de botar a un gobierno que no toleraba la libre manifestación de opiniones honradamente sentidas.
            En un gobierno fascista esto hubiera sido lógico: correspondía a sus ideales antidemocráticos, abiertamente confesados. Era inaceptable en gobiernos republicanos que decían basarse en la democracia y la libre manifestación de la opinión nacional.
            Esas falanges fascistas habían de sumarse a la rebelión. No podía ser de otra manera. Los honradamente monárquicos (y había muchos) habían de simpatizar inmediatamente con los que querían eliminar a un Gobierno que no les toleraba siquiera llevar emblemas en el ojal.

42. La política incapaz contra el desorden
            España no era antimonárquica ni antiderechista. Tampoco era monárquica ni derechista. Hay que partir de esta base, si se quiere comprender la política del país y los actuales sucesos. España estaba harta de una monarquía incapaz. Nada más que esto. No era republicana. Pero llamaba a la república, como el enfermo desahuciado llama a un nuevo doctor.
            Los que nos hablan del “misticismo republicano español” no entienden esta verdad elemental. La mitad de España (la pudiente) no creía en la monarquía, y esperaba algo de la república. La otra mitad (la obrera), no es republicana, sino anarquista, comunista, socialista, todo lo que se quiera, menos republicano. Aceptaba también la república por si algo se lograba, siquiera pasajeramente.
            Los gobiernos de la república se han mostrado todos incapaces contra el desorden: derechas e izquierdas, como lo habían sido también los de la monarquía. Pero esa incapacidad había aumentado en los primeros meses de este año con alarmante intensidad. Tenemos a la vista centenares de recortes, pacientemente cortados día a día. Las agresiones comunistas contra los fascistas son continuas y sangrientas. Las agresiones fascistas contra los socialistas son el pan de cada día y también a tiros. Comunistas y socialistas pelean a matarse en Málaga y otras ciudades. Y el desorden cunde por todos lados.
            Argumentan los gobiernistas que esta era la intención de las derechas y también de los comunistas: desacreditar a la república. Entendido. ¿Quién no sabe esto? Pero esto no libera jamás a un gobierno de su deber de conservar el orden y resguardar los derechos de todos. Todo gobierno sabe que